|
San
Luis Orione
El apóstol de la Caridad
llega a los altares
-"¡¿Es que no lo veis?! ¡Es la
Virgen de la Guardia. Vine a la Argentina para levantarle
una iglesia pero ella fue mucho más diligente que yo
y me la entrega hecha!", exclamó Don Orione al
entrar en un templo de Victoria (Prov. de Buenos Aires), cerrado
desde 1913 por falta de sacerdotes. Hacía solo unos
días el santo había llegado a la Argentina.
Para cuando estos sucesos tuvieron lugar, el nombre de Don
Orione ya era muy conocido en Italia.
Don Orione nació en el seno de una familia humilde,
en Pontecurone, pequeña aldea del Piamonte, el 23 de
junio de 1872. De niño se trasladó a Voghera,
para ingresar en el convento franciscano, del que salió
al año siguiente a causa de una grave enfermedad. El
4 de octubre de 1886 viajó a Turín para ingresar
en el gran colegio salesiano fundado por quien sería
su modelo y maestro, Don Bosco, a quien el joven estudiante
llegó a querer como a su propio padre.
A través de aquel santo viviente, Don Orione supo
de otro hombre de Dios a quien Don Bosco había conocido
en persona, cuya misión caritativa en pro del desamparado
no tenía precedentes, San José Benito Cottolengo,
fundador de la Casa de la Divina Providencia.
Esos dos hombres marcaron a fuego el espíritu
del joven Orione.
Luis Orione regresó a Tortona el 16 de octubre de 1889,
para ingresar en el seminario y una vez ordenado (1895), puso
manos a la obra de manera inmediata, fundando la Pequeña
Obra de la Divina Providencia y las Pequeñas Hermanas
Misioneras de la Caridad, consagrando ambas órdenes
a Nuestra Señora de la Guardia, la Virgen patrona de
la Liguria, en una de cuyas elevaciones (el monte Figogna),
se apareció el 29 de agosto de 1490 al humilde pastor
Benedicto Pareto.
Los niños carenciados, el individuo minusválido
y la humanidad abandonada supieron de la benevolencia del
incansable sacerdote de Tortona, lo mismo que los damnificados
por los terremotos de Regio, Messina (1909) y Marsica (1915),
en donde Don Orione realizó prodigios.
Al igual que San José Benito Cottolengo, Don Orione
inauguró hospicios para albergar en ellos al desprotegido,
al enfermo y al abandonado.
Su obra en Italia
Fundada su congregación al inaugurar el oratorio “San
Luis” el 3 de julio de 1892 y después de abrir
el pequeño colegio del barrio San Bernardino el 15
de octubre del año siguiente, Don Orione, ya ordenado
sacerdote (13 de abril de 1895), impuso los hábitos
a los primeros Ermitaños de la Divina Providencia,
ciegos y videntes (30 de julio de 1899) e inició junto
a ellos, sus sacerdotes y hermanos coadjutores, el épico
camino que lo llevaría a los altares.
El 21 de marzo de 1903 el obispo de Tortona, Monseñor
Bandi, le concedió la aprobación diocesana de
su obra y el 19 de abril de 1912 emitió los votos perpetuos
en manos del Papa San Pío X. Para entonces había
viajado a Sicilia, con el objeto de socorrer a los damnificados
por el terremoto de Messina (1909), siendo nombrado por Su
Santidad Vicario General de aquella diócesis.
El 29 de junio de 1915, después de despachar a sus
primeros misioneros hacia el Brasil (1913), el padre Luis
fundó la congregación de las Pequeñas
Hermanas Misioneras de la Caridad e inauguró el primero
de sus “Pequeños Cottolengos” en Ameno.
El 19 de marzo de 1924 el futuro santo abrió el Pequeño
Cottolengo genovés y el 29 de agosto de 1931 inauguró
el magnífico Santuario de Nuestra Señora de
la Guardia, en Tortona. La obra crecía y se multiplicaba.
El primer viaje a la Argentina
El padre fundador decidió iniciar su expansión
por el mundo, escogiendo como primer destino el Brasil, hacia
donde envió a un reducido grupo de religiosos. Unos
años después, él mismo viajó a
América, desembarcando en Buenos Aires el 13 de noviembre
de 1921.
Monseñor Francisco Alberti, obispo de La Plata, le
ofreció la iglesia de Victoria, localidad suburbana
situada a 24 kilómetros al norte de la ciudad de Buenos
Aires, cerrada a la comunidad desde su edificación
en 1913…¡por falta de sacerdotes!
El fundador de la obra se apersonó en Victoria días
después en compañía del Nuncio Apostólico
en Buenos Aires, Monseñor Maurilio Silvani, del cura
párroco de San Fernando, Pbro. Maximino Pérez
(quien hizo construir Nuestra Señora de la Guardia
entre 1910 y 1913) y el Dr. Tomás R. Cullen, distinguido
vecino de la localidad y devoto benefactor de la Iglesia.
