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Santo Tomás de Aquino
Príncipe de la Filosofía
y Teología católicas

Triunfo de Santo Tomás -
Francisco Traini, iglesia de Santa Catalina, Pisa, Italia

Proclamado como "esplendor y flor de todo el mundo" por San Alberto Magno, fue llamado Doctor Angélico por el Papa San Pío V. Recibió de la Santa Iglesia el título oficial de Doctor Común, debido a su incomparable sabiduría teológica y filosófica.

Tomás nació alrededor de 1227 en la pequeña ciudad de Aquino, en la Campagna felice italiana. Estaba emparentado con emperadores y reyes, inclusive el de Francia, San Luis IX. De niño estudió en el Monasterio de Monte Cassino, donde se destacaba por "la serenidad de su semblante, la inalterabilidad de su temperamento, su modestia y suavidad"(1).

Muy reflexivo y recogido, el niño pasaba largo tiempo pensando. A un fraile que le preguntó sobre lo que pensaba, contestó con una pregunta que más tarde él respondería como nadie lo hizo: "¿Qué es Dios?". A los 10 años Tomás fue enviado para continuar sus estudios en la Universidad de Nápoles. Su primer biógrafo relata que en las aulas su "genio comenzó a brillar de tal forma, y su inteligencia a revelarse tan perspicaz, que repetía a los otros estudian-tes las lecciones de los maestros de modo más elevado, más claro y más profundo de lo que había oído"(2).

Victoria contra la concupiscencia

En Nápoles, años después, el adolescente Tomás trabó relaciones con la Orden Dominica, que representaba en la época "la vanguardia doctrinaria y combativa de la Iglesia"(3). Como era menor de edad, sólo fue recibido entre los hijos de Santo Domingo tras el fallecimiento de su padre, en diciembre de 1243. Su madre, no obstante, tenía otros planes para él, y por eso mandó a dos de sus hijos, soldados del Emperador, en pos de Tomás, que había fugado en dirección a Roma.

Los hermanos contrataron a la más bella de las mujeres de mala vida de la región para quebrar por el pecado su resistencia. Con un trozo de leña en brasa, Tomás corrió atrás de ella, que huyó como pudo. El santo trazó en la pared una gran cruz implorando a Dios que nunca perdiese la integridad de la pureza de alma y de cuerpo y poco después adormeció.

Vio entonces en sueño a dos Ángeles que le ciñeron al cuerpo un cinturón de fuego. El confesó después que, a partir de ese momento, nunca más sintió los impulsos de la concupiscencia de la carne. Después de casi dos años de prisión, con la ayuda de sus hermanas consiguió escapar, descendido en una cesta hacia los brazos de los dominicos, sus hermanos de hábito, que lo aguardaban.

El encuentro de dos genios, dos santos

Al año siguiente Tomás hizo su profesión religiosa y fue enviado a París, donde conoció al famoso San Alberto Magno a quien acompañaría a Colonia: "El encuentro de Tomás de Aquino con Alberto Magno representa un hecho de extraordinaria trascendencia en la historia de la cultura. Tal vez se pueda decir que son los dos colaboradores necesarios para la elaboración del más vasto y consistente sistema filosófico de todas las épocas" (4).

Fray Tomás: el "buey mudo"

Para evitar atraer la estima pública y las alabanzas que recibiera en Nápoles por su saber, Tomás se cerró en un mutismo mal interpretado por sus condiscípulos. Además, "un cuerpo grande, lento y pesado, y una placidez un tanto bovina le sirven de espeso envoltorio para un alma benigna y generosa, pero retraída"(5). Todo eso lleva a que lo llamen "buey mudo" o "gran buey siciliano".

Un condiscípulo, tomando la concentración de Tomás como señal de que no había entendido lo que el maestro dijera, comenzó caritativamente a explicarle la materia. Pero en determinado momento se confunde por entero y no consigue ir adelante. Calmamente, el "buey mudo" comenzó a desarrollar la obscura tesis, con mucha más claridad de lo que lo hiciera el propio maestro. Los papeles entonces se invirtieron, y el condiscípulo suplicó a Tomás que siempre lo ayudase en sus dudas.

Apreciando debidamente aquel tesoro, San Alberto profetizó: "Le llamamos buey mudo; pero un día vendrá en que sus mugidos, al exponer la doctrina, han de oírse en el mundo entero".

