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Contribuyamos a restaurar
el ambiente de Navidad
En el comienzo de este mes nuestros corazones se vuelven
hacia la Santa Navidad, hacia la cuna donde reposa un Niñito,
el Divino Infante, adorado por su Madre Purísima y San José,
en una fría gruta de Belén.
La alegría del ambiente navideño comienza a penetrar en
nuestros hogares y enciende el júbilo en nuestras almas.
Pero, lamentablemente, esa atmósfera está casi desapareciendo
en los días de hoy. ¡No dejemos que eso ocurra! Ello depende
de cada uno de nosotros. Todos podemos contribuir para restaurar y fortalecer
el auténtico espíritu de Navidad en nuestros hogares y
en la sociedad en general.
La atmósfera de Navidad
La pequeña ciudad al pie de los Alpes se va sumergiendo en la
quietud, a medida que un corto día de invierno va declinando.
La nieve cubre el paisaje, como albo manto que poco a poco va adquiriendo
tonalidades azuladas mientras las últimas claridades del día
disputan con la penumbra que avanza. De las chimeneas, la humareda sube
con elegancia y se difunde el agradable aroma de variados dulces. El
cacarear de algunas gallinas o el ladrar de un perro entrecortan aquí
y allá el silencio. La naturaleza se prepara para reposar...
Dentro de la iglesia, un sacerdote atiende pacientemente a los penitentes
que forman una larga fila. Junto al órgano, un coro afina los
últimos acordes de las músicas que serán cantadas
en la Misa de Gallo: Stille Nacht, heilige Nacht... "Noche de paz,
noche de amor..."
¡Es víspera de Navidad!
Mientras las calles están casi vacías, dentro de las casas
la vida es intensa. En la cocina, mientras conversan animadamente, las
mujeres preparan con afán deliciosos platos que serán
servidos en la cena. En el salón, los niños decoran el
Pesebre y el árbol de Navidad. El abuelo entretiene algunos nietitos
con historias de otros tiempos. Una pequeña rueda de hombres
conversa en el salón. Animación, calma, reflexión,
alegría primaveral, son sentimientos que se combinan en ese ámbito
familiar profundamente católico.

El Redentor de la humanidad
De un escenario así brotó la célebre canción
navideña conocida por nosotros como Noche de Paz. Todavía
hoy se encuentran aquí y allá, restos vivos de tradiciones
de la Europa cristiana que dieron origen, por ejemplo, al florecimiento
de canciones navideñas (solo en los países de lengua alemana,
son millares). Lo mismo se podría decir de cuentos y leyendas,
de juguetes infantiles ricos en inspiración y belleza.
¿Por qué?
Simplemente porque es Navidad. El Divino Infante hace de una pobre cuna
su trono de gloria, distribuyendo gracias de bondad que suavizan los
corazones, aplacan los rencores, disipan los malos humores y disponen
las almas a la práctica de la virtud.
Tal vez se pueda decir que la Navidad es la fiesta de la inocencia,
porque nació el Inocente por excelencia, Nuestro Señor
Jesucristo. El Verbo de Dios se encarnó en las entrañas
purísimas de María y después se entregó
a la muerte en la Cruz para rescatarnos de toda iniquidad (1). O sea,
del pecado, que es, en su sordidez, inmundicia, fealdad, maldad, tiranía,
lo opuesto de la inocencia.
Ciudades que son pedazos del Cielo
“Siéntate a mi derecha hasta que yo ponga tus enemigos
por escabel de tus pies”, dice el Padre Eterno al Verbo Encarnado
(2).
¿Quiénes son esos enemigos contra los cuales Nuestro Señor
viene para triunfar? El demonio, el mundo y la carne; y los que traman
con el poder de las tinieblas.
Si quisiéramos, pues, reconstruir la ciudad ideal, donde reine
el orden, el bien, la verdad, la belleza, debemos comprender a fondo
esa oposición irreconciliable entre la virtud y el pecado. Será
preciso que sus habitantes y dirigentes — sean ellos eclesiásticos
o seglares, nobles o plebeyos — practiquen íntegramente
los Mandamientos, tengan verdadera devoción a Nuestra Señora
y espíritu de lucha contra los enemigos de Cristo y de la Iglesia,
su Cuerpo Místico. Solamente la sociedad imbuida de ese espíritu
profundamente cristiano podrá generar familias, aldeas, ciudades
y regiones tan encantadoras que parezcan pedazos de Cielo.
Esa es la impresión que aún hoy se puede tener en algunos
lugares, pese a que, desafortunadamente, tan sólo conservaron
las apariencias y ya no más el contenido de la vida católica
que poseían en el pasado.
Es comprensible que, en una civilización auténticamente
cristiana, la Tierra se asemeje al Cielo. Pues si una sociedad vive
realmente de la savia de Nuestro Señor Jesucristo, recibida a
través de los sacramentos, en sus obras resplandecerá
la Fé y el espíritu católico que en ella reside.
