Brumas en los albores
de la civilización
Plinio Correa de Oliveira
Densa y plomiza, la niebla confiere a la naturaleza un alo de melancolía y tristeza, mientras desciende a la tierra y la cubre con un manto de misterio.
Desafiante y altanero, un castillo se destaca como algo triste en ese panorama. Su base, en la cima de una montaña, le sirve de muralla. Las torres cónicas, cubiertas de pizarra, apuntan al cielo en un movimiento irresistible hacia las alturas. Las nubes que circundan el castillo, lejos de entorpecer la visión, sirven como elemento de contraste, aumentando su gloria y su esplendor.
Momento fugaz de rara belleza, esta escena bien simboliza el contexto histórico en el que surgieron los castillos medievales.
De hecho, a partir del siglo IX, cuando el Imperio Carolingio se fragmentó, húngaros, normandos y sarracenos invadieron vastas regiones de Europa, cubriendo de muerte ciudades y regiones otrora florecientes.
El Estado desapareció. Solo algunas familias de noble estirpe resistieron el ataque de los bárbaros, construyendo para ello fortificaciones en puntos inexpugnables.
El castillo de Cochem (Alemania), reproducido en esta página, evoca aquellas circunstancias dramáticas en las cuales la civilización cristiana permaneció largo tiempo cubierta por las nubes cargadas de sangre y violencia de bárbaros e infieles.
Pasada la tempestad, santos misioneros salieron al encuentro de la humanidad pagana convirtiéndola al catolicismo. Al cabo de algunos siglos, el sol de la Edad Media impuso su esplendor disipando las brumas de una era de tinieblas y caos.
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