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Visitas de la Imagen
de Nuestra Señora
de Fátima

La Virgen de Fátima en peregrinación
¿Ya llegó a su hogar? Muchas bendiciones de María Santísima están siendo obtenidas por los participantes de la Cruzada Reparadora del Santo Rosario que reciben en sus residencias la imagen peregrina de Nuestra Señora de Fátima.
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SAN RAIMUNDO DE PEÑAFORT

En tiempos de San Francisco de Asís, Santo Domingo de Guzmán, Santo Tomás de Aquino y San Antonio de Padua vivió otro religioso, San Raimundo de Peñafort, que pasó a la historia como uno de los hombres más sabios de la Cristiandad, quien tuvo como maestro a San Alberto Magno y como discípulo a San Pedro Nolasco.


En 1229 la escuadra aragonesa partió del puerto de Salou para iniciar la recuperación de Mallorca, ocupada por el Islam. La comandaba el rey Jaime I, apodado el Conquistador, y entre sus hombres de confianza llevaba a un fraile piadoso, célebre en el mundo por su ascetismo y devoción, Raimundo de Peñafort, de la Orden de los Predicadores o Dominicana.

Don Jaime sentía por él gran respeto y le tenía por confesor pues lo sabía hombre sabio y severo. Y a él acudía permanentemente cuando surgían conflictos o situaciones extremas.

La conquista de Mallorca

Tres años duró la campaña en la que don Jaime y sus huestes tomaron, una a una, todas la poblaciones de la isla mientras liberaban miles de cautivos.

Derrotados en Portopi el 13 de septiembre de 1229, los musulmanes se refugiaron en Madina Mayurqua, hoy Palma de Mallorca, y al amparo de sus murallas exhibieron los cuerpos martirizados de pobladores y prisioneros, a quienes crucificaron a la vista del ejército cristiano.

Enardecidos por la impía crueldad de los infieles, aragoneses y catalanes atacaron impetuosamente pasando a cuchillo a casi toda la población.

En vista de ello, los árabes intentaron parlamentar pero los españoles los rechazaron, arrasando sus villas y pueblos. Mientras un pequeño núcleo se refugiaba en las sierra de Tramontana, donde permaneció oculto hasta 1232, los demás huyeron al África.

El milagro de la barca

San Raimundo abandona Mallorca milagrosamente “embarcado” en su capa

San Raimundo fue testigo de aquellos hechos y mientras los rudos guerreros aragoneses y los combativos caballeros de Cataluña – conforme a la habitual manera de remunerar las tropas – pasaban a saco la isla y se repartían el botín, él buscó afanosamente consolar a los afligidos y convertir a los infieles.

Mientras la isla era repoblada con colonos de la península, el buen fraile reprendió a su monarca por las licencias de sus capitanes y los desbordes de sus soldados, dedicados en no pequeño número al pillaje y la orgía.

Don Jaime respondió altanero que nada iba a hacer al respecto y cuando Raimundo le anunció que abandonaba la isla, no solo se lo prohibió sino que amenazó de muerte a quien le ayudase a cruzar al continente.

San Raimundo dio media vuelta y se retiró y al llegar a la costa le dijo a al fraile que lo acompañaba “Los reyes de la Tierra pueden impedir que huyamos, pero el Rey de los Cielos nos dará los medios para regresar”. Acto seguido, extendió su capa sobre el agua, ató su extremo a un palo para usarla como vela y tras hacer la señal de la cruz se lanzó a la mar, impulsado por una milagrosa brisa, pasando entre las embarcaciones amarradas, sus atónitas tripulaciones y las mujerzuelas que les acompañaban.

Seis horas duró el trayecto de sesenta leguas hasta Barcelona y al llegar, fue recibido triunfalmente por la población que tiempo después levantaría en lugar una torre y una capilla.

Una vez en tierra, Raimundo recogió su capa completamente seca y, colocándosela sobre los hombros, echó a andar hacia su monasterio después de bendecir a los fieles.

¿Quién era este hombre extraordinario, respetado por papas y reyes, que obró tales portentos y fue amado por el pueblo?

San Raimundo nació en Villafranca de Panadés, muy cerca de Barcelona, en 1175 y fue hijo de un noble castellano que lo envió a instruirse en la escuela catedralicia de la Ciudad Condal, de donde pasó a Bolonia para estudiar Derecho.

