El Arca de Noé
Noé vivía con su familia en una región de la Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Eufrates, cuando Dios Todopoderoso, al ver la ignominia y la corrupción en la que habían caído los hombres, decidió castigar al mundo.
“Viendo, pues, Dios ser mucha la malicia de los hombres en la tierra, y que todos los pensamientos de su corazón se dirigían al mal continuamente, pesóle el haber creado al hombre ... Y penetrando su corazón de un íntimo dolor [dijo] Yo raeré de la faz de la tierra al hombre” 1.
Construcción del arca
Noé era hombre justo y recto, que halló gracia a los ojos del Señor, por lo que aquel, viendo a la Tierra corrompida le dijo: “Haz para ti un arca de maderas bien cepilladas; en el arca dispondrás celdas y las calafatearás con brea por dentro y por fuera. Y haz de fabricarla de esta suerte: La longitud del arca será de trescientos codos, la latitud de cincuenta, y de treinta codos su altura. Harás una ventana en el arca, y terminarás su altura en un codo. Pondrás la puerta del arca en un costado, y harás en ella tres pisos, una abajo, otro en medio y otro arriba”2. Y acto seguido, le reveló los motivos por los que le daba esa orden: “He aquí que voy a inundar la tierra con un diluvio de aguas, para hacer morir toda carne, en que hay espíritu de vida debajo del cielo: todas cuantas cosas hay en la tierra, perecerán. Más contigo Yo estableceré mi alianza. Entrarás en el arca tú y tus hijos, tu mujer y las mujeres de tus hijos, contigo. Y de todos los animales de toda especie meterás dos en el arca, macho y hembra, para que vivan contigo; de las aves según su especie, de las bestias según la suya, y de todos los que se arrastran por la tierra según su especie: dos de cada cual entrarán contigo, para que puedan conservarse”3.
El diluvio universal
Obedeció el buen hombre al Creador y cuando todo estuvo listo, se hincó a sus pies para orar. Y dijo así el Señor: “Entra tú, y toda tu familia, en el arca; pues que a ti te he reconocido justo delante de Mí en medio de esta generación”4.
Siguiendo aquel mandato, después de introducir a todos los animales, Noé y su familia entraron en el arca mientras los hombres y sus mujeres se mofaban de él. Y al cabo de siete días se abatieron cataratas desde los cielos y torrentes de agua cubrieron la superficie, matando a todo ser viviente.
Llovieron cuarenta días y cuarenta noches desapareciendo montes, valles, llanuras y desiertos hasta ahogarse todo lo que se movía sobre la faz de la Tierra, desde los hombres y las bestias, hasta las plantas y los insectos, quedando solo Noé, su esposa, sus hijos Sem, Cam y Jafet y su mujeres.
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Una expedición dirigida por el arqueólogo inglés, Leonard Woolley, descubrió en las laderas del monte Ararat (Armenia), vestigios del Arca de Noé, entre ellos, remaches (foto 1), el ancla (foto 4) y su silueta en el lugar donde encalló (foto 2 y 3). |
Las aguas retroceden
“Y las aguas dominaron sobre la tierra por espacio de ciento cincuenta días”5, al cabo de los cuales, cesó la lluvia. Fue entonces que los grises nubarrones se disiparon y la inundación comenzó a ceder.
Todo ese tiempo flotó la embarcación mansamente hasta que en el noveno mes, Noé lanzó a los cielos un cuervo “...el cual, habiendo salido, no volvió...”. Unos días después hizo lo propio con una paloma, para ver si ya las aguas habían dejado alguna porción de la Tierra al descubierto y esta, al no encontrar donde echar pie, regresó. Siete días después, lanzó a volar una segunda paloma que regresó al arca por la tarde, trayendo en el pico un ramo de olivo. Y pasado igual número de días, despachó una cuarta ave que ya no regresó. Era la señal esperada; las aguas habían bajado y Dios atemperó su ira.
Noé y su descendencia
Habiéndose retirado las aguas, atracó el arca sobre la ladera del monte Ararat, en las tierras de Armenia y descendieron de ella Noé y su familia, siguiendo el mandato del Creador: “Sal del arca, tú y tu mujer, tus hijos y las mujeres de tus hijos contigo. Saca también a todos los animales que tienes dentro, de toda especie, tanto las aves como las bestias y todos los reptiles que andan arrastrándose sobre la tierra; propagaos y multiplicaos sobre ella”6. Así se hizo y casi enseguida, levantó Noé un altar y sobre él ofreció un sacrificio en señal de gratitud. Y dijo Dios complacido: “Nunca más maldeciré la tierra por culpa de los hombres, atento a que los sentidos y pensamientos están inclinados al mal desde su juventud; no castigaré más a todos los vivientes como lo he hecho”, y después de bendecir a Noé y a sus hijos, agregó: “Creced y multiplicaos, y poblad la tierra. Que teman y tiemblen ante vosotros todos los animales... y todas las aves del cielo, y todo cuanto se mueve sobre la superficie y todos los peces del mar esten sujetos a vuestro poder”.
