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Fatima

Visitas de la Imagen
de Nuestra Señora
de Fátima

La Virgen de Fátima en peregrinación
¿Ya llegó a su hogar? Muchas bendiciones de María Santísima están siendo obtenidas por los participantes de la Cruzada Reparadora del Santo Rosario que reciben en sus residencias la imagen peregrina de Nuestra Señora de Fátima.
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Noveno artículo del Credo
“Creo en la Santa Iglesia Católica,
en la Comunión de los Santos”
La Iglesia Católica representada como Fortaleza de Fé – defensora del "deposito de la fé" contra
los ataques de sus enemigos

La verdadera Iglesia se dice Santa, por que Santo es su jefe invisible, Jesucristo; santos son muchos de sus miembros; santos son su Fe, su Ley y sus Sacramentos, y fuera de ella no hay ni puede existir verdadera santidad.1

La verdadera Iglesia se dice Católica, que significa universal, porque abarca a los fieles de todos los tiempos, de todos los lugares, de todas las edades y condiciones, y todos los hombres del mundo son llamados a formar parte de ella.

La verdadera Iglesia se llama Apostólica, porque se remonta sin interrupción hasta los Apóstoles; porque cree y enseña todo lo que creyeron y enseñaron los Apóstoles; y porque es guiada y gobernada por sus legítimos sucesores.

La verdadera Iglesia se dice también Romana, porque los cuatro caracteres de unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad se encuentran solo en la Iglesia que reconoce por jefe al Obispo de Roma, sucesor de San Pedro.

Fuera de la Iglesia no hay salvación

La Iglesia de Jesucristo está constituida como una sociedad verdadera y perfecta; y en ella, como en una persona moral, podemos distinguir un alma y un cuerpo. El alma de la Iglesia consiste en lo que tiene de interior y espiritual, es decir, la Fe, la Esperanza y la Caridad, los dones de la gracia y del Espíritu Santo y todos los tesoros celestes que son derivados de los méritos de Cristo Redentor y de los Santos. El cuerpo de la Iglesia consiste en lo que tiene de visible y de externo, en la asociación de sus miembros, en el culto y en su ministerio de enseñanza, en su gobierno y orden externo.

Para salvarnos, no basta que seamos miembros de la Iglesia Católica, sino que es necesario que seamos miembros vivos, que son todos y solamente los justos, o sea, aquellos que están actualmente en la gracia de Dios.

Los miembros muertos de la Iglesia son los fieles que se encuentran en pecado mortal.

Fuera de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana nadie puede salvarse, como nadie pudo salvarse del diluvio fuera del Arca de Noé, figura de esta Iglesia.

Todos los justos del Antiguo Testamento se salvaron en virtud de la Fe que tenían en que Cristo vendría, por medio de la cual ya pertenecían espiritualmente a la Iglesia.

Quien, encontrándose sin culpa fuera de la Iglesia –o sea, de buena fe– hubiese recibido el Bautismo o, al menos, tuviese el deseo implícito de recibirlo y, además, buscase sinceramente la verdad y cumpliese la voluntad de Dios lo mejor que pudiese, aunque estuviera separado del cuerpo de la Iglesia, estaría unido a su alma, y de este modo camino a la salvación.

Por otra parte, quien, aunque fuera miembro de la Iglesia Católica, no colocara en práctica sus enseñanzas, sería un miembro muerto, y por lo tanto no se salvaría, porque la salvación de un adulto requiere no solamente el Bautismo y la Fe, sino también las obras conformes a la Fe.

Estamos obligados a creer en todas las verdades que la Iglesia enseña, y Jesucristo declara que quien no cree ya está condenado.

También estamos obligados a hacer todo lo que la Iglesia manda, porque Jesucristo dijo a los Pastores de la Iglesia: “El que os escucha a vosotros, me escucha a Mí, y el que os desprecia a vosotros, a Mí me desprecia” (Lc. 10,16).

La comunión de los Santos

Los miembros de la Iglesia forman una sola y misma familia. En una misma familia hay comunidad de bienes entre el padre, la madre y los hijos: todos trabajan por la familia, y el trabajo de cada uno aprovecha a todos. De la misma manera, en la gran familia de Jesucristo, todos los cristianos se aprovechan de los tesoros que vienen a constituir las rentas espirituales de la Iglesia.

Estos bienes espirituales son: 1º Los méritos infinitos de Jesucristo; 2º Los de la Santísima Virgen; 3º El santo sacrificio de la Misa y los Sacramentos; 4º Las oraciones y las buenas obras de todos los fieles.

Esta comunicación de bienes existe, no solamente entre los fieles de la Iglesia militante, sino también entre los Santos de la Iglesia triunfante y las almas de la Iglesia purgante.

Nosotros estamos en comunión con los santos del cielo por las oraciones que les dirigimos y por las gracias que ellos nos obtienen. Estamos en comunión con las almas del purgatorio por las oraciones y las buenas obras que hacemos para conseguir su libertad.


Notas:
1. Catechismo Maggiore promulgato da San Pío X, Roma, Tipografía Vaticana, 1905, Edizione Ares, Milano.
La Religión demostrada, P. A. Hillaire, Luis Gili Editorial, Barcelona 1924, p. 586.

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