Los cuatro individuos ingresaron en el templo y mientras los
tres últimos se detenían aobservar los detalles
interiores, un grito repentino los sobresaltó. Al volverse,
vieron a Don Orione corriendo por el pasillo central, en dirección
al altar mayor para postrarse de rodillas frente a una imagen
de la Virgen y el Niño que se hallaba a un costado,
sobre un rústico cajón de madera.
Monseñor Silvani, el Padre Pérez y el Dr. Cullen
se acercaron y le preguntaron qué sucedía. Entonces,
con viva emoción, exclamó:
-“¡¿Pero es que acaso no lo veis?! ¡Es
la Virgen de la Guardia! ¡Vine a la Argentina a edificarle
una iglesia pero ella fue mucho más diligente que yo
y me la da hecha!”
Y sin dudarlo un instante, aceptó el templo para iniciar
desde allí su misión.
 |
Cuerpo
incorrupto de Don Orione en el Santuario de Nuestra
Señora de la Guardia (Tortona) |
La obra de la Divina Providencia en
América
Don Orione se alojó en la contigua casa parroquial,
edificada en 1919 y desde ese punto mandó venir a los
primeros sacerdotes de la congregación, con la intención
de que diesen impulso a la Pequeña Obra de la Divina
Providencia en América.
El 6 de febrero de 1922 desembarcaron en el
puerto de Buenos Aires seis religiosos encabezados por Don
José Zanocchi, a quien Don Orione designaría
primer Provincial del continente. Se trasladaron a San Fernando,
para alojarse en la que desde entonces pasó a ser su
casa madre en América, la iglesia Nuestra Señora
de la Guardia de Victoria, quinta parroquia en antigüedad
de la actual diócesis de San Isidro, capellanía
por entonces de Nuestra Señora de Aránzazu,
el histórico templo sanfernandino.
El 11 del mismo mes Don Orione ofició su primera Misa
en la Argentina, ante gran concurrencia y para beneplácito
de una feligresía que lo escuchó con devoción.
Pero pese a ello, aquellos fueron días difíciles...
La hostilidad de los anarco-socialistas y masones
Victoria estaba poblada totalmente por inmigrantes, la mayoría
italianos, que trabajaban en el Ferrocarril, en los grandes
talleres instalados en 1890.
Esos inmigrantes trajeron de Europa sus costumbres, sus tradiciones,
su temple y algunos de sus males, entre ellos extrañas
tendencias socialistas y anárquicas, muy en boga en
esos tiempos, sobre todo en la clase trabajadora; tendencias
que entre sus consignas principales destacaba un feroz anticlericalismo.
|
|
Corazón
de Don Orione venerado
en Claypole |
Fueron innumerables las veces que Don Orione
y sus misioneros fueron agredidos de palabra y de hecho por
aquellos pobladores incultos y resentidos que, instigados
por mentes más elevadas y malévolas (sus ideólogos),
veían en la Iglesia a un enemigo de temer. Todo lo
soportaron los valerosos sacerdotes, burlas, insultos, desprecios
y agresiones físicas de todo tipo y a todas ellas respondieron
con sonrisas, bendiciones y ayuda material.
Tanta fue su fuerza, tanta su Fe y tal su apostolado, que
menos de una década después, aquellos mismos
que lo atacaban se volcaban masivamenteal templo para asistir
a Misa, bautizar a sus hijos, unirse en sagrado matrimonio
y participar de todas las celebraciones y festividades religiosas,
como nunca antes se había visto en aquellos lares.
Pero no solamente al anarquismo y al anticlericalismo socialista
enfrentaron Don Orione y sus sacerdotes. La Masonería,
secta a la que pertenecían casi todos los administradores
británicos del Ferrocarril, también hizo de
las suyas, obligando a muchos pobladores a integrarse a sus
filas y ocultar sus verdaderas creencias, temerosos de perder
sus fuentes de trabajo.
A todo esos enemigos enfrentó la obra orionita con
firmeza y a todos los derrotó con la mejor arma que
supo esgrimir: la Fe.
“Vivo o muerto regresaré
a la Argentina”
En 1934 el padre Orione regresó a la Argentina. Participó
del célebre XXXII Congreso Eucarístico Internacional
de ese año, supervisó los avances de la congregación
y alentó su acción hacia nuevas latitudes.
Don Orione abandonó la Argentina definitivamente el
24 de agosto de 1937.
Falleció el 12 de Marzo de 1940 en San Remo, Italia.
“Jesús, Jesús, Jesús, ya voy”,
fueron las palabras con las que abandonó este mundo.
Aquel hombre pequeño y humilde que llevó a cabo
una obra de coloso, amó a los humildes, amó
a carenciados y minusválidos; amó a la Iglesia
y amó a la Argentina. “Vivo o muerto regresaré
a la Argentina” exclamó antes de su partida definitiva
en 1937. Y su predicción se cumplió. Hoy su
corazón descansa en el cotolengo de Claypole, por el
fundado en 1935 y desde allí sigue irradiando amor,
hacia toda la Nación y el continente entero.
|