Segunda parte
La educación de los hijos,
según San Juan Crisóstomo
Continuamos con la trascripción de los pensamientos de San Juan Crisóstomo, extractados de su tratado sobre la “La Educación de los hijos y el Matrimonio”, en los que con su magnífica elocuencia, describe el alma del niño como una ciudad con “cinco puertas” que es necesario guardar
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La disposición del niño es muy favorable. Por eso, San Juan Crisóstomo aconseja hablarle de Dios siempre y establecer una ley: no injuriar a nadie, no hablar mal de nadie, no jurar, ser pacífico |
En la educación de los hijos establece leyes y aplícalas escrupulosamente porque una ciudad es la que fundamos hoy. Sean entonces las murallas y las puertas los cuatro sentidos. El resto del cuerpo sea igual que una fortaleza que tenga como puertas los ojos, la lengua, el oído, el olfato y, si quieres, también el tacto.
En efecto, a través de estas puertas entran y salen los habitantes de la ciudad, esto es, a través de estas puertas los pensamientos lo mismo se echan a perder como que siguen el camino recto.
Vigilar la entrada de la lengua
¡Vamos! Dirijámonos en primer lugar a la entrada de la lengua, pues ella es muy amiga de relacionarse. Y, antes de cualquier otra cosa, equipémosla con puertas y trancas, no de madera ni de hierro, sino de oro. Pues de oro es, verdaderamente, la ciudad que de esta manera vamos construyendo.
Porque no es un hombre, sino el propio Rey del universo quien va a habitar esta ciudad cuando esté dispuesta.
Equipémosla, pues, con puertas y trancas de oro, las palabras de Dios, como dice el profeta. “Las palabras de Dios son para mi boca más que la miel y el panal; muy por encima del oro y la piedra preciosa” (Sal. 19, 18, 11). Enseñémosle a tener estas palabras siempre en los labios, también en sus idas y venidas, no superficialmente ni de pasada ni de vez en cuando, sino continuamente.
Las hojas de la puerta no deben estar sólo revestidas con láminas de oro, sino que hay que hacerlas enteramente de oro, sólidas y macizas, y deben contener piedras preciosas en vez de piedras incrustadas por fuera nada más. Que la tranca de estas puertas sea la cruz de Cristo, fabricada toda ella con piedras preciosas y atravesada en la mitad de las dos hojas.
Cuando hayamos construido así las puertas, prepararemos también dignos ciudadanos. Son éstos las palabras santas y piadosas que enseñamos al niño a pronunciar. Y expulsemos a los hombres perniciosos que son las palabras ofensivas e injuriosas, las insensatas, las desvergonzadas, las mundanas, las frívolas. Expulsémoslas a todas.
Y para que ninguno atraviese estas puertas sino el Rey, para Él y para todos los suyos permanezca abierta esta puerta: acción de gracias sean sus palabras (Ef. 5, 3-4), himnos sagrados. Que se hable de Dios siempre, de la filosofía de lo alto.
Favorable disposición del niño
La disposición del niño es, ciertamente, muy favorable. No lucha por las riquezas ni por la gloria. Siendo así, ¿qué motivo tendría para la injuria y la maledicencia? Con los de su edad es toda su lucha.
Establece inmediatamente una ley: no injuriar a nadie, no hablar mal de nadie, no jurar, ser pacífico. Y si ves que transgrede la ley, castígalo. No obstante, cuando veas que ha sacado provecho, afloja, porque nuestra naturaleza necesita una cierta relajación.
Enséñale a ser bondadoso y amable. Si ves que se muestra insolente con el sirviente, no hagas la vista gorda, pues quien sabe que no puede ser insolente con su propio criado, mucho menos calumniará e injuriará al que tiene su mismo rango.
Si lo ves acusando a alguien, pon freno en su boca y háblale de sus propios pecados.
Aconseja también a la madre que diga estas cosas al niño, así como a sus educadores, de manera que sean guardianes todos por igual y vigilen que ninguno de aquellos malos pensamientos salga del pequeño, de esa boca que son puertas de oro.
Y no me vengas pensando que es un asunto que requiere mucho tiempo. Si desde el principio te aplicas a ello con rigor, basta con dos meses y todo está encarrilado, tomando las cosas la solidez de lo natural.
Esta puerta podría así llegar a ser digna del Señor, cuando no se pronuncie ni desvergüenza, ni chocarrería ni necedad, ni ninguna otra cosa, sino todo lo que sea conforme al Amo.
Porque si los que instruyen a sus hijos en la milicia terrenal les enseñan bien pronto a hacer campaña, a manejar el arco, a vestir el mando militar y a montar a caballo, y la edad no es impedimento alguno, con mucha más razón es preciso que quienes militan en el ejército del cielo se revistan con todo este adorno real.
Que aprenda, entonces, a entonar salmos a Dios para no perder el tiempo con canciones vergonzosas y relatos inoportunos.
Que esta puerta se fortifique así y que se elija entre aquellos ciudadanos. A los restantes, como las abejas a los zánganos, no los dejemos salir fuera ni zumbar.
*“La Educación de los hijos y el Matrimonio”, San Juan Crisóstomo, Biblioteca de Patrística, Ed. Ciudad Nueva, Madrid-Buenos Aires, 1997, págs. 44-50.
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