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Assumpta
est Maria in Cælum
Y la Virgen María
fue asunta a los Cielos...
Transcurridos
algunos años desde la Ascensión del Señor,
mientras la mayor parte de los Apóstoles predicaba lejos
de Palestina, llegó la hora en que el Cielo reclamaba la
presencia de la Virgen Santísima. Jesús, su Divino
Hijo, se apareció para comunicarle que en breve vendría
a buscarla. María le reveló a San Juan Evangelista,
su amado anfitrión e hijo por adopción, el mensaje
que el Señor le trajo, rogando para que llamase a San Pedro
y a Santiago. De este modo, la Virgen María entregó
su alma a Dios en brazos de los Apóstoles.
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| Detalle
de La Asunción de la Virgen, Tiziano (1516-1518)
–
Santa María Gloriosa dei Frari, Venecia. |
La
“dormición” de Nuestra Señora
Por
lo general, se admite que la muerte haya puesto fin a aquella
vida tan preciosa, y esta doctrina es la más probable.
Una muerte tan indeciblemente suave y serena, que es denominada
“dormición” por los Padres de la Iglesia en
Oriente. Sin embargo, existe entre los teólogos una escuela
que rebate el hecho de la muerte de Nuestra Señora: según
esta opinión, la Virgen María habría pasado
de la vida terrena a la vida celestial sin que su alma se hubiese
separado físicamente del cuerpo.
En todo caso, al término de su peregrinación terrena,
el alma glorificada de María, animó y transformó
su cuerpo, dándole aquella vida gloriosa, inmortal, impasible
y luminosa que ya adornaba al Hijo de Dios. Y así, la gloriosa
Virgen fue llevada al Cielo en cuerpo y alma, en los brazos de
los ángeles, al encuentro del Padre Eterno
El
Dogma de la Asunción
“Ecclesia festinat lentae”— La Iglesia se apresura
lentamente, dice un adagio referente a la sabia y majestuosa calma
con que la Esposa de Cristo va explicitando su doctrina a través
de los siglos. Así, pasaron casi dos mil años para
que proclamara en 1950, durante el pontificado del Papa Pío
XII, el dogma de la Asunción de María a los Cielos.
Esta maravillosa verdad de Fe, apoyada en la Revelación,
se justifica por la admirable fórmula de San Agustín:
“Poterat, volevat, ergo fecit” — “Dios
podía, quería, luego lo hizo”. ¿Qué
más podría querer Jesucristo que honrar así
a su Madre, la misma que, al consentir la Encarnación,
abrió para toda la humanidad las puertas del Cielo? Es
lo que explica el mismo Pío XII en la Constitución
Apostólica Munificentissimus Deus, del 1º de noviembre
de 1950:
“Todos
estos argumentos y razones de los Santos Padres y teólogos
se apoyan, como en su fundamento último, en las Sagradas
Letras, las cuales, ciertamente, nos presentan ante los ojos a
la augusta Madre de Dios en estrechísima unión con
su divino Hijo y participando siempre de su suerte. Por ello parece
como imposible imaginar a aquella que concibió a Cristo,
le dio a luz, le alimentó con su leche, le tuvo entre sus
brazos y le estrechó contra su pecho, separada de Él
después de esta vida terrena, si no con el alma, sí
al menos con el cuerpo. Siendo nuestro Redentor hijo de María,
como observador fidelísimo de la ley divina, ciertamente
no podía menos de honrar, además de su Padre eterno,
a su Madre queridísima. Luego, pudiendo adornarla de tan
grande honor como el de preservarla inmune de la corrupción
del sepulcro, debe creerse que realmente lo hizo.
“Pues debe sobre todo recordarse que, ya desde el siglo
II, la Virgen María es presentada por los Santos Padres
como la nueva Eva, aunque sujeta, estrechísimamente unida
al nuevo Adán en aquella lucha contra el enemigo infernal;
lucha que, como de antemano se significa en el protoevangelio
(Gen. 3, 15), había de terminar en la más absoluta
victoria sobre la muerte y el pecado, que van siempre asociados
entre sí en los escritos del Apóstol de las gentes
(Rom. 5 y 6; I Cor. 15, 21-26; 54, 57).
