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Los Mandamientos de la Ley de Dios (I)
Amar a Dios sobre todas las cosas
No tomar su santo nombre en vano

Para salvarse es necesario, no sólo creer todas las verdades contenidas en el Credo, sino también vivir cristianamente, es decir, observar los mandamientos de Dios y de la Iglesia, evitar el pecado y practicar la virtud. “La fe sin las obras es una fe muerta”*

Los tres primeros mandamientos de la Ley de Dios  encierran los deberes para con Dios. Los otros siete nos prescriben los deberes para con nosotros mismos y nuestro prójimo.

Los mandamientos positivos son los que nos ordenan hacer algún bien; no obligan siempre y en todas las circunstancias. Los mandamientos negativos son los que nos prohíben hacer el mal; obligan siempre y en todas las circunstancias, porque el mal nunca puede ser permitido. En cada mandamiento hay una parte positiva y otra negativa, es decir, una orden y una prohibición.

El primer mandamiento de la Ley de Dios nos obliga a creer en Dios, a esperar en Él, a amarle con todo nuestro corazón y adorarle a Él solamente. Cumplimos con estas cuatro obligaciones mediante la práctica de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, y mediante la virtud de la religión, que nos hace tributar a Dios el culto que le es debido.

Debemos creer en Dios.- Debemos creer todas las verdades reveladas por Dios y enseñadas por la Iglesia. Pero no estamos obligados a creer de la misma manera todas las verdades de Fe. Unas deben ser creídas explícitamente, es decir, en particular y en sus por menores, y otras que basta creer implícitamente, es a saber, en general, diciendo: Creo todo lo que la Iglesia cree y enseña.           

Para salvarse, todo cristiano debe saber y creer de una manera explícita la existencia de un Dios único, que creó todas las cosas y todas las gobierna con su Providencia; la inmortalidad del alma y la existencia de otra vida, donde Dios recompensa a los buenos y castiga a los malos.

Según la mayoría de los teólogos, a esas dos verdades hay que añadir, desde la promul-gación del  Evangelio, los tres principales misterios de la Trinidad, de la Encarnación y de la Redención.

Es necesario, con necesidad de precepto, saber, al menos en cuanto a la substancia, y creer explícitamente: los artículos del Credo, los preceptos del Decálogo, la doctrina de la Iglesia acerca de los sacramentos que cada cual debe recibir: el Bautismo, la Eucaristía y la Penitencia.

Esperar en Dios.- La esperanza es necesaria como la Fe. “Por la esperanza nos salvamos”, dice San Pablo. No tener esperanza es hacer a Dios el mayor de los ultrajes, porque es dudar de su amor para con nosotros, o de su poder para socorrernos, o de su fidelidad en el cumplimiento de sus promesas o del valor de los méritos del Salvador que con sus sufrimientos y su muerte nos ha merecido gracias infinitas.

Amar a Dios de todo corazón.- Sin la caridad, nadie está justificado ante Dios y no puede merecer la vida eterna. El precepto de la caridad es formal: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”. Amar a Dios con amorde gratitud y de esperanza es amar a Dios porque es bueno con nosotros. Pero Dios debe ser amado por sí mismo sobre todas las cosas, por causa de sus perfecciones infinitas. Sobre todas las cosas, más que a nuestros bienes, más que a nuestros padres, más que a todas las criaturas, más que a nosotros mismos.

El respeto al nombre de Dios.- El segundo mandamiento nos ordena honrar el santo nombre de Dios y nos prohíbe jurar en vano, blasfemar, proferir imprecaciones y violar nuestros votos. Jurar es tomar a Dios como testigo de la verdad que se dice o de lo que se promete. El juramento es un acto religioso: invocando el testimonio de Dios se profesa que Dios es la misma verdad y conoce todas las cosas. Sin embargo, para que el juramento sea bueno, tres condiciones son necesarias: verdad, justicia y justo motivo.

Jurar en vano es hacer un juramento contra la verdad, para afirmar una cosa que uno cree falsa: es el perjurio; contra la justicia, cuando uno se compromete a hacer una mala acción; sin necesidad, cuando se jura por cosas de poca importancia. Hay que cumplir las promesas juradas, si lo que se ha prometido no es malo ni está prohibido. No está permitido cumplir el juramento de cometer una mala acción: se pecó al jurar, y se cometerá un nuevo pecado al cumplir el juramento.

Nota:
* Iniciamos la publicación de comentarios sobre los Mandamientos de la Ley de Dios trans-criptos  de “La Religión Demostrada”  del P. A. Hillaire,
Luis Gili Ed., Barcelona, 1924, pp. 592-599.

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