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La Cruz de Matará

Entre los muchos tesoros que guarda el territorio argentino se encuentra una cruz que según historiadores, arqueólogos y estudiosos en general, es la más antigua de nuestro continente: la Cruz de Matará, labrada en el siglo XVI por manos indígenas recientemente evangelizadas

En 1543 el capitán Diego de Rojas se internó en territorio de Santiago del Estero buscando una ruta que conectase al Perú con el Río de la Plata. Con la expedición viajaban dos religiosos, los padres Francisco Galán, de la Orden de los Comendadores de San Juan y Juan Cederrón.

Don Diego atravesó la Quebrada de Humahuaca y los valle Calchaquíes para adentrarse valientemente en las sierras del Aconquija y los llanos del Tucumán, y desembocar finalmente en el actual territorio santiagueño. Siempre enfrentado por los salvajes cayó el conquistador en combate, en plena travesía.

Lo sucedió en el mando Francisco de Mendoza quien envió encadenado rumbo a Lima a Felipe Gutiérrez (lugarteniente de don Diego) y prosiguió su avance hacia el sur para fundar la efímera ciudad de Medellín. Desde ahí Mendoza despachó expediciones que, tras atravesar Córdoba y Santa Fe, alcanzaron el Paraná y las ruinas de Sancti Spiritu, después de bordear el río Carcarañá.

Mendoza intentó subir hasta Asunción con la idea de dar por concluida la expedición, pero sus hombres, exhaustos, se amotinaron y lo ejecutaron recordando la dureza con la que los había tratado.

La Evangelización
Veinte años después fue creada la Gobernación del Tucumán, dentro de la jurisdicción del gigantesco Virreinato del Perú y la Real Audiencia de Charcas. En 1585 llegó a Santiago la Sábana Santa que recubriera la mortaja original de Nuestro Señor, enviada expresamente por el monarca español Felipe II y en noviembre del mismo año hicieron lo propio los jesuitas Francisco de Angulo, Alon-so Barzana y el hermano coadjutor Juan de Villegas, quienes iniciaron una amplia labor catequística por la cual rescataron de la ignominia y la barbarie a las tribus más feroces de la región, las mismas que tantas veces atacaran y destruyeran no sólo las primeras poblaciones cristianas sino también, desde tiempos remotos, a los antiguos asentamientos calchaquíes y diaguitas que se veían obligados a fortificar la región con fortalezas y pucarás.

El R.P. Alonso Barzana SJ, conocido como el Apóstol del Perú, atravesó los esteros en dirección al Gran Chaco, pasando por Matará en 1594 y cruzaron el río Salado para internarse en el peligroso Chaco santiagueño.

Posteriormente hizo su ingreso San Francisco Solano, que entre 1593 y 1595 recorrió la región con ocho hermanos franciscanos, adentrándose, muchas veces solo, en territorio hostil, poblado de bárbaros y caníbales, para predicar el Evangelio y conquistar almas.

El capitán Diego de Rojas llega a Santiago del Estero en viaje de exploración

La cruz más antigua de América
Los matarás eran una de aquellas tribus indómitas que habitaba una zona ubicada al sudeste de Santiago del Estero, por entonces capital del Tucumán.

Después de la ímproba labor de ganarse su confianza y aprender su idioma, los padres de la Compañía iniciaron su gigantesca obra apostólica enseñando a los naturales las primeras nociones de la Iglesia, hablándoles de Nuestro Señor Jesucristo, de su Madre, de los santos y de los Diez Mandamientos.

No se sabe si fue uno de aquellos indígenas o uno de los mismos misioneros quien talló la pieza en 1594 pero resulta claro que aquella fue la mejor forma de enseñarles el Evangelio e inculcarlo en las primitivas mentes de los naturales, quienes desconocían la escritura. En ello arqueólogos e historiadores no se han puesto de acuerdo aún. Sin embargo, no cabe la menor duda de que la pieza, que para muchos estudiosos es el crucifijo más antiguo elaborado en América, es testimonio vivo y esencial de uno de los primeros intentos serios de evangelización en el continente.

