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La Guerra de los Macabeos

En el siglo II antes de Cristo, un despiadado soberano griego desató contra el Pueblo Elegido la más brutal de las persecuciones. Su objetivo era doblegar su fe e instaurar cultos paganos. Pero los miembros de una familia sacerdotal, poniéndose a la cabeza de una insurrección, se sublevaron, logrando la victoria después de una guerra feroz

El Libro I de los Macabeos comienza narrando las campañas de Alejandro Magno en oriente y como el mundo sucumbió a su poder: “Sucedió que después que Alejandro, hijo de Filipo, rey de Macedonia, y el primero que reinó en Grecia, salió del país de Cetim y derrotó a Darío, rey de los persas y de los medos; ganó muchas batallas, y se apoderó en todas partes de las ciudades fuertes, y mató a los reyes de la tierra, y penetró hasta los últimos términos del mundo, y se enriqueció con los despojos de muchas naciones; y enmudeció la tierra delante de él. Y juntó un ejército poderoso y de extraordinario valor; y se engrió e hinchó de soberbia su corazón”1.

Siguen narrando las Escrituras que después de aquello, Alejandro cayó enfermo y viendo que su fin se acercaba, llamó a sus generales y dividió sus dominios dándole, una parte a cada uno.

Reino de terror

Enseguida aquellos se hicieron reyes, cada uno en sus respectivas provincias. Y así que él murió, se coronaron todos, y después de ellos sus hijos, por espacio de muchos años; y se multiplicaron los males sobre la tierra”2.

De los generales a los que el emperador entregó sus dominios, Ptolomeo recibió Egipto y Seleuco Nicator Siria y Mesopotamia.

El mundo entero era griego y sus ejércitos señoreaban sobre la Tierra, imponiendo su cultura y su tradición.

En el año 137 a.C. Antíoco IV Epífanes, hijo de Antíoco III Megas y usurpador de su hermano, Seleuco IV Filopator, comenzó a reinar tomando una serie de medidas que llenaron de angustia a los pueblos sojuzgados, en especial los hebreos, obedientes de la Fe y los mandamientos del Señor.

Ambicionando las tierras vecinas, volteó su rostro el soberano hacia Egipto, deseoso de las ricas comarcas del Nilo y hacia allí marcharon sus huestes, conquistando el país y capturando a su rey. Sin embargo, temeroso de ofender a Roma, donde en su adolescencia había sido rehén, liberó a aquel y se retiró, aunque sin abandonar sus planes de expansión.

Comienzan las persecuciones

Tras un segundo ataque a Egipto en el 168 a.C., entró Epífanes en Jerusalén profanando su Santuario e imponiendo leyes que ofendían a Dios.

Fue tan terrible la persecución que desató, que una parte importante del pueblo de Israel prefirió apostatar y adoptar las costumbres de los griegos.

En aquellos tiempos, se dejaron ver unos inicuos israelitas, que persuadieron a otros muchos, diciéndoles: ‘Vamos, y hagamos alianza con las naciones circunvecinas [...] Inmediatamente construyeron en Jerusalén un gimnasio, conforme al estilo de los gentiles; y abolieron el uso de la circuncisión, y abandonaron el Testamento, y se coaligaron con las naciones, y se vendieron como esclavos a la maldad”3.

Judas Macabeo frente al ejército de Nicanor. Su triunfo fue claro ejemplo de las proezas que se logran cuando se tiene Fe

Profanación del Templo

Habiendo mandado colocar en el Templo de Salomón una estatua del dios Zeus, Epífanes impuso el culto, los ritos, la cultura y las divinidades de Grecia, obligando a hacerles sacrificios y a inclinarse ante sus imágenes.

Aquello enardeció a los fieles y eso motivó la brutal reacción de los helenos, quienes hicieron matanza de judíos en sus ciudades y aldeas atacándolos los días sábados para masacrarlos sin resistencia. La ley mosaica fue prohibida, lo mismo la circuncisión y se quemaron los libros sagrados, obligando a los habitantes a comer carne de cerdo, aún a costa de su vida.

El martirio de Israel

Sabiendo el rey que dos mujeres habían hecho circuncidar a sus hijos, las mandó prender con aquellos y tras arrastrarlas por las calles, las hizo arrojar al vacío desde lo alto de las murallas. A otros que buscaron refugio en las montañas, los mandó asfixiar en el interior de sus cavernas.

En Jerusalén, el venerable escriba Eleazar, de 90 años de edad, fue martirizado y ajusticiado por negarse a comer carne de cerdo en un banquete ofrecido por el rey. Y en las mazmorras de la ciudad, los siete hermanos Macabeos y su madre, mujer obediente de la Ley de Dios, perecieron de la manera mas brutal, atormentados y quemados vivos.

Y mientras estos hechos tenían lugar en la capital, el despiadado soberano mandó pregones por todo Israel para obligar a sus habitantes a abjurar del Creador.

Matatías y sus hijos

Habiendo sido profanado el Templo al colocarse en su interior la estatua de Zeus, el sacerdote Matatías, junto a su mujer y sus hijos, dejaron la ciudad y se retiraron a Modín, población donde tenían posesiones. Hasta allí llegaron los mensajeros del rey, montando un altar pagano y obligando a los pobladores a rendir culto a los dioses y cuando un judío renegado quemó incienso en él, se desencadenó la tragedia.

Matatías tomó una espada y traspasó al apóstata mientras sus vástagos daban muerte al emisario real y destruían su altar. Y lanzando grandes voces por la ciudad, llamó a los fieles a luchar, desencadenando una rebelión que se extendió rápidamente por todo el país.

