Ceferino Namuncurá,
un príncipe de las pampas
en la gloria de los altares
Chimpay es un pequeño caserío sobre la margen izquierda del río Negro. Antiguo refugio en la ruta a la cordillera, hoy constituye una suerte de oasis agrícola en medio de una fértil llanura que limita por el norte con la provincia de La Pampa y al sur con las Salinas de Trapalcó. En ese apartado lugar de nuestra patria nació Ceferino Namuncurá, el 26 de agosto de 1886, quien habría de pasar a la historia como “el santo de la Patagonia”
El 4 de junio de 1873 un torrente humano se movilizaba por el desierto en lentas y silenciosas columnas. Caciques, capitanejos, hechiceros y guerreros convergían sobre Chiloé, al oeste de Salinas Grandes, respondiendo al llamado del consejo tribal.
En el toldo principal Calfucurá, emperador de las pampas, agonizaba. Junto a él su curandero recitaba monótonas plegarias y a su lado, algunas de sus esposas lloraban. Repentinamente el anciano cacique alzó la mano y su hijo, Namuncurá, se inclinó sobre él. “No entregar Caruhé al huinca”, alcanzó a decir, “No entregar Caruhé al huinca” y expiró.
El desierto pareció temblar. El gran soberano que al frente de sus hordas había aterrorizado a las poblaciones cristianas por casi medio siglo, había muerto.
El imperio de las pampas
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El cacique Calfucurá, emperador
de las pampas, fue abuelo
de Ceferino |
Calfucurá fue un líder mapuche nacido en Llailma, territorio chileno, muy cerca de Pitrufquén. Hijo del cacique Huentecurá, uno de los tantos jefes indígenas que ayudó a San Martín en su primer cruce de la cordillera (según algunas fuentes, combatió en Chacabuco), repasó las altas cumbres en 1830 para incorporarse como capitanejo, a las fuerzas de Toriano, jefe indio que entre 1832 y 1833, se alió a Juan Manuel de Rosas y combatió a los araucanos.
Muerto Toriano y caída la Federación, Calfucurá se independizó y conformó una poderosa confederación indígena que, al cabo de los años, se transformó en un verdadero imperio. Ese imperio se extendía desde la margen sur del río Salado, en la provincia de Buenos Aires, hasta la cordillera de Los Andes, abarcando gran parte de nuestro primer estado, la provincia de La Pampa, Río Negro, Neuquen y el sur de San Luis y Mendoza.
Señor indiscutido del desierto, Calfucurá masacró a los boroganos en Masallé (1834) y al cacique araucano Railef, cuando regresaba a Chile con 100.000 cabezas de ganado robadas a los huincas, es decir, al hombre blanco.
Fijando su capital en Carhué, en el país de Salinas Grandes, fueron sus principales tolderías Puán, Epecuén, Guaminí, Cochicó, Pigüé, Catriló, Tapalqué, Sierra de la Ventana, Chiloé y Lihuel Calel, donde reinaban caciques menores sujetos a su autoridad.
Los malones de Calfucurá llenaron de terror a las poblaciones cristianas, especialmente 25 de Mayo, Azul, Tandil, Olavaria, Junín, Melincué, Alvear, Bragado y la incipiente Bahía Blanca, siendo célebres las milagrosas defensas que el padre Francisco Bibolini llevó a cabo en la primera, en dos oportunidades (ver “Cruzada” Nº 9, Junio de 2004).
Calfucurá reinó sobre la pampa por espacio de cuarenta años, hasta que el 11 de marzo de 1872, después de declararle la guerra al gobierno argentino y arrasar los pueblos de 25 de Mayo, Alvear y 9 de Julio, fue derrotado por las fuerzas conjuntas del general Ignacio Rivas y el cacique Catriel, en la batalla de San Carlos, próxima a la ciudad de Bolívar.
El ocaso de una nación
Muerto el soberano, el cónclave indígena designó a su sucesor, su hijo Namuncurá, que gobernaría el imperio hasta 1884. Sus malones, tan implacables como los de su padre, llevaron la muerte a Azul, Olavarría, 25 de Mayo, Pehuajó y otros puntos de la provincia, donde dejó un tendal de cadáveres, poblaciones incendiadas, campos arrasados y centenares de cautivos llevados a los toldos contra su voluntad.
Sin embargo, el nuevo cacique sería testigo del desmoronamiento de su nación con el avance de las tropas del general Levalle y las rebeliones de varios de sus vasallos, dos de ellos Pincén y Catriel (1875).