La ciudad del demonio
En sentido opuesto, comprenderemos igualmente la situación actual
del mundo, tanto en el campo temporal como en el espiritual.
En las ciudades, el imperio del crimen; en los medios de comunicación
y diversión, la pornografía cada vez más frecuente
y victoriosa, acompañada de la homosexualidad, inclusive en su
variante particularmente repugnantes, la pedofilia. En los poderes públicos,
frecuente desinterés por el autentico bien común que lleva
a proporcionar los medios sociales adecuados para glorificar a Dios
y facilitar la salvación de las almas. Respecto a los principios
teóricos de gobierno, cuando éstos existen, se reducen
en general a la panacea del establecimiento de una igualdad revolucionaria,
y por tanto injusta; así como a prácticas inmorales, traducidas
en leyes y reformas como las que, en materia de familia, están
siendo implantadas en el ámbito universal.
El celeste pintor
Acudamos a una metáfora, empleada por el Prof. Plinio Corrêa
de Oliveira, para abarcar en una visión de conjunto la historia
del mundo y de la Iglesia.
Imaginemos un gran cuadro, donde un celestial pintor hubiera representado
toda la belleza y el orden de la Creación.
Por ejemplo, allí estaría la aldea descripta más
arriba, no con sus limitaciones terrenas sino en el auge de su perfección
y refulgiendo en todo su esplendor: armonía de las clases sociales,
de las familias, de las personas de todas las edades y condiciones,
de las demás criaturas de los reinos animal, vegetal y mineral.
Todo estaría allí representado en conformidad con los
planes de Dios, dando una idea del Paraíso Terrenal.
Al caer la noche, mientras el celestial pintor se adormece, la mano
misteriosa de un ente maligno desfigura completamente el cuadro: el
comerciante digno y honesto se transformó en un vulgar ladrón;
la linda y virtuosa princesa aparece como una vil prostituta; el noble
y heroico caballero se transformó en un bandido; el buen rey
es un tirano; el niño inocente pasó a ser la propia encarnación
del vicio. Desfiguraciones análogas se operan en los paisajes
y demás detalles: palacios de cuentos de hadas transformados
en horribles conventillos; lindos pájaros en monstruos; hasta
la vegetación quedó terrorífica y agresiva. Es
casi un retrato del infierno.
No es difícil imaginar el asombro y la indignación del
celestial pintor ante esa pavorosa desfiguración de su obra
¿Será exagerado establecer una comparación entre
esa metáfora y el mundo de hoy, deformado por la Revolución
que está corrompiendo la Civilización Cristiana desde
el siglo XVI?
¿Como
“restaurar” el ambiente de Navidad?
Si en esta Navidad de 2003, por momentos nos sentimos oprimidos por
la pérdida de aquel ambiente bendito de otrora, la pregunta que
se impone es: ¿que podemos hacer?
Ante todo, si la pobre y frágil barca de nuestra alma, como la
de la Santa Iglesia, se viera agitada por las tormentas de este mundo,
sepamos mantener inconmovible la confianza en el Sagrado Corazón
de Jesús y en el Inmaculado Corazón de María (3).
En concreto, ¿qué puede hacer cada uno de nosotros si,
como dice San Luis María Grignion de Montfrot “, no somos
sino “gusanillos y miserables pecadores” (4)
“Todo lo puedo en aquel que me conforta”, respondemos con
San Pablo (5). Y podremos aún mucho más si nos ponemos
bajo la protección de la Reina de quien el Niño Dios quiso
depender totalmente para habitar entre los hombres.
En ese sentido, estimado lector, haga un esfuerzo para montar en su
hogar el Pesebre, rezar con su familia delante de él; adornar
un árbol de Navidad; narrar a sus hijos cuentos navideños
tradicionales; hablarles sobre el nacimiento del Niño Jesús;
enseñarles lindas canciones; prepararles una cena agradable precedida
de la bendición de la mesa.
Sepamos así enseñar, a través de la oración
y de la restauración de tantas sanas tradiciones que se han ido
perdiendo, que la Navidad no es sinónimo de regalos, ocasión
para ganar en el comercio o para comer y beber desmedidamente y mucho
menos una noche de paseo y diversión.
Con esfuerzo e imaginación estaremos así contribuyendo
a restaurar el ambiente de la Santa Navidad en nuestros hogares y a
irradiar esa apacible y benéfica atmósfera de bendiciones
y gracias por las ciudades, por nuestro país, por el mundo.
Notas:
1.
Cf. Epístola a Tito 2, 11-15.
2. Gradual de la primera Misa de Navidad.
3. Los corazones — o sea, las voluntades,
las mentalidades de Jesús y de Maria — son de
tal manera unidos, que forman como que un solo corazón,
según la espiritualidad enseñada por San Juan
Eudes.
4. Consagración a la Sabiduría
Eterna y Encarnada por las manos de Maria, de San Luis Maria
Grignion de Montfort.
5. Epístola a los Filipenses, 4,13.
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