San Francisco de Borja
Nacido en cuna noble, hijo de duques y nieto de reyes, San Francisco de Borja fue ejemplo de entrega y caridad, siendo el tercer Prepósito General de la Companía fundada por San Ignacio de Loyola en 1534. A un siglo de su fallecimiento, su piedad y devoción lo llevaron a la gloria de los altares
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San Francisco de Borja exorcisa a un poseso |
Francisco de Borja nació en Gandía, población cercana a Valencia, el 10 de octubre de 1510, en el seno de una de las familias más célebres de su tiempo.
Su padre, Juan Borgia era uno de los hijos que el Papa español Alejandro VI (Rodrigo de Borja o Borgia) había concebido antes de asumir el pontificado, hecho que convierte a Francisco en su nieto y en sobrino bisnieto de Calixto III (Alfonso de Borja), el otro Santo Padre de la familia.
Noble de España
A los 19 años Francisco contrajo matrimonio con doña Leonor de Castro, con la que tuvo ocho hijos. Al año siguiente, su primo, el emperador Carlos I de España lo nombró Gran Privado, Caballerizo de la Reina, Marqués de Lombay y en 1529 Virrey de Cataluña, cargo que ejerció con acierto hasta 1543. Entre sus obras principales figuran la fortificación de Gandía, siempre amenazada por los piratas sarracenos; la reconstrucción del hospital de Lombay, la edificación de un convento dominico en la misma localidad y el refuerzo de la vigilancia en los caminos, siempre amenazados por bandoleros.
Modelo de virtud
Fue por esa época que el Obispo de Cartagena se refirió a su persona diciendo: “Durante mi reciente estadía en Gandía, pude darme cuenta que don Francisco es un modelo de noble y modelo de caballero cristiano. Es hombre humilde y verdaderamente piadoso, un hombre de Dios en todo el sentido de la palabra... Educa a sus hijos en los preceptos de la verdadera Fe y se preocupa mucho por la servidumbre. Nada le agrada más que la compañía de sacerdotes y religiosos”.
Hombre de confianza de la corte, fue amigo íntimo de su sobrino, Felipe II, y consejero de la reina durante las prolongadas ausencias del emperador. Los momentos libres los dedicaba a la oración y a la buena lectura, en especial los Evangelios, los hechos de los apóstoles y las homilías de San Juan Crisóstomo. Incluso enseñó ciencias a Carlos I y compuso piezas musicales, evidenciando gran erudición.
Llamado providencial
El primer indicio de su verdadera vocación lo tuvo a poco del fallecimiento de la emperatriz Isabel cuando Francisco, cumpliendo un encargo del emperador Carlos, acompañó a la reina hasta su última morada, en el sepulcro real de Granada.
Se dice que cuando el féretro fue abierto para poder reconocer el cuerpo, el rostro descompuesto de la soberana, tan bello en otros tiempos, lo impresionó sobremanera, llevándolo a decir: “No serviré nunca más a un rey mortal” en abierta alusión a la caducidad de la vida y a que, desde ese momento, solo serviría al Rey de los Cielos.
Pasaría un tiempo hasta que el Señor llamase a Francisco al sacerdocio. Debido a la mala fama de los Borgia, el rey Juan de Portugal solicitó a Felipe II, quien estaba a punto de contraer matrimonio con su hija, que excluyese a Francisco de la corte. Enterado aquel, renunció al virreinato y se retiró a Gandia, ducado que heredó al fallecer su padre en 1543. Y tras la muerte de su amada esposa, tres años después, decidió abrazar la vida religiosa e ingresar a la Compañía de Jesús.
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La dinastía Borgia tuvo en los papas Calixto III y Alejandro VI a sus máximos representantes. Los hijos de este último con la cortesana romana Vanossa Catenei, Juan, Lucrecia y César, escribieron uno de los capítulos más perversos de la historia del Renacimiento. Bajeza moral, crímenes y lujuria desenfrenada que Francisco lavó con su santidad |
Soldado de Cristo
Apesadumbrado se hallaba Francisco por la perdida de doña Leonor cuando pasó por Gandía el beato Pedro Fabro, con quien realizó los ejercicios espirituales de San Ignacio. Convencido que aquel era el camino que debía seguir, el 2 de junio de 1546 hizo los votos de castidad y obediencia e ingresó en la Compañía, deseoso de servir al Señor. Sin embargo, enterado de aquello, San Ignacio de Loyola le aconsejó, con la prudencia y sabiduría que le eran características, que antes de emprender cualquier cosa velase por la educación de sus hijos y estudiase teología en su ciudad natal.