Derrotado en Chilihué y Lihué Calle, abandonó sus toldos de Chiloé y se refugió en la cordillera, donde vivió huyendo hasta 1884, cuando se rindió.
Linaje real
Allí en Chimpay, seis leguas el oeste de Choele Choel, en el Alto Valle del Río Negro, Namuncurá levantó sus toldos y se estableció con lo que quedaba de su tribu. Dos años después, el 26 de agosto de 1886, nació Ceferino, el sexto de sus doce hijos, cuya madre Rosario Burgos, era una mestiza chilena secuestrada durante un malón sobre ese país.
En ese ambiente netamente mapuche, el recién nacido vivió sus primeros años al cuidado de su madre y vigilado por los asistentes de su padre.
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La dinastía de los Piedra. A la izquierda, busto de Namuncurá por Juan Mc Mullen. A la derecha, el cacique y su familia. La mujer mayor es su hermana Canallaycantu Curá y el muchacho que está a sus pies su hijo Juan Quintunas |
En la navidad de 1888 llegó al lugar el RP Domingo Melanesio quien bautizó al muchacho, asentando su partida en la parroquia de Carmen de Patagones, de la que dependían aquellas tierras.
Por entonces, Chimpay era una simple toldería indígena sobre una tierra en la que abundaban la caza y la pesca. Se trataba de un paraje magnífico, a medio camino entre la cordillera y la pampa, cortado en dos por un anchuroso río y rodeado de árboles en los que anidaban horneros, calandrias y chingolos. Según el teniente coronel Manuel Olascoaga, se trataba de un lugar precioso atravesado por una larga hilera de sauces entre dos hondonadas que descendían en imperceptible declive hacia el agua. Gatos monteses, liebres y avestruces recorrían libremente la región y las llamas y los guanacos pastaban en rebaños, atentos a la presencia del puma.
Al momento de nacer Ceferino, su padre ya no era el señor de las pampas pero sí, coronel del Ejército argentino, con uniforme y pensión. De todas formas, Ceferino era de sangre real, hijo y nieto de emperadores, bisnieto de uno de los caciques que había ayudado a San Martín en su campaña a Chile y sobrino nieto del poderoso Renquecurá, señor de los pehuenches, con sus toldos en Picún Leufú e invernadas en Catán Lil, provincia de Neuquén. Soberanos menores y consejeros como Antonio Namuncurá, hermano de su abuelo; sus tíos caciques, Melicurá, Cutricurá, Cayupán y Bernardo Namuncurá, célebre por salvar milagrosamente la vida del Padre Salvaire; su abuela Juana Pitiley la favorita de Calfucurá y su tía Canallaycantu Curá, de decisivo papel cuando la designación de Namuncurá, son solo algunos de los principales representantes de aquella dinastía que tanto dio que hablar en el pasado. Por otra parte, además de su padre coronel, Ceferino tenía un hermano, Juan Quintunas, que ingresaría en el Colegio Militar para egresar como oficial de Infantería del Ejército argentino.
Su niñez en Chimpay
Desde pequeño, Ceferino dio señales de santidad. Cierto día se hallaba con su madre a orillas del río cuando, repentinamente, cayó al agua. La corriente, muy fuerte en ese momento, comenzó a arrastrarlo y alejarlo a gran velocidad ante la desesperación de doña Rosario. Sin embargo, cuando ya se lo daba por muerto, fue depositado mansamente en la costa, de donde su padre lo rescató.
Sabido es que de niño gustaba ayudar a su madre en las tareas de recopilar leña, en la preparación de los alimentos y en el cuidado de los animales. Lamentablemente, cuando su padre escogió a la que sería su única esposa, Ignacia Rañil, dejó a un lado a doña Rosario y a otras dos mujeres mayores con las que también tuvo hijos, motivando su alejamiento.
Mucho debe haber apenado al pequeño el que su madre se marchase hacia la tribu de Yanquetruz, catorce leguas más al norte. El, siguiendo las costumbres de la tribu, se quedó con su padre, dedicándose al cuidado de las ovejas para las que armó, con sus propias manos, un improvisado corral.
Por entonces Namuncurá recibía una pensión del gobierno y casi todos los meses viajaba a Choele Choel para cobrarla. Al regresar distribuía el dinero entre su gente, entregando cinco pesos a los hombres y uno a las mujeres. Pero la situación –agravada por la demora en serle reconocida la propiedad de su tierra– le provocaba mucha. Si bien no hay indicios de que la tribu padeciese hambre, el sueldo del cacique y las pocas ovejas que criaban, no alcanzaban para nada.
