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Ha
nacido un niño para nosotros,
y se nos ha dado un hijo, el cual lleva
sobre sus hombros el principado (Is. 9, 6)
Habiendo dicho San Juan: ‘Y vimos la gloria
de Él Gloria como de Unigénito del Padre
lleno de gracia y verdad’. Los ángeles,
apareciendo como siervos y teniendo a su Señor,
hacían todas las cosas; pero Jesús aparece
como Señor, aunque en forma humilde; pero las
criaturas le conocieron como a su Señor: la
estrella guiando a los magos, los ángeles llamando
a los pastores y el niño saltando en el vientre
de su madre. Además el Padre da testimonio
de El desde los cielos, y el Paráclito descendiendo
sobre su cabeza.
“También la naturaleza toda gritó
diciendo que había venido el Rey de los cielos;
porque los demonios huían, todas las enfermedades
eran curadas, los muertos abandonaban sus sepulcros,
las almas pasaban del extremo de la malicia a la cumbre
más alta de la virtud.
“¿Y quien explicará dignamente
la filosofía de sus preceptos, la virtud de
las leyes celestiales, y el buen orden de su trato
angelical?” (San Juan Crisóstomo, in
Santo Tomás de Aquino, Catena Aurea, t. V,
Cap. I, v. 14-b).
* * *
Fue en medio de una terrible situación espiritual
y psicológica de la humanidad que, en Belén,
nació el Esperado por las naciones para restaurar
en la Tierra aquella convivencia con Dios, perdida
por nuestros primeros padres.
Tal vez aún sea mayor el caos de las almas
en nuestros días, caos que nos mueve a pedir,
con insistencia, la urgente realización de
la promesa hecha por Nuestra Señora en Fátima:
“Por fin Mi Inmaculado Corazón triunfará”.
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