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Fatima

Visitas de la Imagen
de Nuestra Señora
de Fátima

La Virgen de Fátima en peregrinación
¿Ya llegó a su hogar? Muchas bendiciones de María Santísima están siendo obtenidas por los participantes de la Cruzada Reparadora del Santo Rosario que reciben en sus residencias la imagen peregrina de Nuestra Señora de Fátima.
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Una Fe que nunca vacile:
especial gracia a pedir en Semana Santa

Al igual que los Apóstoles, nosotros también muchas veces dudamos. Pidamos muy especialmente, en esta Semana Santa, la gracia de la Fe que nunca vacila; de siempre luchar contra los errores imperantes en nuestro siglo y de no tener ninguna
condescendencia con esos errores

Las meditaciones que con tanta frecuencia se hacen respecto a la ingratitud, la cobardía y la ceguera de los Apóstoles durante la Pasión, no deben tener para nosotros un interés meramente especulativo. Nosotros también tenemos, como los Apóstoles, ingratitudes, cobardías y cegueras muy parecidas. Sería ridículo, pues, pensar únicamente en los defectos de ellos sin tomar en cuenta también “la viga que está en nuestro propio ojo”.

Nadie se santifica meditando las virtudes o defectos ajenos si no lo hiciera con el objetivo de aumentar sus propias virtudes o combatir sus propios defectos.

Así, pues, con los ojos puestos en la Pasión de Nuestro Señor, no debemos olvidarnos de nosotros mismos, dado que el Señor nos pide, no tanto que lloremos con Nuestra Señora los padecimientos del Cordero de Dios, sino que tomemos el cuidado de no transformar nuestra propia alma en una segunda edición de quienes lo inmolaron.

Abatimiento de los Apóstoles y nuestro también
Absolutamente verdadera con relación a las suaves tristezas de Semana Santa, esta reflexión también se aplica, textualmente, a las austeras alegrías de la Resurrección. Muchos se sorprenden e indignan con la perturbación abatida y la vacilación de espíritu que manifestaron los Apóstoles después de la muerte de Nuestro Señor, a propósito de la Resurrección. El Redentor había predicho expresamente que resurgiría de entre los muertos. Sin embargo, cuando Él expiró, los Apóstoles se dejaron dominar por un abatimiento que traslucía toda la vacilación existente en sus almas. Y Santo Tomás quiso tocar al Salvador con sus propios dedos para creer objetivamente en la Resurrección.

Ahora bien, la realidad es que nosotros también estamos sujetos a la misma debilidad y no raras veces nos vence con nuestro propio consentimiento. Gracias a Dios, todos nosotros creemos con toda firmeza y sin la menor vacilación, en la objetividad de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Pero existe otra verdad que sin duda alguna admitimos, pero a veces con tanto temor que terminamos dándole un sentido puramente especulativo; y tan limitado que nos volvemos merecedores de la censura del Espíritu Santo: “Están disminuidas las verdades entre los hijos de los hombres”. No es que dudemos de una verdad sino que tenemos de ella una noción disminuida en nuestro espíritu. Sin embargo, ¡cuántos y cuántos errores de ahí fluyen!

Inmortalidad de la Santa Iglesia Católica
¿Cuál es esa verdad que Nuestro Señor afirmó de un modo incuestionable y respecto a la cual su palabra no es menos infalible que al haber predicho su Resurrección?

Es la fecundidad sobrenatural de la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, que permanecerá de pie, altanera con respecto a las embestidas de todos sus enemigos, hasta la consumación de los siglos, siempre capaz de atraer por la gracia a los hombres de buena voluntad. 

Evidentemente todos los católicos están obligados a creer en esta verdad. La Iglesia jamás perderá ese don de atraer a las almas. Negarlo implica negar que Jesucristo es Dios o que los Evangelios son libros inspirados. Negarlo es, pues, negar la misma Religión. Pero esta verdad que todos aceptan, ¿todos la poseen con igual profundidad? ¿Todos la ven con igual claridad? ¿Todos sacan de ahí las mismas conclusiones?

Las amenazas a la Iglesia no justifican ninguna concesión
En los días turbios que atravesamos, las mismas naciones cristianas están dominadas por un proceso de descristianización, frente al cual ¡cuántas personas juzgan tan amenazada a la Iglesia que se sienten inclinadas a hacer concesiones incluso doctrinales frente a los actuales dominadores del mundo! La paganización general de las costumbres, por otra parte, penetró en todas las esferas de la sociedad y cavó un abismo que se va haciendo cada vez más profundo entre el espíritu de la Iglesia y el espíritu de la época.