Al servicio de su pueblo
Fue un día que viendo al cacique abatido y preocupado, Ceferino se le acercó y le dijo. “Papá, ¡como nos encontramos después de haber sido dueños de toda esta tierra! Estamos sin amparo, ¿Por qué no me envía a Buenos Aires a estudiar?...así podré un día, ser útil a mi raza”.
Don Manuel, reducido a un confín del que fuera su vasto imperio, aceptó la sugerencia y asesorándose convenientemente, envió a su hijo a Buenos Aires, inscribiéndolo primero en un taller-escuela de la Marina, en la localidad de Tigre y después, aconsejado por el Dr. Luis Sáenz Peña, en el Colegio Pío IX de Almagro, de la congregación salesiana (el 20 de septiembre de 1897). En el taller-escuela el muchacho no se había sentido a gusto, tal como se lo manifestó a su padre en cierta oportunidad, pero ahora, con los padres salesianos, rebosaba de felicidad.
Con los padres de Don Bosco
Al llegar al Colegio Pío IX, Ceferino fue recibido por Monseñor Juan Cagliero quien a partir de ese instante, se convertió en su consejero y protector. Ceferino comenzó a estudiar y lo hizo intensamente, ignorando las burlas de que era objeto de parte de unos pocos compañeros, por su condición de mapuche. Sin embargo, al cabo de un tiempo, logró conquistarlos, lo mismo a sus profesores, que veían en él a un muchacho serio y responsable. Llamaban la atención el tiempo que pasaba rezando en la capilla, su excelente conducta y su voz para el canto.
Dos meses después, al finalizar las clases, se fue con sus compañeros y religiosos, a la Escuela Agrícola de Uribelarrea, provincia de Buenos Aires, donde pasó el verano.
Y así transcurrieron 1898, 1899, 1900 y 1901, años en los que obtuvo el primer premio en conducta y aplicación, primer premio de todo el curso y diploma de alabanza en canto (1899), primer premio en conducta y aplicación, tercer premio en todo el curso y segundo premio en canto (1900) y nuevamente primer premio en conducta y aplicación, segundo en todo el curso y primero en canto (1901).
Todos esos años Ceferino pasó sus vacaciones en Uribelarrea, siempre en compañía de amigos y compañeros hasta 1902, cuando finalizados sus estudios, comenzó a dar los primeros síntomas de su enfermedad.
Vida espiritual
Dijimos que el padre Melanesio bautizó a Ceferino durante su viaje de Neuquén a Choele Choel y que su partida está asentada en Carmen de Patagones, en el extremo sur de la provincia de Buenos Aires.
El 8 de septiembre de 1898, siendo alumno del Pío IX, el joven mapuche tomó su Primera Comunión. A fin de año fue Primer Príncipe en el certamen de Catecismo, galardón que repitió al año siguiente y convencido de que debía transmitir esos conocimientos, se ofreció como auxiliar catequista para enseñar el Evangelio a sus compañeros.
El 5 de noviembre de 1899, siempre en la capilla del colegio, recibió la Confirmación de manos de Monseñor Gregorio Romero y al año siguiente, tras aprobar todos los exámenes, obtuvo el premio de Historia Sagrada. Tiempo después, experimentaría una enorme alegría cuando Monseñor Cagliero, el gran apóstol de la Patagonia, administró a su padre la Primera Comunión y la Confirmación. Fue entonces, que pleno de gozo, exclamó: “Yo también, como Monseñor Cagliero, seré salesiano e iré con él a enseñar a mis hermanos el camino del Cielo”.
En 1902 finalizó sus Ejercicios Espirituales estableciendo en ellos los cuatro propósitos que marcarían el resto de su vida.
Vocación sacerdotal
En 1903 don Manuel Namuncurá decidió llevarse a su hijo como intérprete y secretario. Ceferino, que deseaba ser sacerdote, acudió a sus protectores, Monseñor Cagliero y el Dr. Luis Sáenz Peña, para rogarles que intercedieran ante su padre.
Y es que el pequeño príncipe de las pampas era un alma enamorada de Dios y de la Santísima Virgen a quienes deseaba servir fervorosamente e interceder ante ellos en favor de su pueblo.
Fue entonces que Monseñor Cagliero creyó conveniente enviarlo a Viedma y ponerlo al cuidado del RP Evasio Garrone, director del Colegio San Francisco de Sales. Ceferino hizo el viaje por mar, bastante enfermo y a poco de llegar, conoció y trabó amistad con el beato Artémides Zatti, enfermero y laico coadjutor italiano radicado en Viedma que, como el recién llegado, padecía tuberculosis.
