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Fatima

Visitas de la Imagen
de Nuestra Señora
de Fátima

La Virgen de Fátima en peregrinación
¿Ya llegó a su hogar? Muchas bendiciones de María Santísima están siendo obtenidas por los participantes de la Cruzada Reparadora del Santo Rosario que reciben en sus residencias la imagen peregrina de Nuestra Señora de Fátima.
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Santiago el Mayor

Zebedeo era un pescador de Betsaida, aldea próxima a Cafarnaún, que disponía de varias embarcaciones y numerosos peones que lo asistían en sus jornadas en el Mar de Galilea. De su matrimonio con María Salomé nació un hijo que junto a su hermano Juan, pasaría a la historia como uno de los doce discípulos que acompañaron al Señor en su paso por la Tierra

Se hallaban Santiago y Juan reparando las redes de su padre en una barca sobre el lago de Genasaret, cuando una voz a sus espaldas los llamó con tono agradable pero firme.
Al alzar la vista vieron a un hombre joven, de magnífico aspecto, que luciendo una larga túnica blanca, les sonreía amablemente. Era el Hijo del Hombre, Jesús de Nazareth, a quien, desde ese mismo instante, siguieron hasta el fin de sus días (1).

Los primeros discípulos
Cuando Santiago y Juan se unieron al Señor, aquel se hallaba acompañado por otros dos pescadores, hermanos entre sí, a quienes el día anterior había invitado a unírseles en Cafarnaún: Simón, llamado Pedro y Andrés. Con ellos recorrió Galilea “...enseñando en las sinagogas, y predicando el Evangelio del reino, y sanando toda dolencia y toda enfermedad del pueblo” (2).

Y así siguieron los cuatro tras los pasos de Dios hecho Hombre, por caminos, aldeas y ciudades, mientras su fama crecía y se esparcía por el mundo. Fueron, según se ha dicho, un selecto y destacado grupo de individuos, escogidos por el Creador en persona, a quienes se incorporarían, posteriormente, ocho apóstoles más. Con ellos recorrió Tierra Santa, predicando y obrando milagros e hizo su entrada en Jerusalén durante la semana de Pascua.

Hombre de confianza de Dios
Santiago, junto a Pedro y Juan, estuvieron presentes en el momento en que Jesús resucitó a la hija de Jairo, en Betania, lo mismo en la Transfiguración y en la Agonía en el Huerto de los Olivos, donde les pidió expresamente que estuviesen junto a El.

“Y llevándose consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, comenzó a atemorizarse y angustiarse. Y les dijo: Mi alma siente angustias de muerte; permaneced aquí, y estad en vela” (3).

La carga fue pesada y los discípulos se durmieron y pese al reproche que el Señor les hizo al verlos, no hubo enojo. Solo tristeza, aunque también comprensión, pues sabía de la debilidad e inestabilidad de los hombres. Y tampoco hubo ira cuando en su inmenso amor y deseos de servirle, tanto Santiago como Juan, le solicitaron lugares de preferencia junto a su trono en el Reino de los Cielos.

“Entonces se arrimaron a El santiago y Juan, hijos de Zebedeo y le dijeron: Maestro, quisiéramos que nos concedieses todo cuanto te pidamos. A lo que El respondió: ¿Qué cosa deseáis que os conceda? Concedednos, respondieron, que en tu gloria nos sentemos el uno a tu diestra y el otro a tu siniestra. Mas Jesús les replicó: No sabéis lo que pedís; ¿acaso podéis beber el cáliz que Yo voy a beber, o ser bautizado con el bautismo con que Yo voy a ser bautizado? Sí que podemos. Pues tened por cierto, les dijo, Jesús, que beberéis el cáliz que Yo bebo, y seréis bautizados con el bautismo que yo soy bautizado; pero eso de sentarse a mi diestra, o mi siniestra, no me toca a Mí dároslo, sino a quienes se ha destinado” (4).

Así, con ese acento paternal y amistoso trató siempre Nuestro Señor Jesucristo a Santiago y sus discípulos.

Mensajero de Dios
¿Porqué le confió tantas cosas Jesús a Santiago?, ¿porqué, como a Pedro y Juan, lo prefirió por sobre los demás discípulos? Según parece, porque vio en él una decisión y fortaleza especial, ya que era valiente y resuelto, según el decir de San Juan Crisóstomo y porque sabía que sería el primero en derramar su sangre por proclamar la nueva Fe.

Después de la Ascensión del Señor, Santiago el Mayor emprendió un largo viaje que lo llevó hasta el último confín del mundo conocido: España.

