La plenitud
de Nuestro
Señor Jesucristo
El Divino Redentor
contiene en Sí todos los
dones de todos los pueblos
E xiste en el hombre una limitación por la cual muchas perfecciones se excluyen. En Nuestro Señor Jesucristo, por el contrario, ninguna perfección está excluida.
Así podemos considerar a todos los pueblos de la Tierra: el francés, con su precisión, claridad y “l´esprit de répartie” (el espíritu de respuesta inmediata); el alemán, con su vigor, profundidad y sentido de lo sublime; el italiano, con su don teológico, su grandeza cultural, científica y arquitectónica y su sutileza y criterio diplomático; el español, con la variedad de dones que tiene en el arte, la literatura, la filosofía, la teología y el espíritu guerrero...
Si consideramos individualmente a cada pueblo –los árabes, los japoneses, los chinos, el que fuera– llegamos a la siguiente conclusión: cada cual tiene determinados dones, tiene esos y no puede tener otros. No es posible, por ejemplo, que un pueblo tenga al mismo tiempo el espíritu fino y leve del francés y el modo vigoroso y combativo del alemán. Son características que se excluyen.
Pero en Nuestro Señor Jesucristo es posible. Él, como cabeza de la humanidad, tiene en Sí todos los dones de todos los pueblos de la Tierra, coexistiendo armónicamente. A la suprema grandeza de espíritu, suma el encanto del francés, la fortaleza alemana, la sutileza política italiana, etc., etc. Pero todo elevado a un grado inimaginable.
Quien conversase con Nuestro Señor Jesucristo o simplemente lo viese, aún cuando sólo lo considerase del punto de vista humano, quedaría completamente deslumbrado.
Haciendo esta meditación y leyendo el Evangelio, entendemos mejor como el pueblo quedaba maravillado al ver pasar a Nuestro Señor. Por ejemplo, cuando fue entrando al desierto: la multitud lo siguió y se olvidó de llevar alimentos.
Sin embargo, hasta ahora hemos considerado sólo el aspecto terreno, pero no olvidemos que es Hombre-Dios; su naturaleza humana está unida a la naturaleza divina. En nuestro Salvador no hay dos personas sino una sola. Por lo tanto, además de esa perfección intelectual inimaginable, por la unión hipostática con la segunda Persona de la Santísima Trinidad tiene una plenitud de dones sobrenaturales, perfectamente deslumbrantes e insondables.
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