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Santa
Gianna Beretta Molla
Ejemplo simbólico de la lucha contra
el aborto
En momentos que en nuestro país arrecia la ofensiva
para despenalizar el aborto y abrir las puertas a su práctica
legal, con la presentación de proyectos en el Senado
Nacional y en la Legislatura porteña, es oportuno
recordar la vida de Santa Gianna Beretta Molla, recientemente
canonizada, que prefirió morir para
salvar la vida de su hija
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Gianna
Beretta Molla
con dos de sus hijos |
“¡Pedro! Si deben decidir entre la criatura
y yo, no duden: elijan a la criatura, yo lo exijo, sálvenla!
Yo hago la voluntad de Dios, y Dios providenciará lo
necesario para mis hijos”.
Al pronunciar las palabras arriba citadas, Gianna Beretta
Molla tenía 39 años, era madre de tres criaturas
de 6, 5 y 3 años, y estaba casada con un ingeniero
industrial, director de una empresa y hombre de vida virtuosa.
Cómo médica pediatra, tenía por delante
una excelente carrera profesional.
Dotada de una gran alegría de vivir, pasaba sus vacaciones
en la bella Italia. Frecuentaba habitualmente el magnífico
Teatro “La Scala” de Milán. Se
distraía con su pianoforte, pintaba lindas telas al
óleo y se vestía con elegancia. Nada le faltaba
en su vida.
¿Que motivó a esta feliz madre de familia y
esposa ejemplar, –recientemente canonizada por Juan
Pablo II– a no tener pena de sí misma sino, por
el contrario, a buscar la mayor gloria de Dios?
Aborto: pecado que mata más
que todas las guerras
Hoy se practica con impunidad el mayor genocidio de toda
la historia de la humanidad: el aborto, eufemísticamente
llamado interrupción voluntaria del embarazo a través
del cual son legalmente asesinados millones y millones de
seres humanos. Auténtica y apocalíptica matanza
de inocentes.
Sólo en los Estados Unidos y Rusia son practicados
más de tres millones de abortos. Estamos, pues, ante
un flagelo mundial que mata más que todas las guerras
y el SIDA.
Contra tal clamorosa y suprema violación del más
fundamental de todos los derechos –el derecho a la vida–
se levanta como un testimonio la edificante vida de Gianna
Beretta Molla.
Confío en vos, dulce Madre
Gianna nació el 4 de octubre de 1922, en Magenta,
ciudad vecina a Milán. Sus padres –rectos, justos
y temorosos de Dios– junto con su hermana Amalia, la
formaron espiritualmen te. A partir de su Primera Comunión,
en Abril de 1928, Gianna acompañaba a su madre a Misa
todos los días.
De carácter ameno y semblante sonriente, su rostro
irradiaba equilibrio, amenidad, pureza y un corazón
generoso, con una fe contagiante que atraía a todos
a la Iglesia.
A los 15 años participó de un retiro espiritual
según el método de San Ignacio de Loyola, que
la llevó a hacer un firme propósito: “mil
veces morir antes que cometer un pecado mortal”.
Al fallecer su madre, Gianna se encomendó a María
Santísima con estas palabras: “Confío
en vos, dulce Madre, y tengo la certeza de que nunca me abandonaréis”.
Misión de médica,
salud del cuerpo, salud del alma
En 1942, Gianna se matriculó en la Facultad de Medicina.
Tenía un concepto preciso y sublime de esta profesión.
Más que un trabajo, la medicina era para ella una misión:
“No olvidemos que en el cuerpo de nuestro paciente
existe un alma inmortal. Seamos honestos y médicos
de fe”.
A sus pacientes, la Dra. Gianna daba no solamente asistencia
médica, sino también una verdadera ayuda espiritual,
y muchas veces les auxiliaba para que recibieran el sacramento
de la Confesión.
Alentó a muchas madres próximas al parto transmitiéndoles
la alegría de recibir al hijo como un don de Dios y
a rechazar o desistir del aborto.
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Gianna
Beretta y Pedro Molla contrajeron matrimonio
el 24 de Septiembre de 1955 |
Descubriendo la vocación
del matrimonio
Persuadida de la importancia del apostola do, durante algunos
años alimentó el deseo de ser misionera laica
consagrándose a Dios en el servicio de la Evangelización.
Vivió un tiempo en la incertidumbre del camino a elegir.
Para decidir bien, rezaba mucho, pedía oraciones y
consejos, pero también pasó por una gran perturbación
interior con respecto a su proyecto de vida.
En vez de ofuscarse, intensificó las oraciones para
conocer mejor la voluntad del Creador.
Cuando comprendió que la voluntad de Dios era que
constituyera una familia, se orientó decididamente
hacia el matrimonio consciente que “nuestra felicidad
terrena y la eterna depende de vivir bien nuestra vocación”.
Un encuentro no casual,
bendecido por Dios
En la fiesta de la Inmaculada Concepción de 1954,
se celebraba en Mesero la fiesta de la ordenación sacerdotal
de Fray Lino Gara-vaglia, hoy obispo de las diócesis
de Cesena e Sarsina (Italia).
