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En
la imagen se ve a Nuestra Señora del
Apocalípsis,
encandenando al Demonio y enviándolo
al Infierno. |
Finalmente, la exposición blasfema
en el Centro Cultural Recoleta salió del
centro de las atenciones.
Fue cerrada el sábado 28 de enero, un mes
antes de lo previsto, poco después de la publicación
de nuestro análisis Ante la furia anticatólica,
luto, lucha y oración (Fundación Argentina
del Mañana, La Nación, 13-1-05)
¿Por qué?
Si diéramos crédito a las versiones
difundidas por los medios, concluiríamos que
hubo un triunfo de la blasfemia: asistencia record
(¡¡¡se llegó a mencionar
la inverosímil cifra de 50.000 visitantes!!!),
400 noticias de prensa, una polémica que habría
favorecido a la muestra al punto que ya tendría
invitaciones para presentarse en otras ciudades argentinas
y del exterior.
Como si fuera poco, quienes agredieron a la Fe quieren
mostrarse ahora como víctimas -amenazadas por
bombas que nunca llegaron a confirmarse- y, así,
pretenden despertar compasión: la edad del
artista, el peligro de las tensiones y el agobio,
su embanderamiento con la causa de los derechos humanos
y de la libertad de expresión.
Sorpresa mayor: quienes actuaron con suma imprudencia,
insolencia y total falta de consideración al
montar una muestra blasfema al lado de la histórica
Basílica de Nuestra Señora del Pilar,
ostentan una actitud ecuánime, invocando, como
razón para el cierre anticipado, el luto de
la Ciudad de Buenos Aires por el trágico incendio
de una discoteca porteña el 30 de diciembre
ppdo.
Qué reacción tardía... ¡casi
un mes después del luctuoso suceso!
Entonces, ¿qué pensar?
Una pregunta se impone: ¿a quien favorece
esta versión de los hechos? No cabe duda: exclusivamente
a los promotores de la blasfemia, pues les permite
mostrarse nada menos que como ganadores, generosos,
prudentes, tolerantes, equilibrados y respetuosos,
pese a que el artista en cuestión se enorgullece
de haber fundado el club de impíos, herejes,
apostatas, blasfemos, ateos, paganos, agnósticos
e infieles.
Además, esa descripción de las cosas
facilita la tarea de denigrar a los defensores de
la Fe católica a los cuales señalan
como obsoletos, cerrados, peligrosos, enemigos de
la libertad y, por ende, irremediablemente perdedores
en un mundo que habría hecho suyo el prohibido
prohibir del viejo Mayo del 68 francés.
* * *
Los hechos, sin embargo, nos dejan la lección
contraria, muy animadora por cierto para quienes se
empeñaran en denunciar el carácter blasfemo
de una exposición que alteró la paz
de la ciudad de Buenos Aires en vísperas de
la Navidad.
No nos dejemos engañar: la muestra del Centro
Cultural Recoleta cerró con 30 días
de anticipación simplemente porque fracasó.
Si, fracasó pese a los tan alardeados 50.000
visitantes, número cuya veracidad nunca se
demostró. Testigos oculares lo desmienten categóricamente.
Nunca hubo largas filas ni aglomeraciones. Y hasta
hay quien esbozó una regla de tres simple para
concluir que, de haber habido tal cantidad de personas,
cada una se habría visto obligada a hacer todo
el recorrido en escasos quince o veinte minutos. ¡Vaya
maratón para una muestra artística sobre
una retrospectiva de 50 años!
Por lo demás, es harto conocida la abusiva
manipulación de cifras y estadísticas
en estos operativos de prensa para que el mito de
las mayorías juegue, siempre, a favor del desorden
y la transgresión.
* * *
Mas allá de los números, lo crucial
consiste en saber si, verdaderamente, la polémica
favoreció o no a la exposición.
