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Fatima

Visitas de la Imagen
de Nuestra Señora
de Fátima

La Virgen de Fátima en peregrinación
¿Ya llegó a su hogar? Muchas bendiciones de María Santísima están siendo obtenidas por los participantes de la Cruzada Reparadora del Santo Rosario que reciben en sus residencias la imagen peregrina de Nuestra Señora de Fátima.
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“Estaban velando en aquellos contornos unos pastores, haciendo centinela de noche sobre su grey, cuando un ángel del Señor apareció junto a ellos, y cercólos con su resplandor una luz divina, lo cual los llenó de sumo temor. Díjoles entonces el ángel: No temáis pues vengo a daros una nueva de grandísimo gozo para todo el pueblo. Y es que hoy os ha nacido en la ciudad de David el Salvador, que es Cristo, el Señor”. (San Lucas II, 8)

La noche estaba avanzada. Las tinieblas habían llegado al auge de su densidad. Todo era inquietud e interrogantes en torno al rebaño. Algunos pastores, relajados o vencidos por el cansancio, quizás durmieran. Sin embargo, otros había a quienes el celo y el sentido del deber no les consentían el sueño. Vigilaban. Y presumiblemente también oraban para que Dios apartase los peligros que los rodeaban.

Súbitamente una luz resplandeció y los envolvió: “la claridad de Dios los envolvió”. Toda sensación de peligro se deshizo. Y les fue anunciada la Solución de todos los problemas y de todos los riesgos. Mucho más que los problemas y los riesgos de algunos rebaños o de un pequeño puñado de pastores. Mucho más que los problemas y los riesgos que ponen en continuo peligro los intereses terrenos.

Sí, les fue anunciada la solución de los problemas y riesgos que afectan lo que los hombres tienen de más noble y más precioso: el alma.

Los problemas y los riesgos que amenazan, no los bienes de esta vida, que tarde o temprano perecerán, sino la vida eterna, en la cual tanto el éxito como la derrota no tienen fin.

* * *

Sin la menor pretensión de hacer lo que se podría llamar una exégesis del Texto Sagrado, no puedo dejar de advertir que esos pastores, esos rebaños y esas tinieblas también hacen recordar la situación del mundo en el día de la primera Navidad.

Numerosas fuentes históricas de aquel tiempo lejano nos relatan que se había apoderado de muchos hombres la sensación de que el mundo había llegado a un fracaso irremediable, de que un inextricable enmarañado de problemas fatales les cerraba el camino, de que todos los proyectos estaban agotados y que ya no se divisaba sino el caos y la aniquilación.

Al mirar el camino recorrido desde los primeros días de la Creación hasta entonces, los hombres podían sentir una comprensible ufanía. Estaban en un auge de cultura, de riqueza y de poder. Las grandes naciones del Año I de nuestra era y sobre todo el super Estado romano, ¡cuánto distaban de las tribus primitivas que vagaban por las vastedades, entregadas a la barbarie y azotadas por adversidades de toda orden. Poco a poco, habían surgido las naciones. Éstas habían tomado una fisonomía propia, engendrado culturas típicas, creado instituciones inteligentes y prácticas, abierto caminos, iniciado la navegación y difundido por todas partes, tanto los productos de la tierra como los de la naciente industria. Abusos y desórdenes los había por todas partes. Pero los hombres no los notaban por completo pues cada generación sufre de una insensibilidad sorprendente con los males de su tiempo.

Lo más crucial de la situación en que se encontraba el Mundo Antiguo no estaba, pues, en que los hombres no tuvieran lo que querían. Consistía en que “grosso modo” disponían de lo que deseaban, pero después de haber hecho laboriosa adquisición de esos instrumentos de felicitad, no sabían qué hacer con ellos. De hecho, todo cuanto habían deseado a lo largo de tanto tiempo y tantos esfuerzos, les dejaba en el alma un vacío terrible. Más aún, no raras veces los atormentaba. Porque el poder y la riqueza de las que no se sabe sacar provecho sirven tan sólo para dar trabajo y producir aflicción.

Así, todo alrededor de los hombres era tinieblas. Y en esas tinieblas, ¿que hacían ellos? Lo que siempre hacen los hombres cuando la noche los cubre con su manto. Unos corren a las orgías, otros se hunden en el sueño. Otros, por fin –y cuán pocos- hacen como los pastores. Vigilan a la espera del enemigo que salta de la obscuridad para agredir. Se preparan para librar rudos combates. Oran, con la mirada puesta en el Cielo obscuro y las almas confortadas por la certeza de que el sol rayará por fin y expulsará todas las tinieblas e iluminará o hará volver a sus antros a todos los enemigos que la obscuridad encubre e invita al crimen.

