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La
ira de Dios sobre la
pecaminosa ciudad de Esteco
Una antigua copla canta la perdición de una legendaria
ciudad del norte argentino en el siglo XVII: “No
sigas ese camino, no seas orgulloso y terco, no te vayas a
perder como la ciudad de Esteco, que no creyó en el
divino y santo poder de Dios, y en polvo se convirtió”.
He aquí lo que narra la tradición advirtiendo
con oportunidad: “¡No viváis, pueblos
cristianos, como la ciudad de Esteco!”1
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Mucha
gente de la zona coincide en señalar el antiguo
solar de la legendaria y fastuosa Esteco: un monte bajo
y tupido, lleno de plantas espinosas |
En 1566 llegaron al actual territorio de Salta tres bravos
capitanes hispanos, Jerónimo de Olguín, Diego
de Heredia y Juan de Barzocana, quienes amotinados contra
la autoridad del gobernador don Francisco de Aguirre, fundaron
una ciudad a la que llamaron Cáceres, sobre la margen
izquierda del río Pasaje, departamento de Anta. En
1567 entró en esas tierras don Diego de Pacheco2 para
oficializar la fundación efectuada por los amotinados,
rebautizándola el 15 de agosto de ese mismo año
con el nombre de Nuestra Señora de Talavera de Esteco.3
En 1592 don Juan Ramírez de Velazco fundó
Madrid de las Juntas, a 22 leguas del lugar, frente a la unión
de los ríos Pasaje y Piedras; asentamiento al que el
gobernador Alonso de Rivera trasladó en 1609 a Talavera
de Madrid, incipiente población a tres leguas al oeste
del emplazamiento anterior, a 22 de Salta y 28 de Jujuy. No
tardaron sus habitantes en llamar “Esteco” a esta
nueva urbe, en recuerdo de la primitiva Nuestra Señora
de Talavera de la que eran oriundos sus antecesores e incluso,
muchos de ellos.4
Emporio del comercio y del pecado
La población se convirtió en el más
rico y próspero centro comercial de la antigua Gobernación
del Tucumán, famoso sobre todo por sus finas telas
y caros productos, en medio de aquella llanura fértil
sobre la que se asentaba, rodeada por hermosos paisajes. Tal
fue la fama de su comercio y sus ganancias, que –cuenta
la tradición– sus 60.000 habitantes se hicieron
poderosos hasta tal punto que cuando a una persona se le caía
un diamante o cualquier otro objeto de valor, ni se molestaba
siquiera en recogerlo. También se arrojaban a la basura
horneadas enteras de pan cuando un simple panecillo se quemaba.
Los habitantes de Esteco estaban orgullosos de su ciudad,
cuyas magníficas torres y edificios revestidos en oro,
se percibían desde la lejanía brillando a los
rayos del sol, como sus calles afirmadas en plata. Según
relatan los cronistas de la época, los hombres de Esteco
solo vivían para la vanidad, la holganza, el placer
y la molicie, ostentando un lujo desmedido y ofensivo a los
ojos del Creador. Incluso eran insensibles con los necesitados,
se reían del desposeído haciendo burlas de su
condición y daban brutal trato a sus esclavos.
Llega el enviado del Señor
Sabiendo que allí se blasfemaba, se pecaba y se descreía
del mismo Dios, San Francisco Solano, el apóstol de
las regiones del norte, se encaminó a Esteco con intenciones
de redimirla. Corría el año de 1692 cuando entró
caminando por la calle principal, llamando de casa en casa
pidiendo caridad. Los estequeños se mofaron de él
y le cerraron las puertas en la cara.
Siguió andando San Francisco hasta llegar al extremo
de la población y ya en las afueras, golpeó
la puerta de una de las pocas casas humildes del lugar, siendo
atendido por una sencilla mujer que vivía con su marido
y su pequeño hijo. Fue la única en todo Esteco
que lo hizo pasar, matando la única gallina de que
disponían para compartirla en la cena con él.
San Francisco regresó a la ciudad y desde el púlpito
de su iglesia advirtió a los pobladores sobre los graves
pecados en que estaban incurriendo. Pero aquellos, enceguecidos
por su ateísmo y su maldad, se volvieron a reír
de él como lo habían hecho anteriormente de
otros sacerdotes, tirándole objetos y haciendo mofa
de sus palabras. Entonces, el santo varón volvió
a hablar para advertir que Dios estaba enfadado y que un terremoto
arrasaría la ciudad. Las risotadas fueron tales que
hasta los niños hacían muecas y pedían
en las tiendas “cintas color terremoto”.
Aquella noche San Francisco Solano fue a la casa del buen
matrimonio y les indicó que en la madrugada debían
abandonar la ciudad con él porque Dios la iba a destruir.
Les dijo también que ellos serían salvados por
su caridad pero que bajo ningún motivo debían
darse vuelta para ver lo que ocurría. Bien recordaba
el santo lo acontecido en Tierra Santa tres mil años
atrás, cuando el Señor arrasó Sodoma
y Gomorra y no dejaba de pensar en lo que le había
ocurrido a la mujer de Lot por desobedecer.