La nueva tierra lo vio predicar el Evangelio con fervor pero, al cabo de un tiempo, debido a la indiferencia de sus habitantes, comenzó a desalentarse y pensó en regresar. Y cuando se disponía a hacerlo, Nuestra Señora, que aún vivía en Efeso, junto a San Juan, amado hermano de Santiago, se le apareció sobre un pilar para pedirle que no desistiera y siguiera adelante con su misión.

Cumpliendo con el pedido, Santiago erigió una capilla junto al río Ebro, frente a Zaragoza, y siguió predicando y enseñando la Palabra de Dios.

El martirio
En el año 42 o 43 de nuestra era, Santiago se hallaba de regreso en Tierra Santa donde reinaba Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande y sobrino de Antipas.

Criado en Roma, junto a la familia imperial, Herodes Agripa había incrementado su reino gracias a las concesiones del emperador Claudio y deseoso de mantener la paz que aquel le exigía, quería complacer a los judíos en todo lo que le pidiesen. Por ello, en el año 44 desencadenó contra los apóstoles y sus seguidores una persecución que llevó a muchos de los primeros cristianos, al patíbulo o la prisión.

Uno de ellos fue Santiago, a quien una turba enardecida, dirigida por Abiatar, sumo sacerdote del Templo, condujo ante el monarca acusándolo de blasfemar. Fue condenado a muerte y llevado al cadalso con una soga al cuello, por la multitud.

Ocurrió que al pasar junto a un paralítico, aquel le pidió que lo curase y Santiago, volviéndose hacia él dijo: “En nombre de Jesucristo, por cuya fe voy a ser decapitado, te ordeno que quedes completamente curado y que bendigas al Señor”.

Acabadas de pronunciar esas palabras, el enfermo se incorporó y a viva voz hizo lo que el apóstol le pidió. Entonces Josías, que era escriba del Templo, se arrojó a los pies de Santiago y llorando pidió ser admitido como cristiano. Enfurecido, el despiadado Abiatar le gritó, mientras le zamarreaba: “¡Retráctate de lo dicho y maldice a Jesús porque, de lo contrario, te haré degollar también a ti!”.

A lo que aquel respondió:

-“¡A quien maldigo es a ti. Maldito seas tú, y maldito todo el tiempo que vivas! ¡Y Bendito sea el nombre del Señor Jesucristo por los siglos de los siglos!

Abiatar ordenó abofetear al escriba mientras enviaba un mensajero a Herodes para solicitarle su condena y cuando aquel estuvo de regreso la turba siguió su marcha, siempre insultando y agrediendo a los detenidos.

Una vez fuera de Jerusalén, en el sito en que iban a ser degollados, Santiago pidió una tinaja con agua y bautizó a Josías, pereciendo inmediatamente después.

Santiago Matamoros
Según cuenta la tradición, el cuerpo de Santiago fue trasladado a España para ser depositado primeramente en Iria Flavia, en la provincia romana de Gallecia, y en Compostela después, “el campo de la estrella”, un lugar señalado por la caída de un meteoro. Y allí yace hasta hoy, en la gran catedral de Santiago, ciudad que en la Edad Media se convirtió en uno de los centros de peregrinación más importantes del mundo.

En el año 834 los árabes, al mando del emir Abderramán II, iniciando una nueva ofensiva por tierra de cristianos, penetraron en La Rioja con la intención de avasallar al reino de León y obligar a su rey, Ramiro I, a pagar tributo, incluyendo cien doncellas vírgenes para los harenes del monarca y sus visires.

Habiéndose negado el cristiano, se enfrentaron sus fuerzas en Clavijo, cerca de Logroño, donde los musulmanes arrollaron a sus rivales. Sin embargo, en lo más duro de la batalla apareció sobre un caballo blanco el mismísimo apóstol Santiago que, cumpliendo lo prometido al monarca durante un sueño, la noche anterior, venía a socorrer a sus ejércitos.

El recién llegado cayó con furia sobre los moros y siguiendo su ejemplo, al grito de “¡Santiago y Cierra, España!”, leoneses y castellanos, se lanzaron detrás suyo, poniéndolos en fuga con gran mortandad.

Desde entonces, se instituyó la peregrinación al sepulcro del Santo y se lo tuvo como patrono y protector de toda España. Durante la conquista del Perú, los españoles, que no superaban el número de doscientos efectivos, atribuyeron a él y a la Santísima Virgen, su triunfo sobre los indios que les superaban mil a uno.

Hoy la gran catedral de Santiago de Compostela, en Galicia, conserva sus reliquias, hacia las que peregrinan anualmente millares de fieles.


Notas:
1- Mt 3, 21-22
2- Mt 3, 23
3- Jn 14, 34
4- Mr 10, 35-45

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