Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia
En el 2006 se conmemoraron los 500 años de la colocación de la piedra fundamental de la actual Basílica de San Pedro en Roma por el Papa Julio II. La imponencia del mayor templo de la tierra resalta especialmente su significado sobrenatura
La unicidad de la Iglesia Católica, la única verdadera, la única santa, la única sucesora de los Apóstoles, la única genuinamente católica –universal– se percibe al vivo en el excepcional complejo artístico de la Basílica de San Pedro y su plaza.
Glorificación de San Pedro
La grandeza y el esplendor del conjunto arquitectónico están intrínsecamente unidos a la glorificación de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles y el primero de la larga serie de Papas que, como Vicarios de Nuestro Señor Jesucristo, guiaron y guiarán a la Iglesia hasta el fin de los tiempos. La construcción de la basílica fue hecha en función de la tumba de San Pedro.
Constituye una consoladora representación material de la promesa de Nuestro Señor: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt. 16,18). Pero cuando San Pedro estableció su trono en Roma, en el año 42, las apariencias eran totalmente otras.
Un dibujo de las plantas superpuestas muestra la posición exacta del circo de Calígula y de la actual Basílica de San Pedro, como también el lugar donde antiguamente se encontraba el obelisco. En el siglo I funcionaba allí el circo de Calígula, uno de los césares paganos más depravados. Dicho circo se utilizaba para las carreras de cuadrigas y los más torpes espectáculos. ¡Cuántas veces habrá mirado San Pedro con horror aquel lugar, donde se exaltaba lo opuesto de la cultura y de la civilización deseadas por el Divino Maestro!
Su fe ardiente e inquebrantable le hacía pregustar el día en que Roma, capital del mundo, se prosternaría convertida a los pies del Redentor. Pero los hechos parecían contradecir esa certeza. San Pedro vio como el criminal emperador Nerón restauraba, engrandecía y enriquecía aquel circo. El propio San Pedro fue crucificado allí en el año 67, cabeza abajo, después que Nerón desató la primera gran persecución contra los cristianos.
El cuerpo del Apóstol fue depositado en una escuálida sepultura al lado del circo; y durante los intervalos de las persecuciones, los fieles iban a venerarlo. Podemos imaginarlos, llenos de fe, aproximarse cautelosamente a aquella tumba sagrada para elevar una oración por el triunfo de la Iglesia.
Se construyen sucesivos templos
Se sabe que los primeros cristianos levantaron un sencillo templo sobre la tumba de San Pedro. Nada quedó de él pues en su lugar, en el año 325, Constantino, a la cabeza de un Imperio cristianizado, mandó construir una magnífica basílica de estilo romano, en honra del Príncipe de los Apóstoles. No habían pasado tres siglos desde el martirio del Pescador y ya triunfaba en el ápice del mundo civilizado, como lo creyera firmemente.
A lo largo de los siglos, esta basílica constantiniana sufrió sucesivas reformas y añadidos y también todo tipo de calamidades. En el año 847, los sarracenos la saquearon. Para protegerla, el Papa León IV la rodeó con un muro y torres fortificadas. El área así protegida se llamó Ciudad Leonina y constituyó el embrión de la actual Ciudad del Vaticano. En torno a la basílica surgieron iglesias y monasterios. Los Papas construyeron uno de sus mejores palacios. El venerado templo albergaba cuanto de más precioso habían ofrecido las generaciones de peregrinos.
Cuando el Papa Martín V volvió a Roma, poniendo fin a más de un siglo de cisma, la vieja basílica semi-abandonada amenazaba caer en ruinas. Quiso edificar otra nueva, pero murió en 1455 cuando sólo estaban concluidos algunos cimientos.