Tres años después, con sus vástagos mayores de edad y bien ubicados, emprendió viaje a Roma e ingresó en la orden, recibiendo el habito sacerdotal durante la fiesta de Pentecostés, el 26 de mayo de 1551.
Dado su elevado linaje, los superiores de la compañía en Oñate le dieron las tareas más bajas, nombrándolo ayudante de cocinero, encargado de cargar la leña, de encender la estufa, de transportar el agua y atender la mesa.
A poco de ordenado comenzó a predicar en las regiones de Guipúzcoa y Vizcaya, llamado al catecismo con una campanilla.
Superior general de la Orden
En 1554 San Ignacio en persona nombró a Francisco provincial de la Compañía en España, convirtiéndolo en su instrumento de difusión en la península.
Abocado de lleno a esa tarea, abrió nuevas casas, conventos y colegios, atendió las necesidades de los fieles, envió los primeros misioneros a América, reformó la estructura de las reducciones en la India y el Extremo Oriente, acompañó a la reina Juana la Loca en sus últimos momentos y visitó a Carlos I en el Monasterio de Yuste, donde se había retirado después de abdicar.
Muerto el Padre Diego Lainez, General de la Orden, fue elegido para sucederle, iniciando una labor ímproba de siete años a lo largo de los cuales, cumplió cabalmente con su deber, contribuyendo a su expansión, afirmación, difusión y crecimiento en el mundo.
A San Francisco de Borja se deben, entre otras cosas, la iglesia de San Andrés del Quirinal y su noviciado; la Casa Generalicia e Iglesia de Gesú, la principal de la Compañía en Roma y el Colegio Germánico, donde los misioneros se preparaban para predicar en el norte de Europa a efectos de contrarrestar los avances del protestantismo. También fue obra suya el Colegio Romano, el mismo en el que Gregorio XIII estableció, tiempo después, la Universidad Gregoriana.
Misionero incansable
En el año 1566 estalló en Roma la peste, provocando una verdadera catástrofe. En la oportunidad, Francisco envió a sus súbditos a socorrer a los enfermos y él mismo se dedicó a la recaudar colectas y asistir a los damnificados, aún a costa del peligro que ello representaba. Cinco años después se le ofreció el capelo cardenalicio, manifestándosele que tenía grandes posibilidades de llegar al Pontificado (se hubiera convertido en el tercer Papa de su familia), honor que rechazó por no considerarse digno y porque debía dedicarse a atender su orden.
Corría 1571 cuando San Pío V le encomendó la misión de acompañar al cardenal Michelle Bonelli, su sobrino y nuncio apostólico en España, en una embajada por aquel país, Portugal y Francia. La misma no logró los resultados esperados pero constituyó un triunfo personal para Borja a quien, por donde pasaba, aclamaban como “santo duque” mientras la multitud se aglutinaba para escucharlo predicar. Y fue en esa oportunidad que Felipe II, dejando a un lado viejos rencores, lo mandó a llamar y lo recibió en su corte.
Sus últimos años
Francisco regresó a Italia con la salud deteriorada. Sus fatigas, la ardua labor realizada y las responsabilidades asumidas le habían hecho bajar de peso y se hallaba enfermo. Tan alarmante fue su estado que su primo Alfonso d’Este, duque de Ferrara, ciudad en la que había pasado el verano, lo envió urgentemente a Roma a bordo de un carruaje. El viaje duró varias jornadas. El 3 de noviembre de 1572 se detuvo en Loreto, donde pasó ocho días y de allí siguió a la Ciudad Eterna, falleciendo el 1 de octubre de ese año, después de negarse a que un artista hiciese su retrato. Alguien dijo, al conocer su deceso “Este fue uno de los hombres más buenos, notables y amables que han pisado nuestro pobre mundo”.
San Francisco de Borja fue canonizado en 1671, año en que su cuerpo fue trasladado a la casa que la Compañía tenía en Madrid, donde fue depositado. En 1931 un incendio provocado por manifestantes revolucionarios durante las violentas jornadas anticlericales del mes de mayo, a poco de instaurada la Segunda República, lo destruyó casi por completo, salvándose de las cenizas unas pocas reliquias.
Hoy se lo conmemora el 10 de octubre de cada año.
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