Tendencia a lo maravilloso
Los rayos de sol bañande oro
el mármol blanco del Taj-
Mahal, proyectando la silueta de las cúpulas y los minaretes sobre las aguas del canal que atraviesa sus jardines geométricos. En ese equilibrio y distinción, se mezclan con grandeza y misterio, en una atmósfera de esplendor mítico.
Tan fastuoso monumento –construído en el siglo XVII por el emperador Sha Jahan para servir de mausoleo a la emperatriz Mumtaz Mahal- representa el triunfo de la belleza arquitectónica de la India de los marahás.
La India misteriosa que otrora fascinó a los bravos navegantes portugueses. La India de los marcados contrastes culturales, que alberga en su territorio-continente decenas de pueblos, religiones y dialectos. Pero que, de lo más profundo de su misticismo –pagano y falso- aún conserva una poderosa tendencia a lo maravilloso.
Claro está que en ese monumento no hay nada que contenga un soplo de fe como en el caso, por ejemplo, de la Saint Chapelle, en París, suerte de antesala del Cielo. Solo le falta lo sobrenatural.
Por eso, esa India abierta a lo maravilloso, tan bien representada por el Taj-Mahal posee la nostalgias de los misioneros, del Apóstol Santo Tomás, que tanto trabajó para su conversión al cristianismo.
¡Cuanto nos agrada la idea de una India convertida a la Santa Iglesia Católica, purificada de lo sórdido del panteísmo! ¡Y sería admirable que un monumento tan soberbio como el Taj-Mahal fuese consagrado al culto de la obra prima de la creación: la Reina de los Cielos y de la Tierra!
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