Al considerar esa situación, cuántas personas nos aconsejan hacer concesiones para reconciliar a la Iglesia con esta sociedad, sin cuyo apoyo temen sufrir un colapso, el cual, en esa perspectiva errónea, si no produjera la muerte, al menos constituiría un profundo desmayo.
Ante la formación de corrientes pseudo-científicas cada vez más contrarias a las enseñanzas infalibles de la Iglesia, ¡cuántos desearían que la Iglesia, sin modificar las verdades ya definidas, al menos no explicitase su doctrina en puntos aún controvertidos, por el temor a que una definición por parte del Catolicismo pudiera ahondar aún más las divergencias con nuestra época!

Intentar adaptar la doctrina católica es intentar matarla
Todos estos errores proceden, evidentemente, de un temor más o menos inconsciente con respecto a la fecundidad de la Iglesia. 

De hecho, ¿qué es la doctrina católica? Es un conjunto de verdades. Si en ese conjunto una sola verdad fuera adulterada, la doctrina católica ya no sería la misma. Así, intentar acomodarla, adaptarla, arreglarla, es trabajar para que pierda su propia identidad. Es decir, es intentar matarla. Y pensar que el apostolado no es posible sin esa adaptación, es juzgar que la Iglesia solo puede vencer muriendo.

Resulta evidente que, en un verdadero católico, esa vacilación no puede existir con respecto a verdades ya definitivamente definidas por la Iglesia. Pero puede  manifestarse a propósito de un número incalculable de aplicaciones prácticas de principios o de deducciones doctrinales respecto a principios ya establecidos.

En consecuencia, en vez de buscar la verdad, toda la verdad y solo la verdad en la doctrina o en su aplicación práctica, ¡cuántos se dejan embeber por la preocupación de condescender con los errores del siglo! Y en vez de cosechar del tesoro de las verdades católicas todos los frutos de orden intelectual y moral que contiene, se busca más saber qué puede ser caratulado como discutible y por lo tanto como materia libre en vez de aquello que es verdadero y por lo tanto indiscutible.

Periodistas católicos: “Dilatad el campo de la verdad”
En otros términos, la manía invariable de condescender arrastra a mucha gente a intentar dilatar los espacios intelectuales reservados a la duda. En presencia de una afirmación deducida de la doctrina católica, la pregunta debería ser ésta: ¿puedo incorporar esta otra riqueza al patrimonio de mis convicciones? Pero en general la pregunta es otra: ¿qué razones puedo descubrir para también dudar de esto?

El Papa Pío XI instó a los periodistas católicos de su tiempo a “Dilatate spatia veritatis” , dilatar el campo de la verdad. Lamentablemente muchos querrían hacer lo opuesto: en lugar de esforzarse por descubrir nuevas verdades doctrinales deducidas de las ya conocidas o de extender cuanto fuera posible la aplicación práctica de esas verdades, su esfuerzo se concentra en negar todo lo posible cuanto de positivo se haga en ese camino. En suma, exactamente lo opuesto del verdadero espíritu constructivo, pues al actuar así dilatan espacios no de la verdad sino de la duda. 

La gracia de la ortodoxia virginal de la Fe
Si la Revelación es un tesoro y la difusión del Evangelio un bien, cuanto más se difunda ese tesoro y se distribuya ese bien, tanto más contentos debemos estar.

Muchos, sin embargo, piensan lo contrario y pretenden que: ¡cuanto más se ocultan las consecuencias lógicas de la Revelación y se limitan las consecuencias lógicas de lo que contiene el Evangelio se es más caritativo!

Son muchos los que raciocinan erróneamente así: ¡Dios hubiera sido más caritativo si hubiese impuesto una moral menos severa! ¿Por qué no previó que en el siglo XX esa moral sería un armatoste incapaz de ser difundida? Y se proponen entonces corregir la obra de Dios: acortar aquello que en su obra imaginaron demasiado largo, empañar la luz que brilla con intensidad, ¡con la falsa presunción de beneficiar ampliamente a la humanidad!

Ahora bien, proceder de ese modo refleja el recelo de que la Iglesia no cuente ya con el apoyo de Dios y que si no hace concesiones no pueda arrastrar a los hombres. Esa duda sobre el auxilio sobrenatural que Dios da a la Iglesia se parece mucho a la duda que, antes de la Resurrección, los Apóstoles sintieron con relación a la promesa divina.

Reflexionemos sobre esto. Y pidamos a Nuestro Señor que, haciendo resucitar en nosotros los tesoros de las gracias que rechazamos, volvamos nuevamente a la ortodoxia virginal de la Fe y a la perfección de vida que el pecado, tal vez, nos ha robado por nuestra máxima culpa.

 

 

Paso de la Pasión – Antônio Francisco Lisboa,  Aleijadinho. Congonhas do Campo,
Minas Gerais, Brasil

Cristo “Patiens” con San Juan Evangelista y Nicodemo – Vicente Macip (1550). Museo de Bellas Artes, Valencia, España

 

 

Nota: Este artículo fue publicado originariamente en “O Legionário”, San Pablo, Brasil, Nº 448, 13 de Abril de 1941. Los títulos y subtítulos son de la redacción de “Cruzada”

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