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La
Familia: una sociedad natural
anterior al Estado
No es el Estado el que está en el origen de la familia,
sino al contrario: la familia, semilla del cuerpo social, puede subsistir
sin el Estado, pero éste no se mantiene sin aquella. “La
base de las sociedades civiles, enseña León XIII, es la
familia, y en gran parte, en el hogar doméstico se prepara el
porvenir de los Estados” (Encíclica Sapientia
Cristiana, Nº 29).
Cuando
la familia se desorganiza, sobreviene la inestabilidad de la sociedad
y la falencia del Estado. Fue lo que ocurrió en el año
476 con la caída del Imperio Romano do Occidente. La disolución
de la familia incentivó la decadencia moral y la depravación
de las costumbres. Con la invasión de los bárbaros, como
la de Átila en los siglos IV y V, ese Imperio, entonces corrupto
y debilitado, se disgregó en la anarquía.
Después de cuatro siglos, en el ocaso del Imperio de Carlomagno,
otra catástrofe se abatió sobre la humanidad: hordas de
normandos, húngaros y sarracenos obligaron a las poblaciones
a huir para no ser masacradas.
El Imperio carolingio se desmanteló y fue alrededor de lo que
restaba de institución familiar que se reorganizaron naturalmente
los Estados. Bajo el aliento de la Iglesia Católica se consolidó
la Civilización Cristiana, la cual alcanzó un gran esplendor
en la Edad Media. Es lo que describe el célebre escritor Frantz
Funck-Brentano, miembro del Instituto de Francia, en su famosa obra
“L'Ancien Regime” (El Antiguo Régimen).
Así se expresa: “En el curso de los siglos IX y X, la sucesión
de las invasiones bárbaras, habían sumergido al país
en una anarquía, en la cual todas las instituciones habían
naufragado. Los campesinos abandonaban sus tierras devastadas para huir
de la violencia; el pueblo se acorralaba en el fondo de los bosques
o de lugares inaccesibles; se refugiaba en lo alto de las montañas.
Los lazos que unían a los habitantes del país fueron cortados;
las normas consuetudinarias o legislativas fueron despedazadas; nadie
gobernaba a la sociedad.
La única fuerza intacta
“Fue en esta anarquía que el trabajo de reconstrucción
social fue desarrollado por la única fuerza organizada que permaneció
intacta bajo el único abrigo que nadie pudo lanzar por tierra,
porque tiene sus fundamentos en el corazón humano: la familia.
“En plena tormenta la familia resiste, se fortifica y crece en
cohesión. Obligada a satisfacer sus necesidades, crea para sí
órganos que le son necesarios para el trabajo agrícola
y mecánico, para la defensa a mano armada. El Estado ya no existe,
la familia toma su lugar. La vida social se concentra alrededor del
hogar; se restringe la vida común a los límites de la
casa y de los dominios; se circunscribe a las paredes de la casa y al
área circundante.
La familia: semilla de la Patria
“En los primordios de nuestra historia, el jefe de familia recuerda
al pater familias antiguo. Él comanda al grupo que se aglutina
en torno a él y lleva su nombre, organiza la defensa común,
distribuye el trabajo según la capacidad y las necesidades de
cada uno. Él reina — la palabra está en los textos
— como señor absoluto. Él es llamado ‘sire’.
Su esposa, la madre de familia, es llamada ‘dame’, domina
[señora].
“La familia se transformó para el hombre en una patria,
y los textos latinos de la época la designan por esa palabra
‘patria’ [la tierra del pater, del padre], amada con una
ternura tanto más fuerte cuanto ella está allí,
viva y concreta. Ella hace sentir directamente su poder y también
su dulzura; sólida y querida armadura, protección necesaria.
Sin la familia el hombre no conseguiría subsistir.
“Así se formaron los sentimientos de solidaridad que unían
a los miembros de la familia unos a los otros y que, bajo la acción
de una tradición soberana, se irá desarrollando y definiendo”
(Frantz Funck-Brentano, L´Ancien Régime, Americ —
Edit., Río de Janeiro, 1936, vol. I, pp. 12-14).
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