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“Estaban velando en aquellos contornos
unos pastores, haciendo centinela de noche sobre su grey,
cuando un ángel del Señor apareció junto
a ellos, y cercólos con su resplandor una luz divina,
lo cual los llenó de sumo temor. Díjoles entonces
el ángel: No temáis pues vengo a daros una nueva
de grandísimo gozo para todo el pueblo. Y es que hoy
os ha nacido en la ciudad de David el Salvador, que es Cristo,
el Señor”. (San Lucas II, 8)
La noche estaba avanzada. Las tinieblas habían
llegado al auge de su densidad. Todo era inquietud e interrogantes
en torno al rebaño. Algunos pastores, relajados o vencidos
por el cansancio, quizás durmieran. Sin embargo, otros
había a quienes el celo y el sentido del deber no les
consentían el sueño. Vigilaban. Y presumiblemente
también oraban para que Dios apartase los peligros
que los rodeaban.
Súbitamente una luz resplandeció
y los envolvió: “la claridad de Dios los envolvió”.
Toda sensación de peligro se deshizo. Y les fue anunciada
la Solución de todos los problemas y de todos los riesgos.
Mucho más que los problemas y los riesgos de algunos
rebaños o de un pequeño puñado de pastores.
Mucho más que los problemas y los riesgos que ponen
en continuo peligro los intereses terrenos.
Sí, les fue anunciada la solución
de los problemas y riesgos que afectan lo que los hombres
tienen de más noble y más precioso: el alma.
Los problemas y los riesgos que amenazan, no
los bienes de esta vida, que tarde o temprano perecerán,
sino la vida eterna, en la cual tanto el éxito como
la derrota no tienen fin.
* * *
Sin la menor pretensión de hacer lo que se podría
llamar una exégesis del Texto Sagrado, no puedo dejar
de advertir que esos pastores, esos rebaños y esas
tinieblas también hacen recordar la situación
del mundo en el día de la primera Navidad.
Numerosas fuentes históricas de aquel tiempo lejano
nos relatan que se había apoderado de muchos hombres
la sensación de que el mundo había llegado a
un fracaso irremediable, de que un inextricable enmarañado
de problemas fatales les cerraba el camino, de que todos los
proyectos estaban agotados y que ya no se divisaba sino el
caos y la aniquilación.
Al mirar el camino recorrido desde los primeros días
de la Creación hasta entonces, los hombres podían
sentir una comprensible ufanía. Estaban en un auge
de cultura, de riqueza y de poder. Las grandes naciones del
Año I de nuestra era y sobre todo el super Estado romano,
¡cuánto distaban de las tribus primitivas que
vagaban por las vastedades, entregadas a la barbarie y azotadas
por adversidades de toda orden. Poco a poco, habían
surgido las naciones. Éstas habían tomado una
fisonomía propia, engendrado culturas típicas,
creado instituciones inteligentes y prácticas, abierto
caminos, iniciado la navegación y difundido por todas
partes, tanto los productos de la tierra como los de la naciente
industria. Abusos y desórdenes los había por
todas partes. Pero los hombres no los notaban por completo
pues cada generación sufre de una insensibilidad sorprendente
con los males de su tiempo.
Lo más crucial de la situación en que se encontraba
el Mundo Antiguo no estaba, pues, en que los hombres no tuvieran
lo que querían. Consistía en que “grosso
modo” disponían de lo que deseaban, pero después
de haber hecho laboriosa adquisición de esos instrumentos
de felicitad, no sabían qué hacer con ellos.
De hecho, todo cuanto habían deseado a lo largo de
tanto tiempo y tantos esfuerzos, les dejaba en el alma un
vacío terrible. Más aún, no raras veces
los atormentaba. Porque el poder y la riqueza de las que no
se sabe sacar provecho sirven tan sólo para dar trabajo
y producir aflicción.
Así, todo alrededor de los hombres era tinieblas.
Y en esas tinieblas, ¿que hacían ellos? Lo que
siempre hacen los hombres cuando la noche los cubre con su
manto. Unos corren a las orgías, otros se hunden en
el sueño. Otros, por fin –y cuán pocos-
hacen como los pastores. Vigilan a la espera del enemigo que
salta de la obscuridad para agredir. Se preparan para librar
rudos combates. Oran, con la mirada puesta en el Cielo obscuro
y las almas confortadas por la certeza de que el sol rayará
por fin y expulsará todas las tinieblas e iluminará
o hará volver a sus antros a todos los enemigos que
la obscuridad encubre e invita al crimen.