Descripción de la cruz
La Cruz de Matará es de mistol, una especie arbórea propia de la región santiagueña, familiarizada con el quebracho. Más que un árbol es un arbusto y sobreabunda en la región chaqueña y el noroeste argentino.

La cruz está compuesta de dos partes, la madera vertical de 47 centímetros de largo y la horizontal, de 17, unidas entre sí por clavos del mismo material. Las dos partes ensamblan perfectamente debido a la talla practicada en ambas piezas, en la zona de superposición, lo que permite su firmeza.

La parte inferior del madero mayor se angosta a medida que se avanza hacia su base, que se encuentra bastante desgastada porque, en su momento, estuvo calzada en un pedestal, hoy extraviado.

Su superficie se halla cubierta por variados motivos tallados salvo en tres sectores y su estado es relativamente bueno pese a sus más de cuatro siglos de antigüedad.

Su significado
Podemos dividir la cruz en cinco partes: la primera, en el extremo superior, posee tres signos identificados con la A, la O y una M de mayor tamaño. El conjunto ha sido interpretado comparando a la A con la letra “alfa” y la O con la “omega”, principio y fin de todas las cosas en tanto la M es la inicial de un nombre que, sin ninguna duda es “Matará”. Le sigue debajo un número romano correspondiente al “1” y una cruz griega y a continuación, siempre en línea descendente, la palabra ATA en mayúsculas, y en minúsculas lo que parecen ser una “r” y una “a” con otro motivo que aún no ha sido descifrado. El conjunto, en su totalidad, vuelve a referirse a “Matará” seguido por los números 1, 5, 9 y otro indescifrable que indicarían el año de la cruz o el comienzo de la evangelización en aquella región: 1594.

La segunda parte está tallada sobre el madero horizontal y en ella destaca la figura del Señor crucificado (de la cintura hacia arriba) que se completa en el madero mayor con el resto del cuerpo. Su cintura es sumamente estrecha, el tórax se ensancha y sus brazos se extienden hacia arriba en evidente posición de haber sido clavado. La cabeza está coronada por espinas y se halla enmarcada por una aureola claramente perceptible. Una falda recubre al Señor desde la cintura y sus pies se hallan sobre lo que parece ser un soporte.

En la tercera parte, a la izquierda del Señor, siempre en el madero menor, figura un cometa, que es la Estrella de Belén con la luna y el sol, evidenciando la primera la muerte del Salvador en plena Pascua y el segundo, símbolo primario de la vida, la luz y la fuerza, cualidades que caracterizaron a Jesucristo.

En la cuarta, a la derecha del travesaño, es decir, del madero menor, se observa el martillo con el que Cristo fue clavado y un cáliz sobre el que descansa una pequeña cruz o dos espigas atravesadas, con una hostia, símbolos indiscutidos de la Ultima Cena y la Santa Misa.
Finalmente la quinta parte, en el extremo inferior del madero vertical, presenta cuatro segmentos bien diferenciados, el primero aquel en el que se observan los cordeles, la lanza, la escalera y los clavos utilizados para flagelar a Jesús, atravesarle su pecho, bajarlo de la cruz y crucificarlo; el segundo el que nos muestra al gallo que cantó dos veces cuando la negación de Pedro bajo el cual parecen encontrarse los dados con los que la soldadesca romana se repartió las vestiduras del Señor; el tercero, aquel en el que aparece una figura femenina con rasgos e indumentaria española que simboliza a la Virgen María al pie de la Cruz y el cuarto en el que se observan cuatro lenguas de fuego bajo la cual destaca una extraña figura vestida aparentemente con plumas, que podría representar a un cacique en actitud de súplica, con los brazos cruzados sobre su pecho. El conjunto simboliza a un jefe tribal implorando a María Santísima su intercesión para salir del Purgatorio (las cuatro lenguas de fuego) y la salvación de su alma a través del martirio de Cristo.

