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Del
Oratorio a la Televisión:
¿quién perdió?
Las
encuestas presentan resultados impresionantes con relación
a los efectos deletéreos de la televisión sobre las mentes
de niños y jóvenes.
Hoy,
pocos jóvenes conocen aquella miniatura de santuario junto
al cual nuestros antepasados se recogían a la noche, en oración.
A partir
de mediados del siglo XX, el oratorio fue siendo substituido
por otro, muy poco piadoso por cierto, cuyos modelos, con
sus malos ejemplos, están influyendo perniciosamente el comportamiento
de millones de personas.
Frente
a la disgregación de la familia y al consecuente aumento de
la amoralidad, la agresividad, la violencia y el caos, los
investigadores sociales han demostrado abundantemente la mala
influencia de los programas violentos e inmorales de la televisión
sobre el comportamiento de niños y adolescentes.
Un
menú envenenado
Numerosos
estudios de especialistas describen recientes experiencias,
hechas separadamente con cuatro grupos de adolescentes y cuatro
grupos de niños. Fueron medidos y comparados los comportamientos
agresivos de cada uno de ellos en partidos de fútbol, antes
y después de asistir a filmes y emisiones de TV con diferentes
grados de violencia.
Las
diferencias entre los sexos fueron significativas, o sea,
después de asistir a programas con alto tenor de violencia,
los varones presentaron comportamientos agresivos muy superiores
a los de las mujeres. Benjamín Spock, pediatra norteamericano,
llega a afirmar: "Hasta que la TV tenga programas interesantes
y útiles para las criaturas, los padres deben deshacerse del
aparato. Esto evitará que sus hijos sean brutalizados por
la violencia, o que, en consecuencia de largas horas de permanecer
con la atención inmovilizada, se transformen en seres pasivos".
La
mayor influencia de la TV en el comportamiento humano es indirecta,
sutil y acumulativa. "Una madre norteamericana, preocupada
con el papel que la televisión ocupaba en su familia, 'rompió'
a propósito el aparato por una semana. Para su sorpresa y
contento, uno de sus hijos comenzó a practicar piano, una
de sus hijas a leer revistas, y ambos se entretenían juntos.
A la noche, mientras cenaban, conversaban, luego escuchaban
música, leían algún libro... Entonces percibieron, sobre todo,
cuanto tiempo más tenían para convivir" (Richards & Sandy,
Cambridge University Press, New York, 2000, p.45)."
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