Cuarta parte
La educación de los hijos,
según San Juan Crisóstomo
San Juan Crisóstomo nos enseña a educar a los niños, desde la más tierna
infancia; a dominar lo que él llama el "elemento tiránico": el
genio para que así aprenda a ser despreciado y humillado *
El genio
Al genio ni hay que amputarlo completamente del joven ni hay que consentir que se abandone a él en todo momento. Eduquémosle, más bien, desde la primera infancia para, cuando son ellos víctimas de una injusticia, soportarlo, pero si ven que se comete una injusticia contra alguien, salir gallardamente y defender al abatido con la conveniente mesura.
¿Cómo será eso posible? Si se entrenan con quienes le son más cercanos, soportan que no les hagan caso y no se enfadan cuando son desobedecidos, sino que analizan concienzudamente las faltas que ellos cometen contra otros.
En casos semejantes el padre es en todo momento el señor; severo cuando se transgreden las leyes, pero cuando se observan dulce y bondadoso amigo de obsequiar al niño con muchas recompensas. Porque así gobierna el mundo también Dios, con el miedo al infierno y la promesa del Reino de los cielos. Hagamos así también nosotros con nuestros hijos.
Ejercitarlo como los atletas
Igual que en la palestra los atletas se ejercitan antes de las luchas con gente de casa para, una vez que han tenido éxito con aquellos, ser invencibles frente a sus adversarios, así también hay que educar al niño en casa.
Cuando se encolerice, recuérdale sus propias pasiones; cuando se enfade con un empleado, que mire a sí mismo si él mismo no ha cometido ninguna falta y cómo se sentiría él en tales circunstancias. Si ves que golpea o insulta a un empleado, pídele cuentas.
Que no sea ni blando ni brutal para ser, además de un hombre, un hombre moderado. Muchas veces, en efecto, necesitará el auxilio de su genio; por ejemplo, si un día él mismo tiene hijos o empleados.
La humildad
En toda ocasión es útil el genio. Solamente es inútil cuando nos defendemos a nosotros mismos. Es por ello que San Pablo no lo usa nunca en provecho propio, sino solo en interés de quienes han sido víctimas de una injusticia. Moisés se dejó llevar por su genio al ver que se cometía una injusticia contra un hermano, y además muy noblemente él, que era el más humilde de todos los hombres (Nm. 12, 3). Pero en cuanto lo insultaron, ya no se defendió, sino que huyó.
Así pues, que tenga esta única ley: no defenderse nunca a sí mismo cuando lo insulten o esté sufriendo daño, y no mirar nunca con indiferencia que otro soporte este trato.
También el padre...
También el padre será mucho mejor al enseñar estos principios y educándose a sí mismo. Porque, sino por otro motivo, siquiera por no echar a perder su ejemplo, se hará mejor.
De esta manera, que el niño aprenda a ser despreciado y humillado. Que no exija a ninguno de sus criados lo que suele hacer un señor, sino que en la mayoría de las cosas se sirva a sí mismo. Que sólo lo asistan los criados en aquellas cosas en que no es posible servirse a sí mismo para que no se entregue a ocupaciones que le obliguen a dejar de lado las tareas que le son propias.
Saber gobernar
Suaviza su genio, ordenándole que trate a los criados como a hermanos.
¿Acaso te parece que San Pablo dice sólo de pasada que el que no sabe gobernar su casa tampoco saber gobernar la Iglesia? (Cf. 1, Tm. 3, 5)
Dile, por tanto: "Si ve un algo estropeado por un criado, no te enfades ni le insultes, sino sé comprensivo". Así, partiendo de cosas sin importancia, soportará también los daños graves, ya sea la rotura de una correa o de una cadena de bronce. Es que los niños son difíciles cuando se trata de este tipo de pérdidas y antes darían la vida a dejar marchar impune al que se ha portado mal en esto.
Pues bien, es ahora cuando hay que ablandar la rudeza de su genio. Que sepas que quien ante estas cosas se muestra impasible y moderado, cuando se haya hecho un hombre también soportará con buen temple cualquier daño.
Por tanto, cuando el criado pierda o estropee una tablilla hecha de hermosa madera no le compres otra inmediatamente para apaciguar su ánimo; antes bien hazlo cuando veas que ya no la pide ni sufre por ello, cura entonces su irritación.
No se trata de menudencias; hablamos de medidas de gobierno para toda la Tierra.
Ablanda, pues, su genio para que nos dé a luz pensamientos moderados. Porque cuando no se deja llevar por la pasión frente a nadie, cuando soporta una pérdida, cuando no requiere servidumbre, cuando no se indigna si honran a otro, ¿qué motivo le queda para irritarse?
* La educación de los hijos y el matrimonio,
San Juan Crisóstomo, Biblioteca de Patrística,
Ed. Ciudad Nueva, Madrid-Buenos Aires,
1997, págs. 69-75
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