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Luis Federico Leloir

Sabio argentino y ejemplo de abnegación

Entre los grandes personajes que la Argentina dio al mundo en su época de esplendor, Luis Federico Leloir ocupa un lugar destacado, no solamente por haber sido el primer Premio Nobel en Química de Latinoamérica, sino porque se brindó por entero a nuestro país, al que nunca pensó abandonar pese a la indiferencia de los gobiernos y la sociedad de su tiempo

Doña Hortensia Aguirre de Leloir llevaba seis meses de gestación cuando a mediados de 1906 acompañó a Paris a su esposo, necesitado de someterse a una delicada intervención quirúrgica. Tres meses después, nació en la casa de la Rue Víctor Hugo 81, el niño Luis Federico, gestado en Buenos Aires, quien, andando el tiempo, habría de convertirse en uno de los científicos más importantes de América.

De regreso en la Argentina
Dos años después del fallecimiento de su padre en la capital francesa, la familia Leloir regresó al país para establecerse en una de las estancias que poseía en la región del Tuyú, provincia de Buenos Aires, donde el niño Luis Federico creció observando la naturaleza y las actividades agropecuarias a la que se dedicaban sus mayores.

Radicado en Buenos Aires, ingresó como alumno en la Escuela Gral. San Martín, donde cursó el ciclo primario, pasando luego al Colegio Lacordaire y después al Colegio del Salvador, donde hizo parte del secundario, que completó en el Beaumont de Inglaterra, del que egresó en 1923 con el título de bachiller.

Desde las islas británicas, Leloir pasó a París, para iniciar estudios de arquitectura que al poco tiempo abandonó.

De regreso en su país de origen, ingresó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires donde se graduó en 1932, iniciando su especialización en Gastroenterología.

Trayectoria profesional
Tras su residencia en el Hospital Municipal Ramos Mejía, Leloir pasó a formar el plantel del Servicio de Semiología y Clínica Propedéutica del Hospital de Clínicas, donde trabajó dos años.
Con la intención de realizar su tesis, se incorporó al Instituto de Fisiología, que dirigía su fundador, el Dr. Bernardo Houssay (científico al que el joven médico admiraba profundamente), y allí abordó la rama de Bioquímica primero y Química después, decidido a hacer de ellos su campo de acción.

Tras obtener su doctorado viajó a Londres para ingresar en el Laboratorio de Bioquímica de la Universidad de Cambridge y a su regreso (1937) volvió a incorporarse al Instituto de Fisiología donde fue ayudante de investigación hasta 1943.

En 1941, cuando se hallaba abocado a su labor científica, comenzó el profesorado de Fisiología como discípulo del Dr. Houssay. Sin embargo, producido el golpe de Estado, el 4 de junio de 1943, se vio forzado a abandonar su carrera cuando aquel fue destituido después de firmar, con otros profesores, un manifiesto contra el pronunciamiento. Como protesta, Leloir renunció y abandonó el país para perfeccionarse en el exterior.

Así fue que al año siguiente partió hacia los Estados Unidos donde trabajó como investigador asociado en el Departamento de Farmacología de la Universidad de Washington donde tuvo por supervisor a otro premio Nobel, el eminente profesor Carl Cori. En 1945 pasó al Enzzyme Research Laboratory, College of Physicians and Surgeons de Nueva York, para trabajar con el doctor D. E. Green, otra eminencia en la materia y al cabo de un tiempo regresó al país.

El Dr. Leloir en su laboratorio

Premio Nobel de Química
Por entonces, Jaime Campomar, un industrial textil argentino que deseaba establecer una institución de investigaciones bioquímicas, siguiendo consejos del Dr. Houssay, llamó a Leloir para dirigirla. Allí, en una pequeña habitación contigua al Instituto de Biología y Medicina Experimental, nuestro científico inició sus investigaciones que habría de coronar con éxito un año después (1948) cuando detectó los azúcares-nucleótidos o carbonucleicos, fundamentales en el metabolismo y la biosíntesis de los hidratos de carbono. El descubrimiento revolucionó la bioquímica mundial e hizo que el nombre del instituto se hiciera mundialmente conocido.