Notable obra de arte
La Cruz de Matará, cuya finalidad fue exclusivamente evangélica, representa una notable visión unitaria, teológica y descriptiva de la Pasión del Señor que muestra el nivel de expresión artística alcanzado en aquellos días bajo la supervisión misionera. Es mayor la cantidad de opiniones que atribuyen su manufactura a manos indígenas bajo la supervisión de los jesuitas que su elaboración por alguno de los religiosos. Se percibe también gran habilidad en el empleo de recursos para la talla y elaboración de imágenes simples, todas ellas ricas en contenidos y valores plásticos propios del arte hispano-indígena.

La cruz y el análisis de sus tallas nos llevan a determinar el grado de contacto entre ambas culturas: la española, extranjera y dominante y la indígena, pasiva y receptora. Como acertadamente explican Amalia J. Gramajo de Martínez Moreno y Hugo N. Martínez Moreno en su obra La Cruz de Matará. Testimonio de evangelización editado en Santiago del Estero en 1987 “...ahí, en ese lugar del Salado, los rasgos culturales, religiosos y artísticos hispánicos (con toda una tradición), pasaron a ser elementos del indígena que lo asimiló a su cultura, fusionando dichos rasgos a su propia tradición, ejecutando con sus manos y su habilidad esta herencia legada” .

Resultados de la Evangelización
No cabe duda de que la Cruz de Matará tuvo un fin catequístico entre los mataraes, los vilelas y los mismos tobas que habitaron el área chaco-santiagüeña. Fue expresión y producto del primer contacto entre blancos e indios; blancos que lejos de llegar para conquistar y expoliar, corrieron indecibles riesgos para traer consigo la Fe, la civilización, la cultura y el desarrollo. Hasta entonces esas tribus vivían de la caza, la pesca, la recolección y una incipiente e insignificante producción agroal-farera. Eran supersticiosas, afectas a rituales paganos y a prácticas salvajes y primitivas, una de ellas, el canibalismo.

Los jesuitas y franciscanos llevaron consigo sus enseñanzas y sus técnicas y de ellas se benefició el aborigen notablemente.

La evangelización de Santiago del Estero continuó en años posteriores cuando en los siglos XVII y XVIII un nuevo contingente de padres jesuitas se internó en su territorio para establecer una serie de reducciones sobre ambas márgenes del río Salado. Una de esas reducciones fue San José de los Vilelas, fundada en 1735 por el RP José Teodoro Bravo, sucedido tras su muerte en 1748,  por el RP Clemente Jeréz y Calderón. Destruida por los salvajes algunos años después fue reedificada en 1751 por el RP Martín Bravo, sacerdote jesuita nacido en Santiago del Estero que fue quien la bautizó con ese nombre y fue sucedido ese mismo año por el RP Bernardo Castro que tuvo por asistente al RP Pedro Ruiz.

En 1752 el padre Castro tramitó un pedido de traslado para llevar la reducción a un sitio más adecuado. La respuesta se demoró y como consecuencia de ello, la misión fue destruida por los tobas quienes mataron a uno de los religiosos, el RP Ugalde y a otros pobladores, incendiando gran parte de lo edificado. Recién en 1758 el cabildo de Santiago del Estero autorizó la mudanza que se completó en 1762 adoptando a partir de entonces el nombre de San José de Petacas.

La presencia de estas misiones así como las de Concepción de los Abipones, a orillas del Río Dulce, constituyeron como las del territorio guaraní “...la tentativa más exitosa de la iglesia de cristalizar y asegurar un refugio a los pobladores indígenas sobre los que pesaba la amenaza de la esclavitud por parte de los pobladores europeos y organizarlas con bases nuevas capaces de garantizar su subsistencia y progreso”.