“Por eso, a la manera que la gloriosa resurrección
de Cristo fue parte esencial y último trofeo de esta victoria;
así la lucha de la Bienaventurada Virgen común con
su Hijo, había de concluir con la glorificación
de su cuerpo virginal; pues, como dice el mismo Apóstol,
cuando este cuerpo mortal se revistiere de la inmortalidad, entonces
se cumplirá la palabra que fue escrita: absorbida fue la
muerte en la victoria (1 Cor. 15, 54).
“(...) En consecuencia, como quiera que la Iglesia universal,
en la que muestra su fuerza el Espíritu de verdad, que
la dirige infaliblemente a la consecución del conocimiento
de las verdades reveladas, ha puesto de manifiesto de múltiples
maneras su fe en el decurso de los siglos, y puesto que todos
los obispos de la redondez de la tierra piden con casi unánime
consentimiento que sea definida como dogma de fe divina y católica
la verdad de la Asunción corporal de la Beatísima
Virgen María a los cielos —verdad que se funda en
las Sagradas Letras, está grabada profundamente en las
almas de los fieles, confirmada por el culto eclesiástico
desde los tiempos más antiguos, acorde en grado sumo con
las demás verdades reveladas y espléndidamente explicada
y declarada por el estudio, ciencia y sabiduría de los
teólogos—, creemos que ha llegado ya el momento preestablecido
por el consejo de Dios providente en que solemnemente proclamemos
este singular privilegio de la misma Virgen María.
(...)“Por eso, después que una y otra vez hemos elevado
a Dios nuestras preces suplicantes e invocado la luz del Espíritu
de Verdad, para gloria de Dios omnipotente que otorgó su
particular benevolencia a la Virgen María, para honor de
su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de
la muerte, para aumento de la gloria de la misma augusta Madre,
y gozo y regocijo de toda la Iglesia, por la autoridad de nuestro
Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles
Pedro y Pablo y nuestra, proclamamos, declaramos y definimos ser
dogma divinamente revelado: Que la Inmaculada Madre de Dios, siempre
Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue
asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.
“Por eso, si alguno, lo que Dios no permita, se atreviese
a negar o voluntariamente poner en duda lo que por Nos ha sido
definido, sepa que se ha apartado totalmente de la fe divina y
católica.”
La
devoción a María Santísima en América
Iberoamérica está invadida por la presencia de María:
son centenares y centenares los templos, capillas y ermitas erigidos
a su memoria.
En la Argentina, la Virgen de la Asunción es Patrona de
Casabindo, en la provincia de Jujuy. Allí se venera una
preciosa estatua de la Virgen que procede del Cuzco y es conocida
desde mediados del siglo XVII.
Como dice Mons. Juan Antonio Presas, “basta echar una ligera
mirada sobre estas tierras americanas para darnos cuenta que la
presencia principal que las llena es, después de la Cruz
de Cristo, la figura excelsa de Nuestra Señora.
“Esto es una gran realidad; mas lo que maravilla, y que
se encuentra a cada paso que damos sobre el continente americano,
es que en todo lugar y en los más apartados rincones, ya
en las cumbres de los Andes o en la inmensidad de las pampas,
es que allí hallamos siempre la presencia y la figura de
María. América Latina vive de la fe en Ella; es
la Virgen Santa María, la Reina y Señora de estas
tierras y desde el Norte al Sur, del Este al Oeste, todo lo llena
Ella, y en todas partes advertimos su presencia.
“Querer dar una explicación humana a este hecho es
imposible, no lo hay. Se trata de un milagro, el más maravilloso,
de una obra colosal del Dios Altísimo. Se trata del cumplimiento
de una profecía, que ahora hace dos mil años se
escuchara en las tierras de Israel, cuando una joven doncella,
celebrando al Señor, cantara en su pequeñez:
´Desde ahora en adelante me llamarán bienaventurada
todas las generaciones”. Y así es, y se cumplió
y seguirá firme su cumplimiento hasta el final de los siglos”
(Mons. Juan Antonio Presas, Miembro de la Junta de Historia Eclesiástica
Argentina, in María en América, Estela R. Barbero,
Ed. Lumen, Buenos Aires, 1994)
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