La educación de los hijos,
según San Juan Crisóstomo
Transcribimos algunos de los pensamientos de San Juan Crisóstomo, extractados de su tratado sobre la “La Educación de los hijos y el Matrimonio”, en los que con su magnífica elocuencia, exhorta, ruega y suplica a los padres para que, antes de cualquier otra cosa, eduquen constantemente a sus hijos *
Si en un alma todavía tierna se imprimen las buenas enseñanzas, nadie podrá borrarlas cuando se queden duras como marcas; lo mismo pasa con la cera.
Tienes a tu hijo en tus manos cuando todavía tiembla, se espanta y tiene miedo de una mirada, una palabra y cualquier otra cosa. Sírvete del comienzo para hacer lo conveniente.
Si tienes un hijo virtuoso, tú eres el primero que goza con sus buenas cualidades y luego Dios.
Lo tierno se presta a todo dado que todavía no tiene fijada su forma propia; por eso se deja modificar cómodamente en todos los sentidos. Pero lo duro, como si hubiera recibido una disposición especial en lo que a dureza se refiere, no sale de ella fácilmente ni se muda en otra disposición.
Como pintores
Por tanto, cada uno de vosotros, padres y madres, así como vemos a los pintores trabajar sus pinturas y sus estatuas con gran minuciosidad, ocupémonos de estas admirables estatuas.
Los pintores, en efecto, ponen delante la tabla y día a día van aplicando colores según convenga. Los que esculpen la piedra hacen también lo mismo, suprimiendo lo que sobra y añadiendo lo que falta.
Así también vosotros: como unos fabricantes de estatuas, emplead en eso todo vuestro tiempo fabricando maravillosas estatuas de Dios. Suprimid lo que sobre, añadid lo que falte y examinadlas cada día; qué cualidades naturales tienen, para hacerlas crecer, qué defectos naturales, para suprimirlos. Y con gran meticulosidad desterrad de ellos, en primer lugar, lo que esté relacionado con la intemperancia, pues esta pasión perturba especialmente las almas de los jóvenes. O mejor, antes de que la haya experimentado, enséñale a ser sobrio, a estar despierto, a velar en oración, a marcar todo lo que diga y haga con el signo de la cruz.
El alma del niño como ciudad
Piensa que eres un rey que tiene una ciudad bajo su dominio: el alma de tu hijo. Porque una ciudad es, realmente, el alma.
Y como en la ciudad unos roban, otros practican la justicia, otros trabajan, otros simplemente hacen todo de cualquier manera, así también la inteligencia y los pensamientos en el alma.
Unos combaten contra quienes cometen injusticia, como los soldados en una ciudad; otros cuidan del conjunto, del cuerpo y de la casa, como los hombres de Estado en las ciudades; otros dan órdenes, como los magistrados. Unos hablan de impudicias, como los libertinos, otros de cosas santas, como los castos; otros tienen una conversación ininteligible, como los niños; a unos les dan órdenes como a criados.
Así pues, necesitamos leyes para desterrar a los malos, seleccionar a los buenos y no dejar que los malos se subleven contra los buenos.
Porque es como en una ciudad, que si alguien establece leyes que conceden gran impunidad a los ladrones, el conjunto da un vuelco. Si los soldados no utilizan su valor para lo conveniente, causan daño a la totalidad. Si cada uno abandona el rango que le corresponde para pasarse a otro, echa a perder el buen orden con su ambición. Así ocurre precisamente en nuestro caso.
Una ciudad es, por tanto, el alma del niño. Una ciudad recién fundada y organizada. Una ciudad que tiene como ciudadanos a extranjeros todavía sin experiencia. A este tipo de gente es muy fácil educarla. Los que han crecido con un mal régimen político, como son los ancianos, difícilmente podrían cambiar; no es imposible, sin embargo, porque existe la posibilidad de que también ellos den media vuelta si quieren. Pero los que no tienen ningún tipo de experiencia sí que llegarían a admitir fácilmente las leyes que les impusieras.
Establece, pues, para esta ciudad y para sus ciudadanos, leyes y aplícalas escrupulosamente. Conviértete en juez de quienes las transgredan, porque de nada sirve establecer leyes si, además, no las sigue el castigo.
Nuestra legislación se extiende a toda la tierra habitada y una ciudad es lo que fundamos hoy.
Sean, entonces, las murallas y las puertas los cuatro sentidos. El resto del cuerpo sea igual a una fortaleza que tenga como puertas los ojos, la lengua, el oído, el olfato y, si quieres, también el tacto.
En efecto, a través de estas puertas entran y salen los ciudadanos de la ciudad, esto es, a través de estas puertas los pensamientos lo mismo se echan a perder como que siguen el camino recto.
*“La Educación de los hijos y el Matrimonio”, San Juan Crisóstomo, Biblioteca de Patrística, Ed. Ciudad Nueva, Madrid-Buenos Aires, 1997, págs. 40-44)
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