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Entronización
en los hogares
La entronización del Sagrado Corazón de Jesús
en los hogares es una práctica piadosa tan importante que, si
fuera realizada con seriedad, puede regenerar al mundo.
Se comprende. La familia es la primera de las sociedades naturales
y, desde varios puntos de vista, es también la más importante.
De su desarrollo nacen –por agrupación, división
o extensión– las demás sociedades en los más
variados ámbitos, hasta llegar a la sociedad suprema, el Estado.
Si la familia fuera moralmente sana, será capaz de trasmitir
su salud a las otras instituciones. Si estuviera contaminada por cualquier
vicio, contaminará a todas las otras sociedades que nacen de
ella.
La Entronización del Sagrado Corazón de Jesús
en los hogares tiene como objetivo, entonces, regenerar, preservar y
perfeccionar la célula básica de la sociedad: la familia.
En qué consiste
La Entronización es una consagración de la familia al
Sagrado Corazón de Jesús y manifiesta el propósito
de reconocerlo como Rey de esa sociedad, colocándolo simbólicamente
en un trono. Su fin próximo es lograr que en la familia reine
un espíritu efectivamente cristiano. Su fin remoto es el de preparar
las condiciones para el Reinado de Jesucristo en la sociedad.
Nuestro Señor hizo dos promesas a Santa Margarita María
Alacoque que se relacionan directamente con la familia y la Obra de
la Entronización:
1. Daré paz a sus familias.
2. Bendeciré las casas en que la imagen
de mi Corazón sea expuesta y honrada.
Su historia
El fundador de la Obra de la Entronización fue el sacerdote
peruano P. Mateo Crawley-Boevey (1875-1961) de la Congregación
de los Sagrados Corazones de Jesús y María. Parte de su
juventud vivió en Valparaíso, Chile, y estableció
muchos lazos con ese país. Al visitar Paray-le-Monial en 1907,
el P. Mateo idealizó allí, en la atmósfera de gracias
del Sagrado Corazón, un movimiento de regeneración de
las familias y de la sociedad. A través de una cruzada moral,
se propuso hacer reinar a Nuestro Señor en las familias para
así hacer viable su Realeza Social.
El P. Matías deseaba que “la devoción integral
de Paray constituyese el alma del hogar... La idea principal, el alma
divina de la obra, es la revelación de Paray, realizada práctica
y socialmente, revelación que ilumina, con toda su luz y misericordia,
al hogar, célula social” (De Becker, “Léxico
de la Teología del Sagrado Corazón, v. Entronización”,
p. 136, v. Matías Crawley-Boevey, p. 233).
El P. Matías sometió su plan al Cardenal Vives y Tutó
–también propagador de la devoción al Sagrado Corazón
y fiel colaborador de San Pío X– que lo estimuló
diciéndole: “Esta es una obra magnífica; a ella
debéis consagrar vuestra vida”.
Igualmente la sometió al Pontífice reinante, San Pío
X, el cual la aprobó con las siguiente palabras: “No solamente
os lo permito, sino que os ordeno de dedicar vuestra vida a esta obra
de salvación social” (Congregación de los Sagrados
Corazones (Picpus), “La Entronización del Sagrado Corazón
de Jesús en los hogares por la Consagración Solemne de
las Familias a este Divino Corazón”, publicación
oficial, R. de Janeiro, 1941, p. 66).
El P. Mateo comenzó su obra en Valparaíso, Chile, con
el apoyo de su Superior General, y de allí se extendió
a todo el mundo.
Contrarrestar al enemigo
El Papa Benedicto XV (1914-1922), en carta dirigida al P. Mateo en
abril de 1915 afirma que nada en nuestra época es más
oportuno que esa consagración de las familias. Dicha consagración
se orienta a contrarrestar un plan llevado a cabo por un enemigo en
el sentido de pervertir el interior de los hogares. Ese enemigo, dice
el Papa, tiene en vista sobre todo la sociedad doméstica, pues
ésta es el germen de la sociedad. Si consiguieran corromperla,
corromperán toda la sociedad.
Benedicto XV también advierte: “Los golpes del enemigo
tienen principalmente en vista la sociedad doméstica. Al contener
ésta, como en germen, los principios de la sociedad civil, ellos
saben muy bien que la transformación, o mejor dicho, la corrupción
que esperan de la sociedad común, es consecuencia necesaria de
la de la familia, desde que hayan viciado los fundamentos de esta última”.