La guerra santa

Tras jurar los judíos respetar la observancia de los sábados, llegaron los griegos a Modin y masacraron a un millar de personas que no osaron siquiera defenderse.

Contando con la alianza de los asideos, hombres celosos, obedientes de Dios, Matatías recorrió la tierra destruyendo los altares paganos y circuncidando a los niños que no lo habían hecho. Pero al poco tiempo falleció, siendo sepultado junto a sus padres y sus ancestros en Modin.

Siguiendo su mandato, su hijo Judas Macabeo tomó el mando, teniendo en su hermano Simón al principal consejero y a los otros tres, Juan, Abarón y Jonatás, entre sus principales asistentes.

Sabiendo aquello, Epífanes despachó desde Samaria un poderoso ejército a las ordenes de Apolonio, a quien Judas Macabeo mató en combate y le arrebató su espada.

Tras la victoria sobre griegos y sirios, el ejército macabeo derrotó a Serón de Siria en Betorón, provocándole gran mortandad y obligándolo a emprender la retirada.

Auxilio Divino

Judas Macabeo se apresta a enfrentar a
idólatras e infieles

En vista de aquellos hechos, alistó Epífanes a todos sus generales, entre ellos Lisias, Gorgias y Nicanor y al frente de sus legiones los lanzó por toda la tierra para que exterminasen a Israel. Griegos y sirios acamparon en Emaús hasta donde llegaron mercaderes y comerciantes para lucrar4.

Después de pedir auxilio al Creador, llegó Judas hasta campo enemigo y aplastó a Gorgias que al frente de cinco mil infantes y mil jinetes, le había salido al cruce.

Mientras los gentiles se dispersaban por los campos, Judas Macabeo reagrupó sus fuerzas y persiguió a sus enemigos hasta Geserón, Idumea y Ashod, provocándoles más de tres mil muertos.

Derrotado Gorgías por segunda vez, llegó el turno de Lisias que habiendo entrando en Judea desde Betorón, arrasó las comarcas del norte, martirizando a sus habitantes. Sin embargo, una vez más, después de implorar al Señor, Judas se trabó en combate y lo puso en fuga, rechazándolo hacia Antioquia,

Y así, mientras el general greco-sirio reclutaba nuevas tropas en aquella ciudad, los Macabeos liberaron Jerusalén purificando el templo y fortificando el Monte Sion.

Muerte de Antíoco Epífanes

La guerra se extendió por todo Israel, ya por Galaad y Galilea, ya por Carnaím y Efrón, con saldo favorable a los Macabeos que, como rayo exterminador, cayeron sobre idumeos y filisteos, pasando después a Samaria y Galilea.

Los comandantes de Jerusalén abandonaron su guarnición, con la idea de hacer la guerra a los griegos en Jamnia. Pero sobre ellos cayó Gorgías masacrándoles a más de dos mil israelitas y obligando al resto a huir a Judea.

Por entonces marchaba Epífanes hacia oriente para saquear sus ciudades pero derrotado en Elimaida, retrocedió a Babilonia donde, al conocer el descalabro de Lisias, manifestó su tardío arrepentimiento y murió.

La ayuda del Señor

Epífanes fue sucedido por su hijo, Antíoco V Eupator pero habiendo regresado su sobrino Demetrio desde Roma, reclamó el trono usurpado y comenzó a reinar. Enterados de ello los ejércitos, mataron a Euparor y a su tutor, Lisias, jurando fidelidad al nuevo rey.

Demetrio mandó a sus generales Báquides y Nicanor a recorrer la tierra y masacrar a sus enemigos. Y aunque el primero fue derrotado, el segundo venció a Macabeo y le dio muerte, forzando a su hermano Jonatás a huir al desierto para reagrupar sus fuerzas.

La guerra se prolongó años hasta que Jonatás, que comandaba la resistencia, firmó la paz con Siria, que, inmersa en asuntos internos, reconoció la independencia de Judea.

El legado de los Macabeos

Los Macabeos son un claro ejemplo de las proezas que se pueden obrar cuando se tiene Fe y de la fuerza que el Señor proporciona a los creyentes en los momentos más aciagos, cuando se acude a El. Son prueba de que el que reza y confía en su infinito poder, está exento de todo peligro, aún del de enemigos poderosos como los que arrasaron la Tierra Santa en el siglo II con el objeto de imponer cultos paganos y costumbres contrarias a las enseñanzas y la voluntad de Dios.

Su victoria trajo consigo, no sólo el reestablecimiento del culto, sino también la independencia nacional, tras años de sometimiento a los grandes imperios extranjeros como el babilónico, el egipcio, el asirio y el griego.

También ponen de relieve las tremendas pruebas que debió padecer Israel por abrazar en parte la idolatría, destacando por sobre todo, el auxilio divino que permitió a los fieles preservar sus costumbres en una lucha desigual. Y deja en claro que, de no haber mediado la misma, habría acabado con el pueblo elegido. Hoy, la Iglesia Católica, que ve en los Macabeos un modelo de mártires, conmemora su día el 25 de octubre, invitando a los creyentes a seguir su ejemplo.


1- Mac. I, Prólogo, 1-5
2- Ídem, 9-10
3- Idem, 1, 12-16
4- Dr. Santiago Mezzacasa s.d.b, Los Macabeos,
Colección Bíblica: Epopeya Divina
, Editorial Don Bosco, Buenos Aires, 1957, pp. 26-27

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