Sublime diálogo de Almas
Plinio Corrêa de Oliveira
Reposas, Señor, en vuestro misérrimo y augustísimo pesebre, bajo los ojos de la Virgen, vuestra Madre, que vierten sobre Ti los tesoros propios de su respeto y su afecto. Jamás una criatura adoró con tan profunda y respetuosa humildad a su Dios. Nunca un corazón materno amó más tiernamente a su hijo.
Recíprocamente, jamás Dios amó tanto a una simple criatura. Y nunca un hijo amó tan plenamente, tan enteramente, tan superabundantemente a su madre. Toda la realidad de ese sublime diálogo de almas puede contenerse en estas palabras que señalan aquí todo un océano de felicidad, y que en ocasión bien diversa, habrías de pronunciar un día desde lo alto de la Cruz: “Madre, He Ahí A Tu Hijo. Hijo, He Ahí A Tu Madre” (Juan, 19, 26).
Y considerando la perfección de ese recíproco amor entre Tú y tu Madre, sentimos el cántico angelical que se alza desde lo más profundo de toda alma cristiana: “Gloria a Dios en lo más alto del Cielo, y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad” (Lc. 2, 14).
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