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Noveno
artículo del Credo
“Creo en la Santa Iglesia Católica,
en la Comunión de los Santos”
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La
Iglesia Católica representada como Fortaleza
de Fé – defensora del "deposito
de la fé" contra
los ataques de sus enemigos |
La verdadera Iglesia se dice Santa, por que Santo es su
jefe invisible, Jesucristo; santos son muchos de sus miembros;
santos son su Fe, su Ley y sus Sacramentos, y fuera de ella
no hay ni puede existir verdadera santidad.1
La verdadera Iglesia se dice Católica, que significa
universal, porque abarca a los fieles de todos los tiempos,
de todos los lugares, de todas las edades y condiciones,
y todos los hombres del mundo son llamados a formar parte
de ella.
La verdadera Iglesia se llama Apostólica, porque
se remonta sin interrupción hasta los Apóstoles;
porque cree y enseña todo lo que creyeron y enseñaron
los Apóstoles; y porque es guiada y gobernada por
sus legítimos sucesores.
La verdadera Iglesia se dice también Romana, porque
los cuatro caracteres de unidad, santidad, catolicidad y
apostolicidad se encuentran solo en la Iglesia que reconoce
por jefe al Obispo de Roma, sucesor de San Pedro.
Fuera de la Iglesia no hay salvación
La Iglesia de Jesucristo está constituida como una
sociedad verdadera y perfecta; y en ella, como en una persona
moral, podemos distinguir un alma y un cuerpo. El alma de
la Iglesia consiste en lo que tiene de interior y espiritual,
es decir, la Fe, la Esperanza y la Caridad, los dones de
la gracia y del Espíritu Santo y todos los tesoros
celestes que son derivados de los méritos de Cristo
Redentor y de los Santos. El cuerpo de la Iglesia consiste
en lo que tiene de visible y de externo, en la asociación
de sus miembros, en el culto y en su ministerio de enseñanza,
en su gobierno y orden externo.
Para salvarnos, no basta que seamos miembros de la Iglesia
Católica, sino que es necesario que seamos miembros
vivos, que son todos y solamente los justos, o sea, aquellos
que están actualmente en la gracia de Dios.
Los miembros muertos de la Iglesia son los fieles que se
encuentran en pecado mortal.
Fuera de la Iglesia Católica, Apostólica,
Romana nadie puede salvarse, como nadie pudo salvarse del
diluvio fuera del Arca de Noé, figura de esta Iglesia.
Todos los justos del Antiguo Testamento se salvaron en
virtud de la Fe que tenían en que Cristo vendría,
por medio de la cual ya pertenecían espiritualmente
a la Iglesia.
Quien, encontrándose sin culpa fuera de la Iglesia
–o sea, de buena fe– hubiese recibido el Bautismo
o, al menos, tuviese el deseo implícito de recibirlo
y, además, buscase sinceramente la verdad y cumpliese
la voluntad de Dios lo mejor que pudiese, aunque estuviera
separado del cuerpo de la Iglesia, estaría unido
a su alma, y de este modo camino a la salvación.
Por otra parte, quien, aunque fuera miembro de la Iglesia
Católica, no colocara en práctica sus enseñanzas,
sería un miembro muerto, y por lo tanto no se salvaría,
porque la salvación de un adulto requiere no solamente
el Bautismo y la Fe, sino también las obras conformes
a la Fe.
Estamos obligados a creer en todas las verdades que la
Iglesia enseña, y Jesucristo declara que quien no
cree ya está condenado.
También estamos obligados a hacer todo lo que la
Iglesia manda, porque Jesucristo dijo a los Pastores de
la Iglesia: “El que os escucha a vosotros, me escucha
a Mí, y el que os desprecia a vosotros, a Mí
me desprecia” (Lc. 10,16).
La comunión de los Santos
Los miembros de la Iglesia forman una sola y misma familia.
En una misma familia hay comunidad de bienes entre el padre,
la madre y los hijos: todos trabajan por la familia, y el
trabajo de cada uno aprovecha a todos. De la misma manera,
en la gran familia de Jesucristo, todos los cristianos se
aprovechan de los tesoros que vienen a constituir las rentas
espirituales de la Iglesia.
Estos bienes espirituales son: 1º Los méritos
infinitos de Jesucristo; 2º Los de la Santísima
Virgen; 3º El santo sacrificio de la Misa y los Sacramentos;
4º Las oraciones y las buenas obras de todos los fieles.
Esta comunicación de bienes existe, no solamente
entre los fieles de la Iglesia militante, sino también
entre los Santos de la Iglesia triunfante y las almas de
la Iglesia purgante.
Nosotros estamos en comunión con los santos del
cielo por las oraciones que les dirigimos y por las gracias
que ellos nos obtienen. Estamos en comunión con las
almas del purgatorio por las oraciones y las buenas obras
que hacemos para conseguir su libertad.
Notas:
1. Catechismo Maggiore promulgato da San
Pío X, Roma, Tipografía Vaticana, 1905, Edizione
Ares, Milano.
La Religión demostrada, P. A. Hillaire, Luis Gili Editorial,
Barcelona 1924, p. 586.
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