Navidad,
la alegría de la Fe y
de lo sobrenatural
En nuestras costumbres sociales la Navidad perdió casi todo el perfume de otrora. Se ha comercializado. Sin embargo, predominan en la atmósfera una luz, una paz, un aliento, una fuerza de idealismo y de dedicación que nos hablan de una alegría sin igual y nos invita a vivir la Navidad perenne, que es la vida del verdadero fiel: “Christianus alter Christus” – el cristiano es otro Cristo
Habíamos pensado en ofrecer a nuestros lectores, como lo hemos hecho en números anteriores de “Cruzada”, una reflexión sobre algunos de los aspectos de la crisis de nuestros días en el campo religioso, político o social.
Sin embargo, sentimos que no debíamos hacerlo. De lo más profundo de nuestras almas surgían los recuerdos armónicos y distendidos de las Navidades de otrora. A nuestro alrededor –en la mirada de los conocidos y desconocidos con los cuales nos cruzamos en la calle, en las actitudes de los amigos junto a los cuales luchamos y trabajamos, y de los más íntimos que nos acompañan a lo largo de los años– nos pareció vislumbrar una sed espiritual mal saciada, un deseo mudo y quizás subconsciente de reencontrar un poco de la verdadera alegría de la Navidad. Ciertamente, es también lo que esperan los lectores de “Cruzada” en este mes de diciembre.
Así, nos pareció necesario a nosotros y a muchos otros amigos aprovechar esta ocasión para liberarnos del peso del olvido de tantos recuerdos dorados y para saciar la sed de lo maravilloso, de lo dulce, de lo sacrosanto que reluce en la Navidad.
Dejemos entonces a un lado las visiones tétricas de pueblos oprimidos, de tiranos perversos, de multitudes electrizadas por demagogos, de noticieros tendenciosos orientados a engañar al público. Durante algunos minutos abrámonos a la luz de la Navidad a fin de que se reanimen nuestras almas exhaustas y desoladas. Después seremos capaces de volver a cargar con ánimo el fardo casi insoportable de la vida cotidiana.
El perfume de otros tiempos y el aspecto comercial de la
Navidad de hoy
Obviamente no hablamos de la alegría publicitaria e inauténtica que domina la Navidad de hoy. En nuestras costumbres sociales perdió casi todo el perfume de otrora. Se ha comercializado. Una propaganda frenética casi elimina la libertad de la población de no hacer compras.
Compras que caben dentro del presupuesto de cada uno... y compras que no caben. Es necesario “obligar” al pueblo a comprar para vaciar los stocks y aumentar el volumen de los negocios. Así, la Navidad adoptó desde hace años el aspecto excitante de una inmensa carrera del pueblo al servicio de las ganancias comerciales.
En consecuencia, cambió substancialmente la psicología del regalo y de las fiestas. Van perdiendo cada vez más su carácter afectivo, desinteresado e íntimo. Constituyen por así decir un apéndice de los negocios. Su objetivo principal es crear, entretener o ampliar relaciones que sean útiles a los negocios.
Embebido por esa mentalidad, aún el regalo desinteresado no puede dejar de tomar cierto aire comercial.
Cada uno intentará prever cuánto costará el regalo que recibirá del amigo para darle uno del mismo precio a fin de no sentirse por así decir frustrado. Es decir, el regalo se transformó en una permuta en función del valor monetario.
La fiesta, por su parte, es preparada muchas veces con superficialidad y con frecuencia es el interés económico y no la amistad, el que dicta la confección de la lista de invitados, el monto de los gastos previstos, etc.
“Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc. 2, 14). Este cántico angelical encontró un ambiente adecuado en las vastedades desiertas de los campos de Belén y en los corazones rectos de los pastores que despertaban del sueño profundo y tranquilo. Sin embargo, en las megalópolis modernas dominadas por la obsesión del oro, es decir, de la materia, ese mismo cántico parece extraño, sin resonancia, sin afinidad con los pensamientos de los hombres.
 |
San José, intrépido defensor de la Sagrada Familia. Padre tiernísimo y esposo lleno de afecto.
Esposo perfecto y sin embargo esposo castísimo de Aquella que fue siempre Virgen |
Peculiar efusión de gracias en los días de Navidad
¿Murió la auténtica Navidad? Exagerando un poco se podría decir que sí. Murió en el alma monetarista de tantos millones de hombres. Murió incluso en cierto tipo de pesebres. Sí, en los pesebres que muestran a la Sagrada Familia con los trazos y las fisonomías desfigurados por el arte moderno e incluso con connotaciones que inducen a la rebelión social.
Pero si exageramos al afirmar que la Navidad murió, también es verdad que algunas fulguraciones de vida aún conserva. Veamos.