Tesoro recuperado
Muy cerca de allí tenían sus tolderías los indios matará, sobre la ribera derecha del río Salado, donde muchos años después surgió un poblado. En los alrededores se instalaron primeramente las encomiendas y después pobladores europeos y criollos, dando origen a una intensa actividad agrícola y ganadera de la que Matará fue epicentro. La región perteneció al obispado del Tucumán primero, luego al de Santiago del Estero y finalmente al de Añatuya, creado por bula de S.S. el Papa Juan XXII el 10 de abril de 1961 con jurisdicción sobre los departamentos de Alberdi, Juan Felipe Ibarra, Copo, Belgrano, General Taboada, Mariano Moreno y Figueroa, este último al este del Salado.

El 12 de junio del mismo año el Santo Padre designó a su primer obispo, monseñor Jorge Gottau, redentorista alemán que recibió su consagración episcopal el 27 de agosto, tomando posesión el 1 de octubre. Lo sucedió monseñor Antonio Baseotto, también redentorista, que inició su gobierno el 1 de diciembre de 1992 y lo finalizó el 8 de noviembre de 2002 cuando fue designado obispo castrense. El 8 de mayo de 2004 tomó posesión monseñor Armando Adolfo Uriona de la Pequeña Obra de la Divina Providencia, quien permanece al frente hasta el día de hoy.

Finalizados los tiempos de la Evangelización, la cruz pasó de mano en mano durante varias generaciones hasta dar por fin con la familia de don Amelio Sosa Ruiz, que la recibió en herencia y la mantuvo en custodia por años.

Monseñor Gottau, de feliz memoria para todos los santiagüeños, fue quien entró en conversaciones con la mencionada familia para volver al culto de la añeja reliquia. Monseñor Baseotto, su sucesor, encabezó peregrinaciones y ceremonias, prestando todo su apoyo para la edición de la obra Matará en la evangelización del suelo santiagueño y la cruz catequística de Hugo N. Martínez Moreno y Amalia J. Gramajo de Martínez Moreno. Monseñor Gottau se propuso, también, la edificación de una capilla, objetivo que concretó algún tiempo después.

La Cruz hoy
Entronizada en la Catedral de Añatuya, la Cruz estuvo expuesta para la adoración de los fieles en espera de que hubiese sacerdotes permanentes en Matará para reintegrarla a su lugar de origen, de acuerdo a una disposición de Monseñor Baseotto. Finalmente, la iniciativa se cumplió y el mismo prelado fue el encargado de trasladar el tesoro a su ancestral terruño.
Una réplica de la Cruz de halla en la Catedral de Santiago del Estero, muy cerca del Cristo Yacentel, también manufacturado en la reducción de San José de los Vilelas, es decir, en Matará. No lejos de allí, en el Convento de Santo Domingo, se encuentra en custodia la Sábana Santa que recubrió a la del Duomo de Turín, y que ofrendara Felipe II en 1585. Otra réplica de la cruz le fue obsequiada a S.S. Juan Pablo II por los seminaristas de aquella provincia durante su visita a Córdoba en abril de 1987.

La Cruz de Matará es fiel testimonio de la gigantesca labor civilizadora que la Iglesia llevó a cabo en nuestra tierra, rescatando del pecado, de la barbarie y la ignorancia a millares de almas para guiarlas por el camino de la Fe y la vida digna que merecían como criaturas de Dios.

Invención de la Santa Cruz
Con esta denominación, la Iglesia Católica evoca el descubrimiento de la Cruz de Nuestro Señor por Santa Elena, madre del emperador Constantino. Desde 1969 esta conmemoración  se restringe a Jerusalén y a otros lugares, entre los cuales se encuentra Matará punto de la geografía santiagueña al que fieles de los alrededores y peregrinos de todos los rincones de la diócesis de Añatuya, acuden para orar frente al histórico crucifijo.

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