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Fatima

Visitas de la Imagen
de Nuestra Señora
de Fátima

La Virgen de Fátima en peregrinación
¿Ya llegó a su hogar? Muchas bendiciones de María Santísima están siendo obtenidas por los participantes de la Cruzada Reparadora del Santo Rosario que reciben en sus residencias la imagen peregrina de Nuestra Señora de Fátima.
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La santidad de la madre

El papel de la madre para formar a los hijos en la virtud y en la fidelidad a los principios perennes de la doctrina católica es insubstituible y particularmen-te importante en los tiempos actuales, en que la institución familiar está siendo atacada de modo inclemente.

“¡Feliz el hombre a quien Dios dio una santa madre!” exclamó Lamartine. Pese a los desvíos de su imaginación, Lamartine guardó siempre el recuerdo de la educación cristiana que le dio su madre. Dos años antes de su muerte, se acercó a comulgar en la semanade Pascua, al lado de su madre. Como dice Joseph de Maistre: “Si la madre tomó como un deber imprimir profundamente en la frente de su hijo el carácter divino, se puede estar prácticamente seguro de que la mano del vicio nunca lo borrará enteramente”.

¡Cuántas otras madres imprimieron profundamente, en el alma de los hijos, el respeto, el culto, la adoración de Dios, de quien ellas eran para ellos, por la pureza de vida, la imagen viva!
Como madre, la mujer cristiana santifica al hombre-hijo; como hija, edifica al hombre-padre; como hermana, mejora al hombre-hermano; como esposa, santifica al hombre-esposo.
Casi todos los santos hicieron remontar los orígenes de su santidad a su propia madre.

“Quiero hacer de mi hijo un santo” –decía la madre de San Atanasio. “Gracias mil veces, mi Dios, por habernos dado por madre una santa!” –exclamaron en ocasión de la muerte de Santa Emilia sus dos hijos, San Basilio y San Gregorio Nacianceno.

“¡Oh, Dios mío!, todo lo debo a mi madre”, decía San Agustín.
¿Quien nos dio a San Bernardo y lo hizo tan puro, tan fuerte, tan ardiente en el amor de Dios? Su madre, Aleth.
El mismo Napoleón tuvo que reconocer: “El futuro de un niño es obra de su madre”. Daniel Lesuer afirma: “Cuando se es alguien, es muy difícil que eso no se deba a la madre”. A alguien que lo felicitaba por tener desde la infancia amor a la vida de piedad, el Santo Cura d´Ars le dijo: “Después de Dios eso se debe a mi madre”.

Casi todos los santos recibieron de las madres las bases de su santidad.

“Es en el regazo de la madre –dijo Joseph de Maistre– que se forma lo que hay de más excelente en el mundo”.
La madre es en el hogar esa llama resplandeciente de que habla el Evangelio que irradia sobre todos la luz de la Fe y el fuego de la caridad divina. A ella incumbe vivificar en la familia la idea de la soberanía de Dios, nuestro primer principio y nuestro último fin, el amor y el reconocimiento que debemos tener por su infinita bondad, el temor de su justicia, el espíritu de religión que nos une a Él, la pureza en las costumbres, la honestidad de los actos y la sinceridad de las palabras, la dedicación y ayuda mutua, el trabajo y la templanza.

Cuántas familias llegaron, así, por obra de las mujeres, al más alto grado de consideración y prosperidad y también cuántas familias decaidas fueron reerguidas por ellas.

En el siglo XVI, Luis de Gonzaga estaba a punto de entrar en quiebra. Su mujer, Enriqueta de Clèves, asume el gobierno de la Casa y restablece el orden. Santa Juana de Chantal, a quien el matrimonio unió a “una casa con negocios muy enredados”, comenzó a reparar el mal a la mañana siguiente de las nupcias.

En todos los ámbitos sociales encontramos ejemplos análogos. “En las familias obreras, dice Augustin Cochin, la figura dominante es la de la mujer, la de la madre; todo depende de su virtud y termina siendo modelado por ella.”


Extractos del libro Espíritu de familia en el hogar, en la sociedad y en el Estado, Mons. Henri Delassus (1836-1921), Colección Talent de Bien Faire, Porto, 1999).

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