La
devoción al
Sagrado Corazón de Jesús
en una perspectiva mariana
En
el mes dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, nada más oportuno que ofrecer
a nuestros lectores una reflexión sobre los días actuales, a la luz
de la justicia y la misericordia divinas, y su relación con el especial
poder dado por Dios a María Santísima, Espejo de Justicia y Omnipotencia
Suplicante.
Si hay una época para cuya miseria sólo puede existir una esperanza
de remedio en el Sagrado Corazón de Jesús, esa es, precisamente, la
actual.
Inútil sería atenuar la enormidad de los crímenes que la humanidad
practica en nuestros días. La degradación moral de la sociedad ya es
tal, que parece en la inminencia de verse precipitada, de un momento
a otro, en condiciones espirituales más miserables que aquella en que
se encontraba cuando el Salvador vino al mundo.
Cuando contemplamos este mundo pecador, gimiendo en las torturas de
mil crisis y de mil angustias, y que a pesar de ello no hace penitencia,
cuando consideramos los progresos asustadores del neo-paganismo, que
está en la víspera de tomar el gobierno de la humanidad entera; cuando
vemos, en fin, la pusilanimidad, la imprevisión, la desunión de quienes
aún no militan en las huestes del mal, el pavor se apodera de nuestro
espíritu en la previsión de las catástrofes que acumula sobre sí misma
la impiedad obstinada de esta generación.
¿No podrá esperarse para la humanidad otro futuro sino un ocaso vergonzoso,
en que la impenitencia final será castigada por los flagelos supremos,
preanunciados por las Escrituras como un indicio del fin del mundo?,
se preguntaba en 1940 el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira en un artículo
publicado en la revista "El Legionario", en que comentaba las aprensiones
del Papa Pío XI sobre la situación en esos días.
Así sería si Dios dejase actuar exclusivamente a su Justicia. Pero
como Dios no es sólo justo sino también misericordioso, no se cerró
todavía para nosotros la puerta de la salvación.
Una humanidad pertinaz en su iniquidad puede esperar todo de los rigores
de Dios. Pero Dios, infinitamente misericordioso, no quiere la muerte
de esta humanidad pecadora y por esto su gracia procura insistentemente
a todos los hombres, para que abandonen sus pésimos caminos y vuelvan
al rebaño del Buen Pastor.
Si no hay catástrofes que no deba temer una humanidad impenitente,
no hay misericordias que no pueda esperar una humanidad arrepentida.
Y para eso no es necesario que el arrepentimiento haya terminado su
obra restauradora. Basta que el pecador, aunque esté en el fondo del
abismo, se vuelva a Dios con un simple inicio de arrepentimiento verdadero,
serio y profundo, que encontrará inmediatamente el socorro de Dios,
que nunca se olvidó de él. Lo dice el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura:
"Aunque tu padre y tu madre te abandonasen, Yo no me olvidaría de ti."
Estas dos imágenes esenciales, de la Justicia y Misericordia divinas,
deben ser constantemente puestas delante de los ojos del hombre contemporáneo.
De la Justicia, para que él no suponga temerariamente que puede salvarse
sin méritos. De la Misericordia, para que no desespere de su salvación
desde que desee corregirse. Y si las hecatombes de nuestros días ya
hablan tan claramente de la Justicia de Dios, ¿qué mejor visión para
completar este cuadro, que la del Sol de la Misericordia, que es el
Sagrado Corazón de Jesús?
Dios es la Caridad. Y por esto mismo la simple enunciación del Nombre
Santísimo de Jesús recuerda la idea de amor. ¡El amor insondable e infinito
que llevó a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad a encarnarse!