En el Mundo Antiguo, entre los millones de hombres aplastados por el peso de la cultura y de la opulencia inútiles, había hombres de elite que percibían toda la densidad de las tinieblas, toda la corrupción de las costumbres, toda la inautenticidad del orden, todos los riesgos que rondaban a los hombres y, sobre todo, todo el “non sense” a que conducían las civilizaciones fundamentadas en la idolatría.

Estas almas de elite no eran necesariamente personas de una instrucción o de una inteligencia privilegiadas. La lucidez para percibir los grandes horizontes, las grandes crisis y las grandes soluciones proceden menos de la penetración de la inteligencia que de la rectitud del alma. Se daban cuenta de la situación los hombres para los cuales la verdad es verdad y el error es error. El bien es bien y el mal es mal. Eran las almas que no pactan con los desmanes del tiempo, acobardadas por las risas burlonas o por el aislamiento con el cual el mundo cerca a los que no se conforman. Eran almas de ese quilate, raras y dispersas por todas partes, existentes entre señores y siervos, ancianos y niños, sabios y analfabetos, que vigilaban en la noche, oraban, luchaban y esperaban la Salvación.

La Salvación vino primero para los pastores fieles. Pero cuando ocurrió todo cuanto nos cuenta el Evangelio, ella se expandió fuera de los confines de Israel y se presentó como una gran luz a todos aquellos que, en el mundo entero, rechazaban como solución la fuga en la orgía o en el sueño estúpido y emoliente. Cuando vírgenes, niños y viejos, centuriones, senadores y filósofos, esclavos, viudas y potentados comenzaron a convertirse, bajó sobre ellos el ciclo de las persecuciones. Ninguna violencia, sin embargo, los hizo doblarse y cuando, en la arena, miraban serenos y altivos a los césares, a las masas ululantes y a las fieras, los Ángeles del Cielo cantaban: Gloria a Dios en lo más alto de los Cielos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad.

Este cántico evangélico no lo oía ningún oído. Pero conmovía a las almas. La sangre de esos serenos e inquebrantables héroes se transformaba, así, en semilla de nuevos cristianos.
El viejo mundo, adorador de la carne, del oro y de los ídolos, moría. Un mundo nuevo nacía, basado en la Fe, en la pureza, en la ascesis, en la esperanza del Cielo.
Nuestro Señor Jesucristo resolverá todo.

* * *

La torre: símbolo de los hombres que vigilan en las tinieblas, que luchan en el anonimato, que miran el Cielo esperando con inquebrantable certeza a la
luz que volverá

¿Existen aún hombres de buena voluntad auténticos, que vigilan en las tinieblas, que luchan en el anonimato, que miran el Cielo esperando con inquebrantable certeza a la luz que volverá?

Sí, precisamente como en el tiempo de los pastores. Los de la Fundación Argentina del Mañana los encontramos por todas partes. En las calles, en las plazas, en los aviones, en los rascacielos, en los sótanos y también en los finos salones donde coexisten restos de tradición con costumbres neopaganas. Vemos a esos católicos en aquellos que reciben con una sonrisa franca a los jóvenes que predican un ideal que no muere porque está basado en Nuestro Señor Jesucristo. Los vemos en aquellos que esperan una intervención de Dios en la Historia, la cual eventualmente resulte una prueba purificadora pero que cerrará un ciclo de tinieblas para abrir otra era de luz.

A esos auténticos hombres de buena voluntad, a esos genuinos continuadores de los pastores de Belén, les propongo que entiendan como dirigidas a ellos las palabras del Ángel: “No temáis pues vengo a daros una nueva de grandísimo gozo para todo el pueblo. Y es que hoy os ha nacido en la ciudad de David el Salvador”

Palabras proféticas que encuentran eco en la promesa marial de Fátima. Podrá la Revolución anticristiana difundir sus errores por todas partes. Podrá hacer sufrir a los justos. Pero, por fin, como profetizó Nuestra Señora en Cova de Iria, su “Inmaculado Corazón Triunfará”.

Esa es la gran luz que, como precioso regalo de Navidad, deseamos a todos nuestros lectores y más especialmente a todos los genuinos hombres de buena voluntad.


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Este artículo es una traducción adaptada de “Luz, o grande presente”, Plinio Corrêa de Oliveira, Folha de Sao Paulo, 26-12-1971)

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