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Oración
en familia,
deber de justicia
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Santa
Teresita, genuflexa, reza en
el regazo de su madre |
Si en el mundo hay obras divinas, una de ellas
es la familia. Dios la ha creado para que fuera en el mundo
una imagen viva de su fecundidad, una manifestación
perpetua de su providencia, una prueba palpable de su amor.
La existencia y la felicidad de la familia dependen de Dios.
Por consiguiente, el culto de Dios, en el seno de la familia,
es un deber de estricta justicia.
El ejemplo arrastra
El padre ha recibido del Cielo una misión
sacerdotal: debe adorar, dar gracias, suplicar, pedir perdón
en nombre de aquellos cuyo jefe responsable es. Enseñar
a sus hijos, con sus lecciones y con sus ejemplos a conocer,
servir y amar a Dios: tal es el deber primordial del padre
de familia. La felicidad de todos descansa en el cumplimiento
de este deber.
El culto de Dios en el hogar doméstico
es necesario para educar a los hijos. En las rodillas de una
madre piadosa, en la escuela de un padre religioso es donde
recibe el niño la inolvidable revelación de
la bondad y del poder divinos.
¿Cómo no ha de ser bueno este Dios que ha creado
el corazón de la propia madre? ¿Cómo
dudar del poder sin límites de Aquel aquien su padre
adora? Así raciocina el niño.
El niño es esencialmente imitador: si
cree lo que se le dice, no hace más que lo que ve hacer.
El hijo de un padre indiferente abandona bien pronto toda
práctica religiosa; el hijo de un impío es bien
pronto un perverso. La experiencia es aquí más
decisiva que el raciocinio.
Oración en común
El acto principal del culto doméstico
es la oración en familia. Se necesitarían volúmenes
para explicar la necesidad y los frutos admirables de esta
oración en común. La oración, el catecismo,
la lectura de buenos libros, el canto religioso, etc., han
constituido, durante muchos siglos, la salvaguardia, la fuerza
y la felicidad del hogar cristiano.
¡Ah sí! ¡Nada es más apropiado para
mover el corazón de Dios y hacer descender sobre toda
una casa las bendiciones del cielo!. Una familia sin oración
es un cuerpo sin alma; un hogar sin altar no es más
que un sepulcro. Todo está muerto en una familia sin
Dios.
Texto
obtenido de:
“La Religión Demostrada-Fundamentos de la Fe católica
ante la razón y la ciencia”, P. A. Hillaire, 4ta.
ed.; Ed. Luis Gili, Barcelona, 1924, pp, 541-542. |