 |
La simple descripción de las reliquias y tesoros que encierra la Basílica de San Pedro completaría las páginas de un libro. Este artículo proporciona al lector, al menos, la posibilidad de peregrinar espiritualmente en su interior |
Peregrinando en su interior
La simple descripción de las reliquias y tesoros que encierra la Basílica completaría las páginas de un libro. Pero espiritualmente podemos peregrinar en su interior y besar el pie de la multisecular estatua de bronce del Apóstol San Pedro, gastada por los incontables besos de los peregrinos; arrodillarnos piadosamente ante el Altar de la Confesión, sobre la tumba del Pescador, venerar la cátedra de Pedro en el Altar del Trono; rezar a Nuestra Señora ante la famosa Pietà de Michelangelo; venerar las tumbas de los Apóstoles San Simón y San Judas Tadeo; admirar la piedra sobre la cual León III coronó a Carlomagno emperador de Occidente; recorrer en espíritu de oración las tumbas de los Papas que tanto se distinguieron por su celo apostólico —como San Pío X y el Bienaventurado Inocencio XI; de un Obispo como San Josafat, que recondujo a los ucranianos nuevamente a la Iglesia; contemplar la sagrada imponencia de la construcción; reconstruir mentalmente la solemnidad de innumerables canonizaciones allí pronunciadas y de dogmas proclamados, el de la infalibilidad pontificia y el de la Inmaculada Concepción. Habremos así ocupado una jornada densa e inolvidable, aunque habríamos reverenciado tan solo una parte de los inagotables tesoros espirituales de la Basílica.
Construcción de la actual Basílica
 |
La Tumba de San Pedro en la cripta de la Basílica |
Era el tiempo del Renacimiento, época de entusiasmo desmedido por el retorno a los estilos clásicos greco-romanos. Desde este punto de vista se podrían hacer fundadas críticas al edificio. El Papa Julio II confió el plano de la Basílica y su ejecución al famoso arquitecto Bramante. Julio II en persona, en presencia de 35 cardenales, colocó la piedra fundamental el 18 de abril de 1506.
La Basílica fue consagrada el 18 de noviembre de 1626 por Urbano VIII. A Bramante lo sucedieron artistas como Rafael y Miguel Ángel –quien concibió la majestuosa cúpula que se levanta a 136,50 metros; Maderna, el autor de la fachada; y Bernini, el del célebre baldaquino sobre la tumba del Apóstol y de la famosa columnata que abraza la plaza.
Mientras Lutero y sus secuaces rugían de odio, el Papa Paulo V dispuso que la Basílica tuviera forma de cruz latina, para mejor adecuarla al espíritu de la Contra Reforma.
Vistas desde lo alto, la Plaza y la Basílica tienen el diseño de una llave. Efectivamente, el sucesor de San Pedro ejerce el poder de las llaves: la llave de oro (el poder supremo en la esfera eclesiástica y en lo relativo a la fe y las costumbres) y la llave de plata (el poder indirecto sobre la esfera temporal).
Amenaza y victoria triunfal
Hoy, tal vez más que antes, la Basílica no está libre de amenazas e insidias. Se afirma que el terrorismo islámico planea un atentado que la tiene por blanco. Pero también desde hace décadas, el progresismo católico, con un falso celo por los desfavorecidos, difunde la insidiosa idea de que el Templo –con todos los tesoros artísticos del Vaticano– debería ser vendido en beneficio de los “pobres”.
En diversas épocas, la tumba de San Pedro superó tormentas y amenazas que parecían invencibles. En cada una de ellas la divinidad de la Iglesia y la incolumidad del Trono de Pedro salieron más rutilantes en gracia y esplendor.
Símbolo eminente de ello es el obelisco varias veces milenario de 360 toneladas que se yergue en el centro de la plaza. Las legiones romanas lo arrebataron del Templo del Sol en Heliópolis, capital del antiguo Egipto. Se lo emplazó en el centro del circo de Calígula y Nerón como señal del dominio de Roma sobre el mundo. El Papa Sixto V lo transfirió a la plaza, coronándolo con una cruz de bronce en la que está engastada una reliquia de la Santa Cruz, signo triunfal de la magnífica victoria de Nuestro Señor Jesucristo sobre todo el orbe.
Esta señal evoca el lema de los cartujos: “Stat Crux dum volvitur orbis” (La Cruz permanece de pie mientras el orbe gira). Lo mismo puede decirse de la Iglesia y de la grandiosa Basílica de San Pedro en Roma.
|