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La
destrucción de Sodoma y Gomorra, mosaico del
siglo XII, Catedral de
Monreale, Italia |
Como en Sodoma y Gomorra
Con las primeras luces asomando en el horizonte, pero de
noche todavía, salieron San Francisco Solano y la humilde
pareja con su hijito en brazos, por el camino que conducía
a Salta, mientras esperaban que a sus espaldas ocurriera lo
peor.
Y fue cuando ya estaban en las afueras que un estallido
aterrador anunció la catástrofe. En ese momento
San Francisco alzó su voz para recordar al matrimonio
que no mirase hacia atrás, oyera lo que oyera.
Pavorosos temblores sacudieron la tierra; grietas inmensas
se abrieron por doquier mientras lenguas de fuego brotaban
de las profundidades y tremendas explosiones atronaban por
la comarca ahogando los llantos y alaridos de desesperación
de los habitantes de Esteco. Y así, la pecaminosa ciudad
fue tragada por los abismos, desa-pareciendo para siempre
de la faz de la Tierra.
Pero ocurrió que poco antes del colapso final, la
mujer con el niño en brazos no pudo resistir la tentación
y desobedeciendo las advertencias de San Francisco, se dio
vuelta para mirar, entre aterrorizada y curiosa, lo que le
había ocurrido a su ciudad, convirtiéndose en
el acto en una estatua de piedra junto a su inocente hijo.
Los lugareños señalan hasta el día de
hoy una formación rocosa que sería la de la
infortunada esposa.
Sólo vestigios
Como siempre ocurre en estos casos, hay quienes sostienen
que el hecho ocurrió en verdad, entre ellos el padre
Pedro Lozano, Bernardo Canal Feijoo y Juan Alfonso Carrizo,
mientras otros afirman que en realidad la ciudad fue destruida
por los indios y que sus habitantes se dispersaron hacia otras
poblaciones. Lo cierto es que fuertes terremotos sacudieron
esas comarcas en los siglos XVI y XVII y que añejos
vestigios destacan apenas visibles donde alguna vez estuvo
Esteco.
La maldición de Esteco
Tres siglos después, en pleno siglo XX, surgió
un pueblo en torno a una estación ferroviaria en el
mismo sitio donde se levantó la ciudad maldita. El
5 de Julio de 1975 un tren cargado de petróleo, proveniente
de Caimancito, embistió a otro detenido en el lugar,
provocando un nuevo desastre.
De acuerdo al diario “El Tribuno” de
Salta, el historiador local Eduardo Poma narra que: “En
ese trágico viernes, hacia la media noche, estaba detenido
en la estación Esteco, situada entre Metán y
El Galpón, un convoy con dos máquinas diesel-eléctricas
y 36 vagones tanque con petróleo procedentes de Caimancito,
mientras otra formación compuesta por 38 cisternas,
también con petróleo de Caimancito se acercaba
a la bifurcación de las vías, muy cerca del
puente sobre el río Conchas, a pocos kilómetros
de Metán.
“Allí –continúa el historiador–
se produjoun corte que dejó libre 35 vagones, los
que comenzaron a tomar velocidad favorecidos por la pendiente
(la vía principal está a 810 metros sobre el
nivel del mar, mientras que la estación Esteco, a unos
15 kilómetros, está en los 689 metros). El aviso
telefónico llegó tarde a Esteco para hacer el
cambio de vías para que los vagones sueltos siguieran
de largo sin embestir el convoy detenido. El choque que se
produjo fue de proporciones dantescas.
Finaliza diciendo: “Murieron muchas personas, en
la estación, en las locomotoras y entre el personal
que venía en el furgón de cola, que iba en la
punta del tren desbocado. Y en este furgón venían
varios pescadores que se habían colgado, después
de pasar el día en el río Juramento. Por supuesto
lo más terrible fue el incendio que se produjo, que
destruyó todo lo que estaba de pie en la estación
y sus alrededores, e iluminó la noche varios kilómetros
a la redonda”.
“Hasta hoy –continúa el diario
salteño– pueden verse los rieles retorcidos
por la altísima temperatura que alcanzó el siniestro.
La desaparición de esta estación y sucaserío,
que recordaba con su nombre a la legendaria ciudad de Esteco,
siguió alimentando la persistencia del mito sobre la
maldición que aún pesa en todo lo relacionado
con la desdichada ciudad”.5
Todo fue caos y destrucción y la gente desde Metán
pudo observar en plena noche, el resplandor de los estallidos
y las lenguas de fuego recortadas contra la obscuridad del
cielo, recordando la advertencia de San Francisco Solano:
“Salta saltará, San Miguel florecerá
y Esteco perecerá”.
Notas
1- Horacio Jorge Becco; “No sigas ese camino”,
1960.
2- Sucesor de don Francisco de Aguirre en el gobierno del
Tucumán.
3- Atilio Cornejo, “Descubrimiento, conquista y gobierno
del Tucumán” (1542-1776), en Historia Argentina
de Roberto Levillier, Tomo I, pág. 732. Plaza &
Janes SA. Editores Argentina, Buenos Aires, 1968
4- Idem
5- “El Tribuno”, Salta, sábado 5-8-2000
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