Una consagración creadora de buenos
hábitos y destruidora de vicios
El Papa no quería una consagración superficial; la deseaba
seria, creadora de buenos hábitos y destruidora de los vicios.
“Importa sobremanera conocer a Cristo; conocer su doctrina, la
vida, la pasión, la gloria; seguirlo no es dejarse guiar por
un sentimiento superficial de religiosidad, que conmueve fácilmente
los corazones tiernos y delicados y arranca lágrimas fáciles
pero deja los vicios intactos” (C. SS. Corazones, la Entronización
del Sagrado Corazón de Jesús, op. cit. pp. 17-18).
Lo mismo señalaba el Cardenal Van Rossum, en carta del 16 de
enero de 1919, enviada en nombre de Benedicto XV al P. Joaquín
Kapteinm SS.CC, director de la Obra de la Entronización en Holanda:
“Lo que realmente queremos es que no se haga una consagración
pasajera de la familia al Sagrado Corazón, una pequeña
fiesta familiar que mañana tal vez sea olvidada; sino que, en
realidad, Jesús sea colocado en un trono en la familia”.
También es fundamental lo que afirmaba la revista Acta Pontificia
del 25 de mayo de 1915. La reparación que la Obra de la Entronización
quiere hacer no es tan sólo individual sino que tiene un componente
social: “Este apostolado se aplica de hecho a reparar dos pecados
característicos de nuestra época: la laicización
y la disolución de la familia, como también el atentado
social contra la majestad divina de Jesucristo sobre la sociedad humana”
(op. cit. p. 30).
Esta orientación se refleja con fidelidad en la publicación
oficial de la Entronización que la compara a una cruzada de reconquista
y restauración, cuyo objetivo es el Reinado Social del Corazón
de Jesús.
“Una obra que, por su organización y su proyección
social, constituyera una verdadera cruzada, cuyo fin sería centralizar
y acentuar el movimiento mundial para el Reinado del Sagrado Corazón
de Jesús” (op. cit. p. 55).
El mismo espíritu marca el Diploma oficial de la Entronización,
el denominado Documento Familiar, firmado por el sacerdote, por los
padres y por los hijos:
“Por este acto, expresión solemne de sincero amor y
reparación, nosotros, los abajo firmantes, queremos afirmar el
reconocimiento oficial de la REALEZA de Jesucristo, nuestro Señor
y nuestro Maestro; prometer la observancia incondicional de los Mandamientos
de Dios y de la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana;
defender los Derechos Absolutos de Dios contra las violaciones sacrílegas
practicadas por los individuos, por las familias, por las naciones;
someternos completamente a la autoridad infalible del Sumo Pontífice”
(op. cit. pp. 112).
Algunas prácticas de piedad
Para mantener encendida la llama de los buenos propósitos que
acompañan a la consagración, la publicación oficial
de la Obra de Entronización recomienda algunas prácticas
piadosas:
1. La oración en común ante la imagen
del Sagrado Corazón, al menos a la noche, y la renovación
de la consagración con la fórmula abreviada.
2. Bendición a los niños por parte de
los padres, como jefes del hogar, ante la imagen del Sagrado Corazón
y en nombre del Sagrado Corazón.
3. Comunión frecuente con intención reparadora.
4. La Hora Santa los días viernes o por lo menos
en la víspera de los primeros viernes de mes.
Tales prácticas, como puede observarse, son muy aconsejables.
Sin embargo, según las circunstancias concretas, cada familia
puede elegir otras. El objetivo es el de mantener, por medio de actos
piadosos internos y externos, siempre viva la llama de la consagración
y el espíritu reparador propio de la devoción al Sagrado
Corazón. Uno de los actos más meritorios es el rezo del
Rosario en familia.
También es necesario aclarar que la Obra de la Entronización
no se limita a las familias. Desea llegar a otras sociedades, como la
escuela, la fábrica, el hospital y la oficina.
Como es la ceremonia
La ceremonia de la Entronización es muy simple. En un día
determinado, delante de los miembros de la familia reunidos, el párroco
u otro sacerdote bendice la imagen del Sagrado Corazón de Jesús
y la coloca normalmente en la sala más digna de la casa. Después
de dirigir a los presentes unas palabras que recuerden el espíritu
y los deberes de esta práctica de piedad, el sacerdote recita
con toda la familia una fórmula de reparación y consagración.
Si el sacerdote no pudiera comparecer, la imagen, previamente bendecida,
podrá ser colocada y la fórmula recitada por un laico,
de preferencia el jefe de familia, el patrón o el director de
la organización.
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