En el Mundo Antiguo, entre los millones de hombres aplastados
por el peso de la cultura y de la opulencia inútiles,
había hombres de elite que percibían toda la
densidad de las tinieblas, toda la corrupción de las
costumbres, toda la inautenticidad del orden, todos los riesgos
que rondaban a los hombres y, sobre todo, todo el “non
sense” a que conducían las civilizaciones fundamentadas
en la idolatría.
Estas almas de elite no eran necesariamente personas de una
instrucción o de una inteligencia privilegiadas. La
lucidez para percibir los grandes horizontes, las grandes
crisis y las grandes soluciones proceden menos de la penetración
de la inteligencia que de la rectitud del alma. Se daban cuenta
de la situación los hombres para los cuales la verdad
es verdad y el error es error. El bien es bien y el mal es
mal. Eran las almas que no pactan con los desmanes del tiempo,
acobardadas por las risas burlonas o por el aislamiento con
el cual el mundo cerca a los que no se conforman. Eran almas
de ese quilate, raras y dispersas por todas partes, existentes
entre señores y siervos, ancianos y niños, sabios
y analfabetos, que vigilaban en la noche, oraban, luchaban
y esperaban la Salvación.
La Salvación vino primero para los pastores fieles.
Pero cuando ocurrió todo cuanto nos cuenta el Evangelio,
ella se expandió fuera de los confines de Israel y
se presentó como una gran luz a todos aquellos que,
en el mundo entero, rechazaban como solución la fuga
en la orgía o en el sueño estúpido y
emoliente. Cuando vírgenes, niños y viejos,
centuriones, senadores y filósofos, esclavos, viudas
y potentados comenzaron a convertirse, bajó sobre ellos
el ciclo de las persecuciones. Ninguna violencia, sin embargo,
los hizo doblarse y cuando, en la arena, miraban serenos y
altivos a los césares, a las masas ululantes y a las
fieras, los Ángeles del Cielo cantaban: Gloria a Dios
en lo más alto de los Cielos y paz en la Tierra a los
hombres de buena voluntad.
Este cántico evangélico no lo oía ningún
oído. Pero conmovía a las almas. La sangre de
esos serenos e inquebrantables héroes se transformaba,
así, en semilla de nuevos cristianos.
El viejo mundo, adorador de la carne, del oro y de los ídolos,
moría. Un mundo nuevo nacía, basado en la Fe,
en la pureza, en la ascesis, en la esperanza del Cielo.
Nuestro Señor Jesucristo resolverá todo.
* * *
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| La
torre: símbolo de los hombres que vigilan en
las tinieblas, que luchan en el anonimato, que miran
el Cielo esperando con inquebrantable certeza a la
luz que volverá |
¿Existen aún hombres de buena voluntad auténticos,
que vigilan en las tinieblas, que luchan en el anonimato,
que miran el Cielo esperando con inquebrantable certeza a
la luz que volverá?
Sí, precisamente como en el tiempo de los pastores.
Los de la Fundación Argentina del Mañana
los encontramos por todas partes. En las calles, en las plazas,
en los aviones, en los rascacielos, en los sótanos
y también en los finos salones donde coexisten restos
de tradición con costumbres neopaganas. Vemos a esos
católicos en aquellos que reciben con una sonrisa franca
a los jóvenes que predican un ideal que no muere porque
está basado en Nuestro Señor Jesucristo. Los
vemos en aquellos que esperan una intervención de Dios
en la Historia, la cual eventualmente resulte una prueba purificadora
pero que cerrará un ciclo de tinieblas para abrir otra
era de luz.
A esos auténticos hombres de buena voluntad, a esos
genuinos continuadores de los pastores de Belén, les
propongo que entiendan como dirigidas a ellos las palabras
del Ángel: “No temáis pues vengo a daros
una nueva de grandísimo gozo para todo el pueblo. Y
es que hoy os ha nacido en la ciudad de David el Salvador”
Palabras proféticas que encuentran eco en la promesa
marial de Fátima. Podrá la Revolución
anticristiana difundir sus errores por todas partes. Podrá
hacer sufrir a los justos. Pero, por fin, como profetizó
Nuestra Señora en Cova de Iria, su “Inmaculado
Corazón Triunfará”.
Esa es la gran luz que, como precioso regalo de Navidad, deseamos
a todos nuestros lectores y más especialmente a todos
los genuinos hombres de buena voluntad.
Lea también:
El Arbol de Navidad
El presente de Navidad
Este artículo es una traducción adaptada
de “Luz, o grande presente”, Plinio Corrêa
de Oliveira, Folha de Sao Paulo, 26-12-1971)
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