Viaje a Italia
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Audiencia papal del 27 de septiembre de 1904. Ceferino conoce a San Pío X quien le imparte su bendición apostólica para su familia y las tribus de la Patagonia. En primer plano el poncho de quillango que el beato obsequió al Santo Padre |
En 1904 Monseñor Cagliero decidió llevar a Ceferino a Italia. A esa altura, el muchacho tenía la salud muy deteriorada, hecho que percibieron sus compañeros del Colegio Pío IX cuando lo vieron llegar. Allí pasó unos días hasta que, el 19 de julio, zarpó en el vapor “Sicilia” que después de un mes de travesía, recaló en Génova.
En Turín, Ceferino se alojó en el gran Colegio Valdocco, junto a la basílica de María Auxiliadora, el mismo donde estudiaron Domingo Savio y San Luis Orione y allí conoció al beato Miguel Rúa, sucesor de Don Bosco, entrevista que sacudió lo más íntimo de su ser. Personalidades de importancia como la princesa María Leticia de Saboya Bonaparte, la condesa Balbis María Bertone de Sambuy y hasta la Reina Madre, Margarita de Saboya, homenajearían a Ceferino tratándolo de acuerdo a su rango.
“También me aplaudieron y gritaban ¡Viva el príncipe Namuncurá! Si le digo esto no es porque me haya enorgullecido, sino porque somos amigos”, le escribió a su compañero Faustino Firpo, el 24 de agosto de 1904.
El 19 de septiembre Monseñor Cagliero lo llevó a Roma. Ocho días después, Ceferino vivió la mayor experiencia de su vida al ser recibido por San Pío X. El joven aborigen, expresándose en italiano, obsequió al Pontífice un quillango de guanaco, atención que aquel retribuyó con sanos consejos y su bendición, para él y su pueblo. Lo increíble de aquella entrevista fue que, cuando todos se retiraban, el Santo Padre mandó llamarlo nuevamente y en las dependencias donde tenía su escritorio, volvió a saludarlo, mucho más paternalmente y le obsequió una medalla de oro como recuerdo de su visita.
Sus últimos días
Fascinado todavía por la experiencia vivida, Ceferino abandonó Roma y como el clima de Turín le resultaba cada vez más perjudicial, se estableció en Frascatti, donde su salud se agravó. A principios de 1905 le resultaba imposible seguir asistiendo a clases por lo que, el 28 de marzo, fue conducido nuevamente a Roma para ser internado en el Hospital Fatebenefratelli, de la orden de San Juan de Dios, en la isla Tiberina.
Allí falleció el 11de mayo de 1905, a las seis de la mañana, entregando su alma al Creador después de sus oraciones.
La noche anterior, había llamado a un sacerdote para pedir por el muchacho que ocupaba la cama contigua: “Si supiera Ud. cuanto sufre. De noche no duerme casi nada. Tose y tose”. En realidad, el estaba peor, pero solo pensaba en el prójimo, es decir, en las almas necesitadas de consuelo. Su cuerpo fue conducido al cementerio de Roma, donde estuvo enterrado hasta 1924, cuando regresó a su tierra natal.
El beato Ceferino
En 1915 los restos de Ceferino fueron exhumados y en 1924 regresaron a la Argentina. Llegaron a bordo del vapor “Ardito” y, trasladados hasta Pedro Luro, localidad al sur de la provincia de Buenos Aires, a medio camino entre Bahía Blanca y Carmen de Patagones, fueron depositados en la capilla del Fortín Mercedes. El 14 de mayo dio comienzo el proceso de canonización y el 22 de junio de 1972, el Papa Paulo VI lo declaró venerable.
El martes 15 de mayo, durante la sesión de la Congregación para las Causas de los Santos, se aprobó por unanimidad el milagro atribuido a Ceferino en el año 2000, en el que una mujer cordobesa de 24 años de edad, afectada por cáncer de útero, no solo se curó sino que, tiempo después, logró concebir.
Al cabo de cuatro años de estudió, altas fuentes de la Iglesia indicaron que la consulta médica de la Congregación había dictaminado que desde el punto de vista clínico, la curación sometida a su juicio científico era inexplicable.
Aprobado el decreto del milagro, S.S. Benedicto XVI determinó la fecha de beatificación, 11 de noviembre de 2007, acontecimiento que fue festejado en todo el país.
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