El amor expresado a través de esa humillación incomprensible de un
Dios que se manifiesta a los hombres como un niño pobre que acaba de
nacer en una gruta. El amor que transluce a través de aquellos treinta
años de vida escondida, en la humildad de la más estricta pobreza, y
en las fatigas incesantes de aquellos tres años de evangelización, en
que el Hijo del Hombre recorrió caminos y atajos, transpuso montes,
ríos y lagos, visitó ciudades y aldeas, pasó por desiertos y poblados,
habló a ricos y a pobres, distribuyendo amor y recogiendo la mayor parte
del tiempo sobre todo ingratitud. ¡Cuánto amor demostrado en aquella
Cena suprema, precedida por la generosidad de lavar los pies y coronada
por la institución de la Eucaristía! ¡Cuánto amor en aquel último beso
dado a Judas, en aquella mirada suprema que dio a San Pedro, en aquellas
injurias sufridas con paciencia y mansedumbre, en aquellos sufrimientos
soportados hasta la total consumación de las últimas fuerzas, en aquel
perdón mediante el cual el Buen Ladrón robó el Cielo, en aquel don extremo
de una Madre Celestial dada a una humanidad miserable!
Al venerar al Sagrado Corazón, la Santa Iglesia no quiere otra cosa
sino alabar especialmente el amor infinito que Nuestro Señor Jesucristo
dio a los hombres. Como el corazón simboliza al amor, dando culto al
Corazón la Iglesia celebra el Amor.
Por
más variadas y bellas que sean las invocaciones con que la Santa Iglesia
se refiere a Nuestra Señora, en ninguna dejaremos de encontrar una relación
entre Ella y el Amor de Dios. Esas invocaciones, celebran un don de
Dios, al cual Nuestra Señora supo ser perfectamente fiel, o un poder
especial que Ella tiene junto a Su Divino Hijo.
Pero, ¿qué prueban los dones de Dios, sino un especial amor del Creador?
¿Y qué prueba el poder de Nuestra Señora junto a Dios, sino este mismo
amor?
Así, pues, es con toda propiedad que Nuestra Señora puede ser llamada
al mismo tiempo "Espejo de Justicia" y "Omnipotencia suplicante". Espejo
de Justicia, porque Dios la amó tanto que concentró en Ella todas las
perfecciones que una criatura puede tener, y por esto mismo en ninguna
Él se refleja tan perfectamente como en Ella. Omnipotencia suplicante,
porque no hay gracia que se obtenga sin Nuestra Señora, y no hay gracia
que Ella no obtenga para nosotros.
Por lo tanto, invocar a Nuestra Señora bajo el título "del Sagrado
Corazón" es hacer una síntesis bellísima de todas las otras invocaciones,
es recordar el reflejo más puro y más bello de la Maternidad Divina,
es hacer vibrar al mismo tiempo, armónicamente, todas las cuerdas de
amor, que tocamos una a una enunciando las varias invocaciones de la
Letanía Lauretana o de la Salve Regina.
Hay sin embargo una invocación que conviene recordar especialmente.
Es la de Abogada de los pecadores. Nuestro Señor es Juez. Y por mayor
que sea su misericordia, no puede tampoco dejar de ejercer su función
de Juez. Nuestra Señora, sin embargo, es sólo abogada. Y nadie ignora
que la función del abogado no es otra sino la de defender al reo. Así,
decir que Nuestra Señora del Sagrado Corazón es nuestra abogada implica
en decir que tenemos en el Cielo una Abogada Omnipotente, en cuyas manos
se encuentra la llave de un océano infinito de misericordia.
¿Qué de mejor se puede mostrar a esta humanidad pecadora a la cual,
si no se le habla de la Justicia de Dios se empantana cada vez más en
el pecado, y si se le habla desespera de la salvación? Mostremos la
Justicia: es un deber cuya omisión ha producido los más lamentables
frutos. Pero nunca nos olvidemos, sin embargo, de la misericordia que
ayuda al pecador, seriamente arrepentido a abandonar el pecado y, así,
a salvarse.
Leyenda de fotografías Imagen de Nuestra Señora del Sagrado Corazón-
Santuario del mismo nombre, Quebec, Canadá Estampa del Sagrado Corazón
de Jesús divulgada por la Abadía Saint Joseph de Clairval, Francia
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