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Nuestra
Señora de la Piedad

La Redención se consumó. Nuestro Señor
Jesucristo llevó el sacrificio hasta el fin
y, como Cabeza de la Iglesia, sufrió todo cuanto
tenía que sufrir.
Junto a la Cruz, de pie, estaba María
Santísima. ¿Cómo describir lo
que sufrió?
El Profeta Jeremías colocó
en labios del Redentor la siguiente exclamación
de aflicción “Oh vosotros cuantos pasáis
por el camino, mirad y ved si hay dolor como el dolor
mío” (Lam. 1, 12).
Estas palabras pueden asimismo aplicarse
al dolor de Nuestra Señora, pues no hubo igual
entre todas las meras criaturas de Dios.
¡Nuestra Señora de la Piedad! Así
invoca el pueblo fiel a la Virgen María cuando
la contempla, sentada, sosteniendo el cadaver de su
Divino Hijo. Piedad porque Ella es toda compasión;
compasión del Hijo; compasión de los
hijos, porque María Santísima, como
Madre de Él, es también Madre de todos
los hombres.
Nuestra Señora mira nuestros
dolores, nuestros sufrimientos, nuestras luchas. Nos
sonríe en el peligro, llora al ver nuestros
dolores, alivia nuestras tristezas y santifica nuestras
alegrías.
El amor de la Santísima Virgen
por cada uno, aún los peores pecadores, es
incomparablemente mayor que el de todas las madres
reunidas con relación a un hijo único.
A cada uno. A mí, a pesar de
todas mis miserias, infidelidades y defectos, me ama
con intimidad, me acompaña en todos los pormenores
de mi vida, conoce mis pequeños dolores, mis
pequeñas alegrías, mis pequeños
deseos. Nada le es indiferente.
Si supiésemos pedir, si comprendiéramos
la importunidad evangélica como una virtud
admirable, ¡seríamos minuciosamente im-portunos
con Nuestra Señora! Entonces, Ella nos daría
en el orden de la naturaleza, y principalmente en
el orden de la gracia, muchísimo más
de lo que jamás osáramos imaginarnos.
La
Santa Mortaja –
Grupo escultural de Caspicara (siglo XVII), Catedral
de Quito, Ecuador
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