En Colonia, Tomás recibió la ordenación sacerdotal y fue nombrado asistente de San Alberto Magno. En 1252 fue enviado a París para el doctorado, a pesar de no haber alcanzado aún los 30 años y que la edad prescrita era 35. En la Ciudad Luz, Tomás se volvió muy popular, pues "toda su persona comunicaba algo de celestial y de divino a aquellos que conversaban con él" (6).

"Tal vez nunca maestro alguno fuese más apasionadamente admirado y escu-chado que Tomás de Aquino. Su culto exclusivo de la verdad comunica a las palabras y a las demostraciones una seguridad que da a los jóvenes auditorios el supremo júbilo de tocar de cerca, en brusco prodigio, la región excelsa de las grandes certezas. Tomás de Aquino, sin prohibirles los ardientes deslumbramientos de la fe, los llevará a la máxima comprensión de los misterios y armonías universales"(7).

Según la tradición, San Buenaventura -el gran maestro y santo franciscano- y Santo Tomás recibieron el doctorado el mismo día, en la Universidad de París (8).

Unión entre el Rey santo y el Doctor santo

San Luis IX -el Rey Cruzado- lo consultaba sobre todos los asuntos importantes. Cierto día en que lo invitó a su mesa, el fraile estaba muy silencioso. De repente, dando un golpe en la mesa, Tomás exclamó: "Encontré un argumento concluyente contra los maniqueos". El rey, temiendo que Tomás pudiese olvidarse del argumento, llamó deprisa a su secretario para anotarlo. "¡Edificante cuadro medieval, muy demostrativo de la perfecta unidad que liga, en ese período nobilísimo de la Historia, a los Reyes y a los Sabios, en los mismos ideales de la conquista de la verdad y del servicio de Dios!"(9).

El propio Cielo ratificaba el acierto del gran teólogo. Estando en Nápoles a los pies de un Crucifijo, pidiendo a Dios que le certificase que lo que había escrito sobre la Eucaristía fuera del agrado divino, entró en éxtasis a la vista de otros y oyó del Crucificado estas palabras:"Escribiste bien sobre mí, Tomás. ¿Qué recompensa deseas?". El humilde fraile respondió lleno de amor: "Nada sino a Vos, Señor".

Su sabiduría y su ciencia provenían de la pureza y santidad de vida. Poco antes de morir, confesó a Fray Reinaldo, su secretario, que Dios lo había preservado de todo pecado que destruye la caridad en el alma. Más allá de esto, "nunca se entregaba al estudio o a la composición antes de haber, por la oración, vuelto a Dios propicio a sí; y confesaba con candura que todo lo que sabía lo debía menos al estudio y a su propio trabajo que a la iluminación divina" (10).

Sus escritos geniales: "bagazo"...

Sin embargo, después de una visión que tuvo mientras celebraba la Santa Misa en la capilla de San Nicolás, en diciembre de 1273, no volvió a escribir más. Y a aquellos que le insistieron para que terminase su obra, respondió: "No puedo. Todo cuanto escribí me parece únicamente bagazo". Es que, en aquella visión, le fueron revelados misterios y verdades tan altas, que todo lo demás le pareció sin valor.

Al recibir los últimos Sacramentos en el lecho de muerte, en 1274, con menos de 50 años de edad, afirmó delante de la Hostia consagrada: "Yo espero nunca haber enseñado ninguna verdad que no haya aprendido de Vos. Si, por ignorancia, hice lo contrario, yo revoco todo y someto todos mis escritos al juicio de la Santa Iglesia Romana" (11). La posteridad lo conocería como el "Doctor Angélico".


Notas:
1. Rev. Alban Butler, The Lives of the Fathers, Martyrs and Others.
2. Guilhermo de Tocco, Vita, Cap. VI, apud João Ameal, São Tomás de Aquino, Livraria Tavares Martins, Porto, 1941, 2a. edição, p. 17.
3
. João Ameal, op. cit., p. 18.
4.
João Ameal, op. cit., p. 49.
5. G. K. Chesterton, Saint Thomas d'Aquin, versión francesa de Maximilien Vox, Librairie Plon, París, p. 20.
6. Les Pettits Bollandistes, Vies des Saints, d'après le Père Giry, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, vol. III, p. 244.
7. João Ameal, op. cit., p. 107.
8. Cfr. The Catholic Encyclopedia, Vol. XIV, by Robert Appleton Company, 1912, Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight.
9. João Ameal, op. cit., p. 115.
10. Aeterni Patris, § 40.
11. Rev. Alban Butler, Online Edition.

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