¡Oh, Tannenbaum!
En medio de la obscuridad de la noche, refulge el Árbol de Navidad, centellante en colores. Símbolo de luz y de vida, señala el nacimiento del Salvador: “En El estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz resplandece en las tinieblas, y en las tinieblas no comprenderán” (Jo. 1, 4-5).
En la paz o en la guerra, en la alegría o en la tristeza, en la tierra o en el mar, en el interior de las iglesias o en las plaza públicas, en todo lugar y en cualquier circunstancia, el Árbol de Navidad siempre evocará aquella Noche Feliz, Noche Sagrada en que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Ella es el encanto de las criaturas, que maravilladas, aguardan el momento de adorar el Niño Jesús en el Pesebre y de cantar al unísono con los Ángeles, “Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (Lc. 2, 14).
Durante el invierno europeo, cuando la naturaleza, cubierta por la nieve, parece muerta y estéril, las canciones infantiles alemanas celebran de modo especial el Tannenbaum, el pino navideño que, pleno de vitalidad, resiste el rigor del tiempo: “Oh, Tannenbaum, cuan verdes son tus hojas aún en invierno cuando nieva”.
Se dice que un hada, por encanto, convirtió un simple pino en una explosión de luces y colores. En sus ramas, suaves como la seda, brillaban campanas y fulguraban pequeñas esferas y guirnaldas doradas.
Es Navidad. Una alegría indescriptible que penetra en los corazones “Pues ha nacido un niño para nosotros, y se nos ha dado un hijo, el cual lleva sobre sus hombros el principado, y se llamará el Admirable, el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo venidero, el Príncipe de la paz” (Is. 9,6).
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