Tanto Pedro, el futuro novio, como Gianna fueron invitados
a la Misa y el almuerzo. Al día siguiente, Pedro Molla
escribía a Gianna “Me acuerdo de ti cuando,
con tu sonrisa larga y gentil, saludabas a Fray Lino y a sus
parientes. Me acuerdo de ti cuando hacías devotamente
la Señal de la Cruz antes del café. Me acuerdo
de ti todavía cuando estabas en oración durante
la bendición del Santísimo Sacramento”.
Gianna, que también tenía la certeza de haber
tenido ese día un “óptimo encuentro”,
le respondió “deseo hacerte feliz y ser la
buena esposa que tu deseas: comprensiva y dispuesta a los
sacrificios que la vida nos pedirá. Pienso en darme
totalmente para formar una familia verdaderamente cristiana.
Es verdad que tendremos que enfrentar dolores y sacrificios,
pero si deseamos siempre uno el bien al otro, con la ayuda
de Dios venceremos todos los obstáculos”.
Madre
ejemplar y dedicada esposa
Gianna y Pedro recibieron el sacramento del matrimonio el
24 de septiembre de 1955.
El amor recíproco, basado en la fe y no en el sentimentalismo,
proporcionó a los jóvenes esposos coraje para
enfrentarlo todo serenamente: “Con el auxilio y
la bendición de Dios, haremos todo para que nuestra
familia sea un pequeño Cenáculo, donde Jesús
reine sobre todos nuestros afectos, deseos y acciones”.
Gianna no renunció al ejercicio de la medicina y aceptó
los inevitables sacrificios de la vida familiar sin que nunca
se apagara su sonrisa de bondad, paciencia y generosidad.
Con mucha armonía y simplicidad, hacía fructificar
al máximo sus dones en el ámbito doméstico,
profesional y parroquial.
En menos de cuatro años de matrimonio tuvo tres hijos,
todos con un embarazo muy difícil.
Pero Gianna vivió su maternidad como una oblación:
el ser madre y el “sacrificio” eran dos
realidades inseparables. Pero, nótese bien, todo vivido
con alegría, aunque el precio a pagar fuese muy alto.
Heroico amor maternal
por amor de Dios
Después de tres embarazos dolorosos, al comienzo del
cuarto se hizo indispensable una cirugía debido a un
tumor en el útero. Fidelísima a sus principios
morales y religiosos, decidió, sin dudar, que el médico
se preocupase, en primer lugar, no en la operación
que salvaría su vida, sino en la salvación de
la vida de la criatura.
Así relata su marido esos momentos: “Con
una incomparable fuerza de voluntad y con inmutable empeño,
continuó su misión de madre hasta los últimos
días de su embarazo. Rezaba o meditaba. La sonrisa
y la serenidad que infundían la belleza, la vivacidad
y la salud de sus tres 'tesoros' eran casi siempre velados
con una inquietud interior. Temía que su criatura naciese
con sufrimientos. Rezaba para que no fuese así. Muchas
y muchas veces, me pedía disculpas si me causaba preocupaciones.
Me decía que nunca había tenido necesidad de
tanta amabilidad y comprensión como ahora. Mientras
se aproximaba el período del parto, afirmó explícitamente,
con tono firme y al mismo tiempo sereno, con una mirada profunda
que jamás olvidaré: “Si deben decidir
entre la criatura y yo, no duden: prefieran a la criatura,
yo lo exijo, ¡sálvenla! Yo hago la voluntad de
Dios y Dios providenciará lo necesario para mis hijos”.
Un Viernes Santo, el 20 abril de 1962, fue internada para
el parto. El Sábado Santo, Gianna y toda la familia
tuvieron la indescriptible alegría de un don divino:
la hija, Gianna Emanuela, nacía bella y fuerte.
Entró en la Vida
Todos los esfuerzos médicos para salvar la vida de
la madre fueron en vano.
Gianna recibe por última vez la Extremaunción
y la Santa Comunión. Al ver el crucifijo que pende
del cuello de su hermana Virginia, misionera en la India,
lo besa y dice: “Jesús, Te amo”.
Era el día 28 de abril de 1962 y sería apropiado
colocar en sus labios las últimas palabras de Santa
Teresita del Niño Jesús: “Yo no muero,
entro en la Vida”.
Fuentes de referencia:
Cfr. “Pro-Life”, Annual Report 2004, Washington;
Cfr. “Avvenire”. Milán. 16-9-03; Cfr. “Corriere
della Sera”, Milán, 8-3-00; Crfr. “II Giornale”.
Milán, 27-3-04; Un inno alla Vita: Gianna Beretta Molla,
Suor Hildegard Brem Ocist., Voglio Vivere. 2004, Milano; Il
cammino di Santitá di Gianna Beretta Molla, Comitato
per la Beatificazione, ITL s.p.a. , 1994, Milano.
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