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Creo en el
perdón de los pecados,
la resurrección de la carne
y la vida eterna. Amén.
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Corte
Celeste (siglo XVII) - Museo Nacional de Arte Angtigua
de Lisboa |
Hoy concluimos la publicación de los comentarios sobre
el Credo o Símbolo de los Apóstoles, en cuyas
verdades debemos creer con Fe sincera, no por la palabra de
los hombres, sino porque han sido reveladas por Dios y nos
son transmitidas por su Iglesia infalible.
El décimo artículo del Credo nos enseña
que Jesucristo ha dejado a su Iglesia el poder de perdonar
todos los pecados, por muchos y graves que sean, porque Él
le ha dado plena potestad para atar y desatar.
Los que en la Iglesia ejercen la potestad de perdonar los
pecados son, en primer lugar, elPapa, que es el único
que posee la plenitud de ese poder; luego los Obispos y en
la dependencia de éstos, los sacerdotes.
La Iglesia perdona los pecados por los méritos de
Jesucristo, confiriendo los sacramentos instituidos por Él
con este fin, principalmente el Bautismo y la Penitencia.
La resurrección de los muertos
El undécimo artículo del Credo nos enseña
que todos los hombres resucitarán, volviendo a tomar
cada alma el cuerpo que tuvo en esta vida.
La resurrección de los muertos sucederá por
la virtud de Dios omnipotente, a quien nada esimposible. Ello
acaecerá al fin del mundo y entonces seguirá
el juicio universal.
Dios ha dispuesto la resurrección de los cuerpos para
que, habiendo el alma obrado el bien o el mal junto con el
cuerpo, sea también junto con el cuerpo premiada o
castigada.
Habrá grandísima diferencia entre los cuerpos
de los escogidos y los cuerpos de los condenados, porque sólo
los cuerpos de los escogidos tendrán las dotes de los
cuerpos gloriosos, a semejanza de Jesucristo resucitado.
Las dotes que adornarán los cuerpos gloriosos de los
escogidos son: 1) la Impasibilidad, por la que no podrán
ya estar sujetos a males y dolores de ningún género,
ni a la necesidad de comer, descansar o de otra cosa; 2) la
Claridad, con la que brillarán como el sol y como otras
tantas estrellas; 3) la Agilidad con que podrán trasladarse
en un momento y sin fatiga de un lugar a otro, y de la Tierra
al Cielo; 4) la Sutileza con que sin obstáculo alguno
podrán penetrar cualquier cuerpo, como lo hizo Jesucristo
resucitado.
Los cuerpos de los condenados estarán privados de
las dotes de los cuerpos gloriosos y llevarán la horrible
marca de su eterna condenación.
La vida eterna
El último artículo del Credo nos enseña
que, después de la vida presente, hay otra, eternamente
bienaventurada para los escogidos en el Cielo o eternamente
infeliz para los condenados al infierno.
No podemos comprender la bienaventuranza de la gloria, porque
sobrepuja nuestro limitado entendimiento y porque los bienes
del Cielo no pueden compararse con los bienes de este mundo.
La bienaventuranza de los escogidos consiste en ver, amar
y poseer por siempre a Dios, fuente de todo bien.
La infelicidad de los condenados consiste en ser privados
por siempre de la vista de Dios y castigados con eternos tormentos
en el infierno.
Los bienes del Cielo y los males del infierno son ahora únicamente
para las almas, porque solamente ellas están ahora
en el cielo o en el infierno; pero después de la resurrección,
los hombres serán felices o atormentados para siempre
en alma y cuerpo.
Los bienes del Cielo para los bienaventurados y los males
de infierno para los condenados serán iguales en la
sustancia y en la duración eterna; pero en la medida
o en los grados serán mayores o menores, según
los méritos o deméritos de cada cual.
La palabra amén al fin de las oraciones significa:
así sea; al fin del Credo significa: así es,
que vale tanto como decir: creo que es la pura verdad cuanto
en estos doce artículos se contiene y estoy más
cierto de ello que si lo viese con mis propios ojos.
Catecismo
Mayor de San Pío X, Editorial Magisterio Español,
Vitoria, 1973, p. 36.
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