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Octavo
artículo del Credo
“Creo en el Espíritu Santo”
El Padre ama necesaria e infinitamente al Hijo, y el Hijo
ama con esta misma intensidad al Padre, y el Padre y el Hijo
amándose necesariamente sin poder dejar de amarse con
este amor infinito, producen un término eterno de su
amor, llamado Espíritu Santo, Espíritu Paráclito,
la tercera Persona, distinta realmente de las dos primeras;
pero inseparable de ellas, eterno, infinito. Dios como el
Padre y el Hijo, de quienes procede por cierta espiración
de la voluntad o del amor, de donde toma el nombre de Espíritu
Santo (1)

El octavo artículo del Credo nos enseña que
existe el Espíritu Santo, tercera Persona de la Santísima
Trinidad, que es Dios eterno, infinito, omnipotente. Creador
y Señor de todas las cosas, como el Padre y el Hijo.
El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, por
vía de voluntad y de amor, como de un sólo principio.
Se dice que las tres Personas son eternas porque el Padre
desde toda la eternidad engendra al Hijo, y del Padre y del
Hijo procede desde toda la eternidad el Espíritu Santo.
La tercera Persona de la Santísima Trinidad se llama
particularmente con el nombre de Espíritu Santo porque
procede del Padre y del Hijo por vía de espiración
y de amor.
Al Espíritu Santo se atribuye especialmente la santificación
de las almas [aunque] las tres Personas nos santifican igualmente.
La santificación de las almas se atribuye en particular
al Espíritu Santo porque es obra de amor y las obras
de amor se atribuyen al Espíritu Santo.
Pentecostés
El Espíritu Santo bajó sobre los Apóstoles
el día de Pentecostés; es decir cincuenta días
después de la Resurrección de Jesucristo y diez
después de su Ascensión.
Los Apóstoles estaban reunidos en el Cenáculo
en compañía de la Virgen María y de otros
discípulos, y perseveraban en oración esperando
el Espíritu Santo que Jesucristo les había prometido.
El Espíritu Santo confirmó en la Fe a los Apóstoles,
los llenó de luz, de fortaleza, de caridad y de la
abundancia de todos sus dones. Fue enviado para toda la Iglesia
y para todas las almas fieles.
El Espíritu Santo, como el alma en el cuerpo, vivifica
con su gracia y dones a la Iglesia, establece en ella el reinado
de la verdad y del amor y la asiste para que lleve con seguridad
a sus hijos por el camino del Cielo.
Operaciones en las almas
El Espíritu Santo es la vida de cada alma en particular,
como es la vida de la sociedad cristiana. Por eso se lo llama
Espíritu vivificador. Habita en las almas en estado
de gracia como en un templo y es para ellas el principio de
la vida sobrenatural, casi como el alma es el principio de
la vida corporal; por eso podría decirse que, si el
hombre está compuesto de cuerpo y alma, el cristiano
está compuesto de cuerpo, alma y Espíritu Santo.
El Espíritu Santo se da a los fieles, particularmente,
por los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación
y a los sacerdotes por el de Orden. Comunica a las almas la
vida sobrenatural, la desenvuelve, la perfecciona y lleva
a los fieles a la práctica de las buenas obras. Con
este fin, las enriquece con sus dones que, en número
de siete, producen en el alma actos eminentes de virtud, llamados
los doce frutos del Espíritu Santo.3
Notas:
1. Pbro. D. Eulogio Horcajo Monte, El Cristiano Instruido
en su Ley, Librería de la Vda. De Hernando, Madrid,
1891, p. 40-41.
2. Catecismo Mayor de San Pío X, Editorial Magisterio
Español, Vitoria, 1973, pp. 22-23.
3. La Religión demostrada, P. A. Hillaire, Luis Gili
Editorial, Barcelona 1924, pp. 583-584
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