Tercera parte
La educación de los hijos,
según San Juan Crisóstomo
San Juan Crisóstomo nos enseña a tomar los recaudos
necesarios para que los niños no oigan nada inconveniente
de nadie y así, desde el principio, no reciban ninguna mala influencia *
El oído
Si el oído no consiente que nada pernicioso y corrupto cruce sus umbrales, no causa grandes dificultades a la lengua. Porque quien no oye desvergüenzas y maldades tampoco pronuncia desvergüenzas. Si esta puerta queda abierta a todos, dañará a la otra (la lengua) y sembrará confusión entre todos los de dentro.
Así, pues, que los niños no oigan nada inconveniente de nadie que esté próximo de ellos, ni de los hermanos, ni de los maestros ni de las empleadas. Téngase en cuenta que los niños, así como las plantas, necesitan de un mayor cuidado precisamente cuando están tiernos. De manera que preocupémonos por tener buenas personas que los rodeen para, desde la base, echarles buenos cimientos y, en una palabra, para que desde el principio no reciban ninguna mala influencia.
Historias con moralejas
Que no oigan, por tanto, necias historias. Al contrario, que oigan otros relatos de gran sencillez, por ejemplo, narraciones del Antiguo Testamento. Aunque el sentido profundo del relato supere el entendimiento del pequeño, adaptándolo a su nivel puede implantarse en la tierna mente infantil con tal de que manejemos bien el lenguaje. Que la madre, a su vez, le relate las mismas cosas. Luego, cuando las haya oído a menudo, pídasele: “Cuéntame la historia”. Y es entonces, una vez que haya retenido la historia, cuando le explicarás también su moraleja. Esto es posible por parte de quienes están cerca de los niños, pero no de todos. Porque no a todos ha de estarles permitido mezclarse con ellos. Antes bien, deben ser personas sobresalientes, como son sobresalientes los que se acercan a una estatua, quienes colaboren con nosotros en esta obra de arte.
Si fuéramos arquitectos y construyésemos una casa para un gran señor, no dejaríamos sin más que todos nuestros servidores se acercaran a la obra, ahora que construimos para el Rey del cielo una ciudad, ¿cómo no va a ser anormal que confiemos el trabajo a cualquiera?
Así pues, que no oigan historias inconvenientes. Pero cuando esté apesadumbrado por las fatigas del estudio -pues el alma gusta de entretenerse con los relatos de tiempos pasados- háblale apartándolo de todo tipo de niñería. Porque educas a un filósofo, a un atleta, a un ciudadano del cielo. Y endulza las historias, de manera que para el niño sean también algo placentero y que no se le canse el ánimo.
Una barrera en su oído
A través de las historias, muéstrale al niño que está mal pensar que uno puede esconderse de Dios, porque Él lo ve todo, también lo que se hace a escondidas. Si siembras en tu hijo esta doctrina, no tendrás necesidad de un pedagogo, porque este temor de Dios guarda a tu hijo más que cualquier otro temor y sacude su alma. Pero no es esto sólo. Llévalo también de la mano a la Iglesia. Y apresúrate a llevarlo especialmente cuando se lea la misma historia que le contaste. Verás que está radiante de alegría, que da saltos y se regocija porque él sabe lo que todos ignoran y que se adelanta a la lectura, la reconoce y saca gran provecho. De ahora en más deposita el asunto en su memoria.
Cuando haya crecido, que oiga también historias del Nuevo Testamento y además del Antiguo como lo de la gracia de Dios, lo del diluvio, lo de Sodoma, lo de Egipto, muy por extenso.
Con estas historias y otras miles alza una barrera en su oído.
Si alguien le cuenta cosas innobles, no consintamos en modo alguno que un tal se acerque a él. Si ves que en su presencia alguien dice obscenidades, castígalo inmediatamente y conviértete en severo y duro censor de las faltas.
De este modo no dirá nada inconveniente, si no oye nada inconveniente y es educado en estos principios.
Importancia del nombre
Inmediatamente con el nombre que les pongamos, infundamos celo por la virtud.
Entonces también os pido: que pongáis a vuestros hijos nombres de santos.
¡Qué gran ejemplo de virtud y qué estímulo es el nombre! Pues no encontraremos otro motivo para darle el nombre que el ser un recuerdo de la virtud. Tú -dice- serás llamado Cefas, que significa Pedro. ¿Por qué? Porque me has confesado. Y tú serás llamado Abraham. ¿Por qué? Porque serás padre de pueblos.
Partiendo entonces de aquí emprendamos también nosotros el cuidado de nuestros hijos y dirijamos su educación.
*“La Educación de los hijos y el Matrimonio”, San Juan Crisóstomo, Biblioteca de Patrística, Ed. Ciudad Nueva, Madrid-Buenos Aires, 1997, págs. 50-62
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