Sabio y confesor

Padre, he visto en Bolonia el maravilloso ejemplo que me ha dado vuestro fundador el Padre Domingo. Quiero seguir su vida. Admitidme y permitidme vestir el hábito de vuestra Orden”. Esas fueron las palabras que el joven Raimundo dijo al prior de los Dominicos de Barcelona, a donde había regresado por expreso pedido de Berenguer de Palou, obispo de la ciudad, para ayudarlo en sus funciones de gobierno. Más tarde, después de pedir una penitencia por los pecados de soberbia que entendía, había cometido en Bolonia, comenzó a escribir una suma sobre temas de teología moral (Summa de Poenitentia), utilizada por los juristas en siglos posteriores. Le siguieron otras obras de carácter personal como el Tratado sobre Matrimonio y la Summa Juris, profundo estudio sistemático de Derecho Eclesiástico cuyo uso recomendaron Santo Tomás de Aquino y San Alberto Magno para la Orden Dominicana y la Universidad de París en 1286.

Entre 1228 y 1229 San Raimundo acompañó al Legado papal por los reinos cristianos de España, oportunidad en la que intervino en numerosas asambleas y concilios. Finalizada la campaña de las islas Baleares asistió a las Cortes, como se llamaba al parlamento, en las que se decidió la reconquista de Valencia, colaborando con la Corona al escribir el Directorio, suerte de manual para los investigadores judiciales o inquisidores, que sirvió para combatir las herejías.

Dada su sabiduría, el Pontífice lo nombró confesor personal, encargándole varias tareas de responsabilidad. En 1230 lo designó Jurisconsulto de la Iglesia y le mandó reunir el Hábeas Canónico de todos los decretos emitidos por los Papas y Concilios que no estuviesen compendiados en la colección de Graciano, elaborada en 1150. De resultas, escribió y publicó una obra de cinco tomos titulada Decretales, que hasta la compilación del Códex Juris Canonici (Código de Derecho Canónico impulsado por San Pío X y promulgado en 1917), fue el tratado más completo y elevado de derecho canónico.

Imagen de Nuestra Señora de la Misericordia. A su derecha, San Ramón Nonato y a su izquierda, San Pedro Nolasco, que con el asesoramiento y la guía espiritual de San Raimundo, fundó la Orden Mercedaria

Apóstol de los infieles

En 1235 el Santo Padre designó a Raimundo obispo de Tarragona, cargo que, aquejado por una grave enfermedad, abandonó al poco tiempo. En 1238 los dominicos lo eligieron Superior General de la orden, funciones que aceptó y ejerció por espacio de dos años hasta que presentó su renuncia por entender que era apto para predicar y enseñar pero no para dirigir. Acababa de cumplir 65 años de edad.

Posteriormente, el santo de Peñafort fundó varios conventos, uno de ellos en Túnez, al norte de África y otro en Murcia, al sur de Valencia, que en ese tiempo seguía bajo dominio árabe.

Su misión apostólica entre los infieles era colosal. Durante los últimos treinta años de su vida se dedicó a convertir pecadores e infieles manifestando a su superior general, en una carta fechada en 1256, que 10.000 musulmanes habían recibido el Sacramento del Bautismo y abrazado la verdadera Fe.

Sus últimos años

Hemos dicho que las obras de San Raimundo de Peñafort fueron recomendadas por individuos de la talla de Santo Tomás de Aquino y San Alberto Magno. Pero en su vida conoció y trató a otros hombres de Dios.

A instancias suyas fue que Santo Tomás de Aquino escribió la Summa contra gentes, destinada a los gentiles.

Cuenta la tradición que cierto día llegó al convento un muchacho de acento provenzal que después de solicitar audiencia y ser conducido a su presencia, le dijo: Padre mío, ya hace días que vengo siguiendo sus clases y tratado de imitar su vida pero necesito algo mas. Ya vendí cuanto tenía y dejé mi patria para entregarme a Dios. Llegué desde Francia en busca de los pobres y necesitados, pero preciso algo más. Deseo conocer la voluntad del Señor respecto a mí. Necesito que Ud. me ayude a descubrirla”. Se trataba de San Pedro Nolasco, con quien surgió una gran amistad y a quien, se dice, ayudó a fundar la Celestial, Real y Militar Orden de la Merced, destinada a la redención de los cautivos.

Falleció casi ciego y centenario, el 7 de enero de 1275, acudiendo a su sepelio importantes personalidades de la época, entre ellas Jaime I el Conquistador y su yerno, Alfonso X el Sabio, de Castilla.

A cuatro años de su deceso el obispado de Tarragona solicitó su canonización, proceso que recién comenzaría en 1601 cuando era Papa Clemente VIII. Su cuerpo yace enterrado en la catedral de Barcelona, dentro de un magnífico sarcófago del siglo XIV y su fiesta se conmemora el 7 de enero de cada año. Ante su sepulcro se produjeron numerosos milagros, muchos de ellos citados en la Bula de Canonización.

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