Establecido un nuevo pacto entre Dios y los hombres, Sem, Cam y Jafet, los hijos de Noé, descendieron del monte Ararat para propagar nuevamente el género humano.
El nacimiento de nuevas naciones
Sem dio origen a los pueblos semitas que habitaron Arabia, Caldea, Siria, Elam, Assur y Aram, descendiendo de él los babilonios, los asirios, los fenicios, los hebreos, los árabes y los arameos. Cam fue padre de Cus y Canaán y de los pueblos que se esparcieron por Egipto y África y Jafet lo fue de las naciones que se diseminaron por las islas del mar, Creta, Grecia, Hatti, Persia, Cimeria y la Tirrena (Italia).
Vestigios arqueológicos
En el verano de 1929 el arqueólogo inglés Leonard Woolley, interesado en averiguar cuando habían aparecido las primeras comunidades humanas, trabajaba en las excavaciones de Ur cuando, repentinamente, dio con pruebas definitivas de lo que fue el Diluvio Universal.
Siguiendo instrucciones de Woolley, excavaban los obreros iraquíes en las milenarias tumbas de Tell-al-Muqayyar, sacando a la luz cerámica, utensilios, tablillas y vestigios de cinco mil años de antigüedad, dos siglos más antiguos que las tumbas reales.
A medida que los pozos se iban profundizando, aparecían nuevos vestigios: ánforas, vasos, herramientas y jarrones, demostrando la inalterabilidad de los objetos. Sin embargo, un día de sol radiante, cuando el calor hacía insoportable la permanencia en el lugar, uno de los beduinos se acercó corriendo hasta la tienda de Woolley para decirle que los nuevos estratos no mostraban vestigios.
El inglés corrió hasta la excavación principal y descendió hasta el fondo, comprobando que una gruesa capa de lodo había dado lugar a los estratos superiores; se trataba de un lodo petrificado, producto de la sedimentación de partículas contenidas en el agua. Aquello era la evidencia de una gran inundación. En un primer momento se pensó que podría tratarse de un estrato fluvial del Eufrates, cuando su delta se hallaba mucho más adentro de tierra firme, sin embargo, estudios posteriores permitieron determinar que esos terrenos se hallaban a muchos metros por encima del nivel del río.
El gran hallazgo
Wolley pensó que había alcanzado el nivel anterior a la existencia del ser humano, que debajo no hallaría nada relacionado con el hombre y para corroborarlo, ordenó seguir excavando un poco más. Y cual no fue su sorpresa cuando, al cabo de tres metros de puro lodo, se presentaron nuevamente pedregullos, cascotes, minerales ¡y fragmentos de cerámica!; una cerámica distinta a la del nivel superior a la capa de lodo, mucho más rudimentaria, elaborada a mano y no con torno, prueba incontrovertible de que la región había estado habitada antes de la gran inundación. Y junto a la cerámica se hallaron también, utensilios de sílex labrados.
Wooley no lo dudó. Impulsado por la excitación salió del pozo y se encaminó a la población más cercana para anunciar al mundo uno de los descubrimientos más asombrosos de todos los tiempos: “Hemos hallado huellas del Diluvio Universal”7.
La justicia de Dios
El arca y el gran Diluvio nos recuerdan la Ley de Dios y su infinita ecuanimidad. Los pecadores siempre sucumben y los justos encuentran la salvación al amparo del Creador, que todo lo ve y todo lo somete a su Divina Justicia, de la que nadie escapa y a la que todos seremos sometidos el día del Juicio Final cuando la Virgen Santísima abogue por nosotros ante el Supremo Tribunal.
Notas:
1- Gn. 6, 5-6
2- Gn. 6, 14-16
3- Gn. 6, 17-18
4- Gn. 7, 1
5- Gn, 7, 24
6- Gn, 7, 17
7- Werner Keller, Y la Biblia tenía razón, Ediciones Omega,
Barcelona, 9ª Edición, 1961, pp. 38-45
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