Fiesta
de María Santísima,
Madre de Dios (1º de Enero)
La
invocación de Nuestra Señora, Madre de Dios, remonta a los primeros
tiempos del Cristianismo, habiendo tenido especial difusión cuando
surgió la herejía de Nestoreo, Patriarca de Constantinopla, quien
negaba la maternidad divina de María Santísima.
El Concilio de Éfeso (antigua ciudad de la actual Turquía) condenó
tal herejía en el año 431 e incentivó y difundió aquella invocación
mariana.
El título Teotokos (Madre de Dios, en griego) había penetrado
tan profundamente en el espíritu y en el corazón de los fieles,
que se armó un gran escándalo el día en que, ante Nestoreo, Obispo
de Constantinopla, un sacerdote, portavoz suyo, tuvo la osadía
de pretender que María no era la Madre sino de un hombre, porque
era imposible que Dios naciese de una Mujer.
En ese entonces San Cirilo era Obispo de Alejandría. Suscitado
por Dios para defender la honra de la Madre de Su Hijo, muy
pronto manifestó públicamente su extrañeza: "Estoy admirado
que haya hombres que pongan en duda que la Santísima Virgen
pueda ser llamada Madre de Dios. Si Nuestro Señor es Dios,
¿cómo podrá ser que Maria, quien Lo dio al mundo, no sea Madre
de Dios? Esta es la Fé que nos transmitieron los discípulos,
aunque ellos no utilizaron tal expresión; es también la doctrina
que nos enseñaron los Santos Padres".
* * *
Nestoreo no admitió ratificación alguna de
sus ideas. El Emperador convocó entonces un Concilio que
inauguró sus sesiones en Éfeso, el 22 de Junio de 431; lo
presidió San Cirilo como Legado del Papa Celestino. Se congregaron
200 obispos; proclamaron que "la persona de Cristo es una
y divina, y que la Santísima Virgen tiene que ser reconocida
y venerada por todos como realmente Madre de Dios".
Según narra la Tradición, los Padres del Concilio, para perpetua
memoria, hicieron un agregado al Ave María: "Santa María,
Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la
hora de nuestra muerte". Oración que, desde entonces, millones
de almas recitan todos los días para reconocer en María la
Gloria de ser Madre de Dios que un hereje le quiso arrebatar.
En 1931, al conmemorarse el decimoquinto centenario de ese
Concilio, Pío XI juzgó "útil y grato a los fieles meditar
y reflexionar sobre un dogma tan importante" como el de la
maternidad divina. Para que permaneciese un perpetuo testimonio
de su devoción mariana, aquel Pontífice escribió la encíclica
Lux Veritatis, restauró la basílica de Santa María Maggiore
en Roma, y, además, instituyó una fiesta litúrgica que "contribuiría
para el aumento de la devoción a la Soberana Madre de Dios
entre el clero y los fieles, y que presentaría a la Santísima
Virgen y a la Familia de Nazaret como modelo para las familias".
(Dom
Prosper Guéranger, El Año Litúrgico, tomo V, El Tiempo después
de Pentecostés, segunda parte, Editorial Aldecoa, Burgos,
1954, pp. 589-591)
|