Cuarta Parte
La educación de los hijos,
según San Juan Crisóstomo
San Juan Crisóstomo nos enseña a tomar los recaudos necesarios
para enseñar a los niños a guardar la modestia en el sentido de la vista y del tacto,
asunto en el cual es necesario tener mucho cuidado *
La vista
Hay también otra puerta más hermosa que éstas pero difícil de guardar: la de los ojos. Y por eso se encuentra en lo alto, está abierta y es bella. Tiene muchos ventanillos, no sólo para mirar, sino también para que la miren si está bellamente torneada.
Aquí hacen falta leyes severas y una en primer lugar: no mandar nunca al niño al teatro [se refiere evidentemente a las piezas obscenas o embebidas de paganismo, comparables a nuestra televisión actual]. Que también en las plazas públicas el pedagogo esté atento a esto de manera muy especial, evitándolas a través de calles estrechas, y dé consejos en este sentido para que nunca reciba aquel daño.
Pensar en muchas cosas
Para que no reciba daño al ser mirado hay que pensar en muchas cosas. Hay que suprimir la mayor parte del aderezo, cortando el cabello que cubra su cabeza hasta darle un grave aspecto. Y si el niño se muestra descontento porque, según él, lo han despojado de un adorno, que aprenda en primer lugar que el mayor ornamento consiste en ésto.
Para que no mire son suficientes como custodia las historias aquellas: la de los hijos de Dios que cayeron sobre las hijas de los hombres, la de los sodomitas, el infierno y todas las demás.
Aquí especialmente debe tener mucho cuidado el pedagogo. Pero muéstrale otras bellezas y apartarás de allí sus ojos, por ejemplo, el cielo, el sol, las estrellas, las flores de la tierra, los prados, las lindezas de los libros. Que con esto deleite sus ojos. Hay también muchas otras cosas que no conllevan perjuicio.
En efecto, es difícil de guardar esta puerta ya que alberga fuego en su interior y, por decirlo así, una necesidad de orden natural.
Que aprenda canciones divinas. Si desde dentro no se despierta su atención, no desea tampoco mirar hacia fuera.
Matrimonio y castidad
Que oiga constantemente todo lo de José. Por lo demás, que aprenda lo relativo al reino de los cielos, cuán grande es la recompensa reservada a los castos.
Promete darle una linda esposa y hacerlo su heredero. Dirígele todo tipo de advertencias si ves que hace lo contrario y dile: "Hijo, no encontraremos una mujer virtuosa si no demuestras gran cautela y progreso en la virtud. Y para que perseveres, te casaré rápidamente".
Especialmente si es educado para no decir desvergüenzas, tiene echados desde el principio los cimientos de la circunspección.
Háblale de la belleza del alma. Haz nacer en él nobles sentimientos en relación con las mujeres. Dile que un hombre libre cuyo comportamiento es reprobado por una esclava es indigno de su condición. El joven libre debe poner cuidado en mantener una postura circunspecta y distante frente a las mujeres.
En efecto, el que habla se pone de manifiesto, pero el que mira no se pone de manifiesto -pues es rápido este sentido- y, aún sentado en medio de mucha gente, puede con sus miradas seducir a la que desee.
Que no entre en él nada vergonzoso. Que desprecie el lujo y demás cosas por el estilo.
El tacto
Hay todavía otra puerta, no del mismo tipo que éstas sino que se extiende por todo el cuerpo, a la que denominamos tacto. Parece cerrada, pero es como si estuviera abierta, dejando pasar así todo al interior.
A ésta no le permitamos el contacto ni con vestidos delicados ni con cuerpos. Hagámosla dura. Criamos un atleta, esto es lo que debemos pensar. Que no use, entonces, ni camas ni vestidos delicados.
El genio
Dicen que el lugar y la morada del genio es el pecho y el corazón que está en el pecho; el del deseo físico el hígado; el de la razón el cerebro.
El primero posee una virtud y un vicio. La virtud es el dominio de sí y la moderación, el vicio es la insolencia y la brusquedad. A su vez, el segundo tiene como virtud la castidad y como vicio la lujuria. La virtud de la razón es la prudencia y el vicio la insensatez.
Ocupémonos, entonces, de que en estos lugares no nazcan las virtudes y den a luz ciudadanos como ellas, pero no malos. Porque estas facultades del alma son como madres de pensamientos.
*“La Educación de los hijos y el Matrimonio”, San Juan Crisóstomo, Biblioteca de Patrística, Ed. Ciudad Nueva, Madrid-Buenos Aires, 1997, págs. 64-69
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