Nuestra Señora de Guadalupe,
Patrona de América
A solo diez años de finalizada la conquista de México un hecho prodigioso, que tuvo por protagonistas a la Santa Madre de Dios y a un humilde indígena de la región, contribuyó a reafirmar la obra evangelizadora iniciada por la Iglesia en el Nuevo Mundo
Juan Diego era un indio que vivía en los cerros del noroeste de la ciudad de México, la antigua Tenochtitlán, capital del imperio azteca, destruida por los españoles en 1521.
Primera aparición
El sábado 9 de diciembre de 1531 Juan caminaba hacia la capital, sede de los virreyes de Nueva España, para asistir a su clase de catecismo y escuchar la Santa Misa cuando, repentinamente, sintió una suave voz que lo llamaba por su nombre. Movido por la curiosidad, el indio subió una loma y allí vio, de pie, a una Señora de deslumbrante belleza que le dijo: “Juan, el más pequeño de mis hijos, yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive. Deseo fervientemente que se me construya aquí un templo, para mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los que habitan esta tierra y a todos aquellos que me invoquen y en Mi confíen. Ve donde el Señor Obispo y dile que deseo un templo en este llano. Ve y pon en ello todo tu esfuerzo”
Juan Diego, que se hallaba postrado, se puso de pie y fue hasta lo del Obispo, Monseñor Juan de Zumarraga, para transmitirle la orden celestial.
Segunda aparición
Por supuesto que Monseñor Zumarraga, primer obispo de México, no le creyó, razón por la cual Juan regresó a su pueblo sumamente apesadumbrado.
En pleno camino, al llegar al cerro de Tepeyac, la Santa Madre se le volvió a aparecer. Entonces Juan, de rodillas, le refirió lo ocurrido y la Virgen le respondió: “Es necesario que regreses, que ruegues y le hagas oír al Obispo mi voluntad”.
Al día siguiente Juan Diego se presentó al Obispo para transmitirle el mensaje que Nuestra Señora le enviaba, a saber, erigir una iglesia en el lugar señalado.
Esta vez el alto prelado fue más benevolente ya que aceptó la posibilidad de que el indio estuviera diciendo la verdad, pero pidió una señal que probara lo aseverado.
Tercera aparición
De camino a su casa, Juan Diego volvió a encontrar a Nuestra Señora a quien comentó las vicisitudes de la entrevista, recibiendo por respuesta palabras de aprobación. “Bien hijo querido, regresarás aquí mañana para llevar al Obispo la señal que pide...”. Pero el pobre Juan no pudo cumplir porque su tío estaba muriendo y debía ir en busca de un sacerdote que lo asistiera espiritualmente.
Cuarta aparición
En la mañana del 12 de diciembre Juan salió de su aldea rumbo a Tlitalolco en busca del religioso, eludiendo el lugar de los encuentros por temor a la Virgen, a quien había dejado esperando el día anterior. Pero la Madre de los Cielos salió a su encuentro una vez más y utilizando su dulce voz le preguntó a donde se dirigía. Y lleno de vergüenza, el humilde indio se lo contó, recibiendo como respuesta palabras esperanzadoras. “Tu tío no morirá pues ya está curado”. Juan Diego pidió la señal y la Santa Madre le dijo que subiera a la cumbre porque allí la encontraría. Y al hacerlo vio las rosas frescas de Castilla que puso en una manta. “Tú eres mi embajador; rigurosamente te ordeno que solo delante del Obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas”, le dijo la Virgen.
El milagro de la manta
Una vez frente al prelado, Juan Diego extendió su manta y volcó las flores en el suelo, descubriendo que en su fondo estaba impresa la imagen de la Virgen que es la misma que hoy se venera. Y al ver aquello, tanto el Obispo como los presentes, se pusieron de rodillas y empezaron a rezar.
Por orden de Monseñor Zumarraga, comenzó la edificación del templo en el lugar señalado por Nuestra Señora y desde entonces, millones de personas lo visitan anualmente para dar gracias y pedir bendiciones. A partir del milagro de Guadalupe, la población mexicana, hasta entonces reacia y poco proclive a la conversión, se volcó masivamente a la verdadera Fe, sorprendiendo a los misioneros que con poco éxito, pese al esfuerzo, venían trabajando en ello.
Patrona de América
San Pío X proclamó a la Virgen de Guadalupe “Patrona de América Latina” y Pío XI de todo el continente. Pío XII la bautizó “Emperatriz de las Américas” y Juan XXIII “Misionera Celeste del Nuevo Mundo” y “Madre de América”. S.S. Juan Pablo II visitó su basílica en cuatro oportunidades y un total de 24 pontífices la han honrado oficialmente. Su santuario es el más visitado de la Cristiandad, con cuatro millones de peregrinos los 12 de diciembre de cada año.
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