Las encontramos ante todo –y con cuanta ebullición– en el propio hecho de ser el día de Navidad. Cada fiesta del calendario litúrgico trae consigo una efusión peculiar de gracias. Quieran o no los hombres, en esos días de Navidad la gracia golpea las puertas de sus almas de forma más sublime, más suave, más insistente. A pesar de todo, se diría que predomina en la atmósfera una luz, una paz, un aliento, una fuerza de idealismo y de dedicación difícilmente no perceptible.
Hasta los peores pecadores todo pueden pedir y esperar
Además, en innumerables iglesias y en muchos hogares, el pesebre auténtico nos coloca ante los ojos la imagen del Niño Dios, que vino a romper las cadenas de la muerte para derrotar al pecado, para perdonar, para regenerar, para abrir a los hombres nuevos e ilimitados horizontes de Fe y de ideal, nuevas e ilimitadas posibilidades de virtud y de bien.
Con las gracias de Navidad florecen los dones del alma. El don del afecto. El don del perdón. Y como símbolo, el ofrecimiento delicado y desinteresado de algún regalo.
Dios se hace accesible y está a nuestro alcance: hecho hombre como nosotros, teniendo junto a Sí a la Madre perfecta. Su Madre y también nuestra. Por su intercesión hasta los peores pecadores todo pueden pedir y esperar. Allí está también San José, el varón sublime que reúne en sí la maravillosa antítesis de las más diferentes cualidades. Es Príncipe de la Casa de David y además carpintero. Es intrépido defensor de la Sagrada Familia y al mismo tiempo es padre tiernísimo y esposo afectuoso. Esposo perfecto y sin embargo esposo castísimo de Aquella que fue siempre Virgen. Verdadero padre, pero no según la carne. Modelo de todos los guerreros, de todos los príncipes, de todos los sabios y de todos los trabajadores que, en el futuro, la Iglesia engendraría en esta tierra para el Cielo, no fue principalmente nada de eso.
Sus más altos títulos son dos: Padre de Jesús y Esposo de María. Títulos pequeños e inmensos que, paradójicamente, pulverizan y comunican vida, nobleza y esplendor a todos los títulos de la Tierra.
Florecen los dones, brilla la alegría de tener Fe y virtud
Los pastores se presentan en una actitud de amable intimidad con los animales, como así también con Nuestra Señora, San José y el mismo Niño Jesús. Es una imagen conmovedora de Dios excelso, que irradia su grandeza al extremo de tocar y elevar lo que existe de más humilde y pequeño entre los hombres, y todavía no contento, atrae y cubre de bendiciones hasta a las criaturas irracionales.
Al contemplar la escena, nuestras almas, crispadas por la agitación cotidiana, se distienden. Nuestros egoísmos se desarman. La paz penetra en nosotros y a nuestro alrededor. Sentimos que en nuestro vecino algo también está ennoblecido y dulcificado.
Para que no falte nada, el hermano cuerpo –como decía San Francisco– también comparte la alegría. Después de rezar frente al pesebre, todos se sientan en la misma mesa. Se come sin glotonería. Se bebe sin embriagarse. Es la fiesta en la que brilla la alegría de tener Fe, de tener virtud, en un orden embebido de una atmósfera sacral.
La alegría de la Fe, de lo sobrenatural y del orden sacral
¿Alegría de Navidad? Sí, pero mucho más. Para el auténtico católico, alegría de los 365 días del año. Porque en el alma que por la gracia de Dios, habita el Salvador, esta alegría dura siempre y jamás se apaga. Ni el dolor, ni la lucha, ni la enfermedad ni la muerte la eliminan. Es la alegría de la Fe y de lo sobrenatural. Es la alegría del orden sacral.
“Oh vosotros que pasáis por el camino, parad y ved si hay un dolor semejante al mío” (Lam. 1, 12) — exclamó el profeta Jeremías al antever la Pasión del Salvador y la compasión de María.
Pero también podría haber dicho, profetizando las alegrías cristianas perennes e indestructibles que la Navidad lleva a su auge: Oh vosotros que pasáis por el camino, parad y ved si hay alegría semejante a la mía. Oh vosotros que vivís en la avidez del oro, oh vosotros que vivís exclusivamente para la vanagloria, oh vosotros que vivís torpemente para la sensualidad, oh vosotros que vivís diabólicamente para la rebelión y el crimen, parad y ved a las almas verdaderamente católicas, iluminadas por la alegría de la Navidad. ¿Qué es vuestra alegría comparada a la de ellas?
No debe verse en estas palabras una provocación o un desdén. Tienen otro sentido. Constituyen una invitación para vivir la Navidad perenne, que es la vida del verdadero fiel: “Christianus alter Christus” — el cristiano es otro Cristo.
No, verdaderamente no hay alegría igual. Aún cuando el católico esté, como Nuestro Señor Jesucristo, clavado en la cruz ...
|