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Primera
Aparición de la
Santísima Virgen
En la época de las apariciones de Nuestra Señora, Lucía,
Francisco y Jacinta tenían 10, 9 y 7 años de edad, habiendo
nacido el 22 de marzo de 1907, el 2 de junio de 1908 y el
2 de marzo de 1910, respectivamente. Los tres niños vivían,
como dijimos, en Aljustrel, pequeña aldea de la parroquia
de Fátima. Las apariciones tuvieron lugar en una propiedad
de los padres de Lucía, llamada Cova da Iría, a dos kilómetros
y medio de Fátima por el camino de Leiría.
Francisco sólo veía a Nuestra Señora y no la oía. Jacinta
la veía y oía. Lucía veía, oía y hablaba con la Santísima
Virgen. Las apariciones tenían lugar al mediodía.
Primera Aparición: 13 de mayo de 1917
Jugaban los tres videntes en Cova da Iria cuando vieron dos
resplandores como de relámpagos, después de los cuales vieron
a la Madre de Dios sobre la encina. Era "una señora vestida
toda de blanco, más brillante que el sol y esparciendo una
luz más clara e intensa que un vaso de cristal lleno de agua
cristalina atravesado por los rayos del sol más ardiente",
describe la Hna. Lucía. Su rostro, indescriptiblemente bello,
no era "ni triste, ni alegre, sino serio", con aire de suave
censura. Las manos juntas, en posición de rezar, apoyadas
en el pecho y dirigidas hacia arriba. De la mano derecha pendía
un rosario. La túnica era blanca y blanco también el manto
orlado de oro que cubría la cabeza de la Virgen y le bajaba
hasta los pies. El coloquio se desarrolló de la siguiente
manera: (1)
NUESTRA SEÑORA: "No tengáis miedo, yo no os hago daño".
Lucía: "¿De dónde es Vuestra Merced?".
NUESTRA SEÑORA: "Yo Soy del Cielo" (y Nuestra
Señora levantó la mano para señalar el Cielo).
Lucía: "¿Y qué es lo que Vuestra Merced quiere de
mí?"
NUESTRA SEÑORA: "Vengo para pediros que volváis aquí
durante seis meses seguidos, el día 13 y a esta misma hora.
Después os diré quién soy y lo que quiero. Y volveré aquí
una séptima vez".
Lucía: "¿Y yo también voy al cielo?".
NUESTRA SEÑORA: "Si, vas".
Lucía: "¿Y Jacinta?"
NUESTRA SEÑORA: "También".
Lucía: "¿Y Francisco?"
NUESTRA SEÑORA: "También, pero tiene que
rezar muchos rosarios".
Lucía: "¿María de las Nieves ya está en
el cielo?"
NUESTRA SEÑORA: "Si ya está".
Lucía: "¿Y Amelia?"
NUESTRA SEÑORA: "Estará en el Purgatorio hasta el
fin del mundo. ¿Queréis ofreceros a Dios, para soportar todos
los sufrimientos que os quiera enviar, en reparación por los
pecados con que Él es ofendido y en súplica por la conversión
de los pecadores?"
Lucía: "Si queremos".
NUESTRA SEÑORA: "Vais, pues, a tener mucho que sufrir,
pero la gracia de Dios será vuestro consuelo".
Fue al pronunciar estas últimas palabras ("La gracia de Dios,
etc.") cuando abrió las manos por primera vez, comunicándonos
una luz tan intensa como el reflejo que de ellas se expandía,
que penetrándonos en el pecho y en lo más íntimo del alma,
nos hacía vernos a nosotros mismos en Dios, que era esa luz,
más claramente que 1o que nos vemos en el mejor de los espejos.
Entonces, por un impulso interior también comunicado, caímos
de rodillas y repetimos interiormente: "¡Oh! Santísima Trinidad,
yo Te adoro. Dios mío, Dios mío, yo Te amo en el Santísimo
Sacramento". Pasados los primeros momentos Nuestra Señora
añadió: "Rezad el rosario todos los días para alcanzar la
paz del mundo y el fin de la guerra". "Enseguida -describe
la Hna. Lucía- comenzó a elevarse serenamente, subiendo en
dirección al naciente, hasta desaparecer en la inmensidad
de la distancia. La luz que la circundaba iba como abriendo
un camino en la oscuridad de los astros".
(Cf.
"Memorias II", pág. 48; Memorias IV, págs. 132 y 133; John
De Marchi, I.M.C., Era una Señora más brillante que el sol,
, Ed. Missoes Consolata, 1979, págs. 77 a 79; William Thomas
Walsh, Nuestra Señora de Fátima, Madrid, Ed. Espasa Calpe,
S. A., 1960, págs. 74 a 76).
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