De acuerdo a la versión que pretende disimular
el fracaso, los opositores a la blasfemia habrían
sido ingenuos pero eficaces propagandistas de la muestra,
al haber dado pie, con la discusión encendida,
a que los medios hablaran profusa y cotidianamente
de la misma.
A interpretar las cosas así, los católicos,
amordazados por el temor a producir ese indeseado
resultado, no tendríamos otra alternativa que
el humillante y vergonzoso silencio, inclusive frente
a las más brutales expresiones de odio anticristiano.
Pero no les creamos: es falso.
Es falso que denunciar y oponerse a la blasfemia
haya tenido como efecto causar una curiosidad incontenible
en multitudes.
Como ya dijimos, no hubo tal éxito. Ni siquiera
cuando convocaron a una manifestación de apoyo
al artista, durante el preventivo cierre determinado
por la Justicia. En la ocasión, concurrieron
menos de 2000 personas, pese a contar con el apoyo
de autoridades y las huestes de movimientos políticos
como Madres de Plaza de Mayo, Partido Obrero, Movimiento
Socialista de los Trabajadores, Izquierda Unida y
piqueteros.
Pero hay más. La polémica dejó
en evidencia que, objetivamente, muchas de las obras
presentadas en la muestra constituían un insulto
a Dios Nuestro Señor -a quien en justicia se
debe todo honor y toda gloria- a su Santisima Madre,
los santos y la Iglesia, y por ende a las convicciones
y sentimientos de la inmensa mayoría de nuestra
población.
Asi quedó al descubierto el verdadero rostro
de una revolución cultural anticristiana que
se mostró no solo en el Centro Cultural Recoleta,
sino tambien en las pintadas sacrílegas de
la Catedral, en los intentos de quitar los símbolos
religiosos de los edificios públicos y en los
proyectos de ley con los cuales se intenta socavar
la institución de la familia y desfigurar la
fisonomía cristiana de nuestra Patria.
Es falso también que los blasfemos hayan sido
quienes instalaron la polémica con la intención
de ganar terreno en la sociedad.
No es verdad: ellos hubieran preferido la vía
del consenso, la aceptacion lisa y llana de que, en
democracia, la blasfemia tiene derecho de ciudadanía,
y jamás imaginaron que la furia anticatólica
de un artista de izquierda, apadrinado por la Secretaria
de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, iba a despertar
la reacción victoriosa de la Fe contrariada
y les costaría, inclusive, la pérdida
masiva de los auspicios publicitarios.
Reacción victoriosa sí, aunque una
decisión judicial haya privilegiado una mal
entendida libertad de expresión sobre el respeto
debido a la Religión.
Reacción victoriosa sí, aunque hayan
reabierto la muestra para después cerrarla
anticipidamente con el tardío argumento de
un luto que, en realidad, ya cubría a la ciudad
desde el momento en que el Centro Cultural Recoleta
acobijó las obras de quien utilizó “el
pincel como arma de fuego” (cfr. www.madresfundadoras.org.ar,
3-12-04) para alimentar el odio contra el Divino Redentor
y la Iglesia.
* * *
¿Que pretenden entonces?
Pese al evidente fracaso, lo que quieren es desmoralizar
a los argentinos que conservamos el sentido del honor
y no estamos dispuestos a dejar avasallar aquello
por cuya afirmación nuestros mayores no dudaron
en derramar su propia sangre: la bendita herencia
de nuestra Fe católica, apostólica,
romana.
Abramos los ojos. No nos dejemos envolver por la metodología
de Antonio Gramsci en este operativo de guerra psicológica,
cuyo objetivo no puede ser otro sino desalentarnos,
dividirnos, hacernos perder toda esperanza y reducirnos
al silencio para, de ese modo, dejar el terreno libre
a quienes no descansan en su intento de desfigurar
a una Argentina nacida a la sombra de la Cruz.
* * *
En estos días en que recrudece el laicismo
en Europa y no faltan quienes lo quieran importar
a la Argentina, sigamos con todo empeno el divino
consejo: “Vigilad y Orad”...
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