El 27 de octubre de 1970 por la mañana Leloir fue informado que había obtenido el Premio Nobel de Química. Sin cambiar su rutina diaria, se encaminó a su laboratorio donde, al llegar vio que entre una multitud de periodistas que lo aguardaba, se encontraba el embajador de Suecia, quien le confirmó la noticia.

El país entero, que por entonces vivía días de violencia política y subversión, se sobresaltó. Una buena noticia en medio de tantas calamidades cayó como una bendición.

En el mes de diciembre Leloir viajó a Estocolmo y el 10 de ese mes recibió de manos del rey Guastavo Adolfo el merecido galardón en la Real Academia de Ciencias de Suecia.

Otras distinciones
La trayectoria del Dr. Leloir se vio premiada por otras distinciones, algunas de ellas, el Tercer Premio Nacional de Ciencias en 1943, el premio de la Sociedad Científica Argentina en 1955, el T. Cucett Jomes Memorial Award (1958), el que le entregó la Comisión Nacional de Cultura en 1964, el de la empresa Bunge & Born (1965), el de la Fundación Gairdenr de Canadá (1966); el premio Louis Gross Horwitz, de la Universidad de Columbia, EE.UU (1967); el Premio Benito Juárez (1968), el de la Asociación Química Argentina (1969); el doctorado “honoris causa” de la Universidad de Córdoba en 1968; el de la de París en 1969, el Reconocimiento Bernardo O’Higgins en grado de Gran Cruz en 1976 y la Legión de Honor del gobierno francés en 1982.
En 1970, el año en que fue distinguido con el Nobel, Leloir fue nombrado miembro de la Sociedad de París. En 1971, el mismo año en que Venezuela le entregó la Orden Andrés Bello, el poder ejecutivo nacional lo designó presidente honorario del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas y miembro honorario de la Fundación Dermo. Fue también miembro honorario de la Sociedad Argentina de Cardiología; doctor honoris causa de la Universidad de Buenos Aires (1973); miembro de honor de la Sociedad de Biología de Francia; miembro del Consejo de Honor de la Asociación Bioquímica Argentina, miembro correspondiente del centenario de la Sociedad Química Americana; miembro honorario de la Sociedad para Carbohidratos Complejo y comendador de la Orden de las Palmas Académicas de Francia.

El Dr. Leloir falleció en Buenos Aires el 2 de diciembre de 1987, fecha en la que Monseñor Roque Puyelli le administró in artículo mortis, la Unción de los Enfermos.

Sepulcro del Dr. Leloir en el cementerio de La Recoleta

Algunas reflexiones
Repasando las biografías de estos grandes personajes, no podemos evitar plantearnos algunos interrogantes. El primero: ¿qué ocurrió con aquella Argentina pujante de principios del siglo XX? ¿Qué fue del país que dio sabios como Leloir, Houssay, Agote y Maza?, ¿de estadistas como Saavedra Lamas y Luis María Drago?, ¿de hombres de letras como Borges y Lugones?, ¿de músicos como Williams, Gilardi, López Buchardo y Ginastera?, ¿de historiadores como Furlong y Bruno?, ¿de esa Argentina de hombres polémicos que han hecho historia y que fueron parte de hechos trascendentes de la historia universal?, ¿de aquella tierra que producía y creaba y que era famosa por sus institutos de investigación, sus hospitales, sus librerías, sus ateneos y sus academias?

Es inevitable rememorar el “granero del mundo” que alimentó a naciones hambreadas, que tuvo escuelas de matemáticas modelo y que fue pionera en exploración espacial y el desarrollo nuclear latinoamericano.

Se hace inexplicable entonces esta realidad, en la que futbolistas y personajes de la farándula son los modelos a seguir y acaparan toda la atención. En la que los medios de comunicación bombardean con basura los hogares argentinos, las veinticuatro horas del día, con programas decadentes y lleva prácticas prostibularias a las casas de familia; el que destruye sus monumentos históricos y solo fomenta el tango; el de la justicia inexistente y los políticos sin brillo.

Y las preguntas surgen inexorables, ¿qué fue lo que ocurrió? ¿Volveremos a ser lo que fuimos? ¿Recuperaremos nuestra gloria pasada?

Basta volver a nuestras fuentes cristianas porque el potencial parece intacto; solo hay que rescatarlo y acabar para siempre con la mediocridad que se ha adueñado de la nación.

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