El hábito de leer
Dos colecciones en la
memoria de los argentinos
“Sandokán, el tigre de la Malasia”, “Los misterios de la jungla negra”, “Cinco semanas en globo”, “Los tres mosqueteros”, “Bomba el muchacho de la selva”, “Tarzán de los monos”, “Mujercitas”, “Jane Eyre” son solo algunos de los miles de títulos con los que la añeja y recordada colección Robin Hood, con sus tapas duras color amarillas, nos deleitó entre las décadas del cuarenta y el setenta, haciendo las delicias de niños y adolescentes. Eran tiempos diferentes cuando no había Internet y la televisión todavía no hipnotizaba las mentes y robaba todo el tiempo libre
Lecturas de juventud
Cuando Robin Hood salió al mercado, primaba el hábito de la sana lectura en la juventud. La isla del tesoro, Robinson Crusoe, La vuelta al mundo en 80 días, Simbad el Marino, eran libros que invitaban a viajar a través de selvas y desiertos, océanos y montañas. El novel lector abordaba en esas páginas naves piratas en las que recorría el Caribe, sobrevolaba en globo el África negra, se sumergía en submarinos decimonónicos hasta los abismos marinos, penetraba los manglares de la India tras los sanguinarios adoradores de la diosa Khali o integraba safaris con los que se internaba en la espesura en busca de fabulosos tesoros o ciudades perdidas. También viajaba en el tiempo para combatir junto a espadachines y mosqueteros en defensa del rey y revivía las glorias de la Edad Media con RobinHood, losCaballerosdel Rey Arturo y la colorida saga del Príncipe Valiente cuyo creador, Harold Foster, se hizo construir un castillo y fue experto en armas antiguas. Las niñas, por su parte, sufrían con Jean Eyre en la sórdida mansión de Edward Rochester, se angustiaban con las peripecias de David Copperfield o de Oliver Twist y se divertían con Jo, Beth, Meg y Amy y sus Ocho Primos.
Los jóvenes se inclinaban más por los viajes y aventuras en los que el peligro acechaba a cada instante. Julio Verne, Emilio Salgari, Robert L. Stevenson, Jack London, Alejandro Dumas, Daniel Defoe, Lewis Carroll, Edgar Rice Burroughs eran los más solicitados. Las niñas acudían a las librerías en pos de Louisa May Alcott, las hermanas Bronte, Mark Twain e incluso Charles Dickens.
Era un ritual ir a comprar el libro para llegar de regreso a nuestros hogares, quitar la envoltura e iniciar la lectura tras rápido repaso a la portada, en el caso de Robin Hood casi todas obra del ex rugbier santafesino Pablo Pereyra. Y así pasaban las horas, aprendiendo mientras se entretenía ya que no eran pocos los que seguían las rutas de Sandokán o el “Nautilus” en los atlas y globos terráqueos.
Entretenimiento instructivo
Fue en esas páginas donde supimos de países exóticos y tierras ignotas como Ceilán, Madagascar, Mozambique, Sumatra, el Amazonas, Guinea, Alaska y Groenlandia; de la existencia del Mar de los Sargazos y el Mar del Coral; que en Rusia reinaron los zares ya que un correo secreto llamado Miguel Strogoff debió eludir a los tártaros para entregar un mensaje al hermano del soberano; que los romanos destruyeron Cartago; que los británicos dominaron la porción norte de Borneo, que los españoles señorearon en el Caribe y combatieron a los filibusteros y que una guerra civil devastó a los EE.UU. entre 1861 y 1865.
Robin Hood supo seleccionar el material de manera magistral y a los entrañables nombres arriba mencionados supo incorporar el de grandes personalidades de la literatura universal. Entre selvas y desiertos, por ejemplo, la historia de dos pequeños hermanos extraviados en el continente negro, fue una obra extraordinaria, rica en descripción y plagada de contingencias cuyo autor, Henryk Sienkiewicz, obtuvo el Premio Nobel de literatura en 1905 por su magistral ¿Quo Vadis?.
Moby Dick de Herman Melville fue, según el decir de Borges, uno de los más grandes libros de la historia de la literatura y tanto el Martín Fierro como el Quijote, vieron la luz en sus páginas.
Colecciones clásicas
Robin Hood fue creación del legendario editor Modesto Ederra, titular de Acme Agency y primer presidente de la Cámara Argentina de Publicaciones, fallecido el 23 de diciembre de 2004 a los 102 años de edad.
Mucho más modesta aunque igual de significativa, la ya casi olvidada aunque no menos legendaria Editorial Tor, con sus ediciones económicas en papel diario y coloridas tapas blandas en satinado, sacó a la luz a muy bajo costo clásicos policiales, de aventuras y romances.
Tor, fundada por el español Juan Carlos Torrendell el 16 de junio de 1916, reeditó también autores notables de la literatura juvenil como Edgar Rice Burroughs, Mark Twain, Alejandro Dumas, Edgar Alan Poe, Emilio Salgari y Julio Verne, entremezclados con historiadores y pensadores.
Peripecias en la jungla, aventuras en el far west, misterios y enigmas detectivescos e historias de capa y espada junto a novelas románticas, poesías, relatos históricos y obras políticas y filosóficas estuvieron al alcance de todos los niveles y estratos sociales facilitando una lectura sana, amena y formativa. Eran tiempos en los que tanto en los bares como en medios de transporte, en las paradas de colectivos y en los hogares se leía con placer y avidez, cuando pululaban las librerías que hicieron famosa a Buenos Aires y nuestro país era uno de los más cultos y formados del continente americano.
Tal fue el éxito de la Editorial Tor que otra gente del negocio salió a imitarla, entre ellos Editorial Rovira cuyo formato y temática recordaba sorprendentemente a aquella.
Una costumbre sana y formativa
Leer era entonces un hábito entretenido, formativo y sano. Hoy se ha perdido desplazado por la televisión, Internet y los videojuegos. Sin embargo, no es difícil desandar el camino e inculcar a hijos y nietos el placer de la buena lectura. Es cuestión de incentivarla creando los medios para que los jóvenes de hoy, como los de ayer, recurran a ella y vuelva a ser una práctica, como lo fue en tiempos de nuestros padres y abuelos, que tanto la disfrutaron.
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