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Fatima

Visitas de la Imagen
de Nuestra Señora
de Fátima

La Virgen de Fátima en peregrinación
¿Ya llegó a su hogar? Muchas bendiciones de María Santísima están siendo obtenidas por los participantes de la Cruzada Reparadora del Santo Rosario que reciben en sus residencias la imagen peregrina de Nuestra Señora de Fátima.
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Octubre, mes del Rosario
Hace dos años, en octubre de 2001, comenzábamos en la Argentina la Cruzada Reparadora del Santo Rosario. Conmemoramos este aniversario recordando el origen de la fiesta del Rosario y la íntima relación de esta devoción - la más excelente después del santo sacrifico de la Misa- con el florecimiento de la Fe.

Nuestra Señora
de Lepanto
(Granada, España)

Origen de la fiesta del Rosario

La fiesta del Rosario fue instituida en el siglo XVI por el Papa San Pío V, en memoria de la gloriosa victoria de Lepanto sobre los turcos.

Como se sabe, los seguidores de Mahoma, después de haberse apoderado de Constan-tinopla, Belgrado y la isla de Rodas, pusieron en serio peligro la Europa cristiana.

En alianza con el Rey de España, Felipe II, y con la república aristocrática de Venecia, San Pío V les declaró la guerra. El joven guerrero Don Juan de Austria, medio hermano del Rey de España y comandante de la armada católica, recibió órdenes de dar combate lo más rápidamente posible y salió al encuentro de la flota turca para atacarla en el golfo de Lepanto (Grecia).

La batalla se trabó a lo largo de las islas Corfú, el 7 de octubre de 1571, mientras las cofradías del Rosario rezaban en todo el mundo por la victoria cristiana.

Los soldados de D. Juan de Austria se pusieron de rodillas para implorar el auxilio del Cielo y, a pesar de la inferioridad numérica, iniciaron el combate. Después de cuatro horas de terrible lucha, de las trescientas embarcaciones enemigas, sólo cuarenta lograron escapar. El resto de la flota musulmana fue echado a pique, y 40.000 infieles encontraron la muerte. ¡Europa estaba salvada!

En ese momento, en Roma, San Pío V tuvo una visión de la victoria. Se recogió a su Capilla para dar gracias a Dios y determinó que en adelante se celebrase el día 7 de octubre una fiesta en honor de Nuestra Señora de la Victoria, cuyo título fue cambiado a Nuestra Señora del Rosario por el Papa Gregorio XIII.

El florecimiento de la Fe

La costumbre de rezar Padrenuestros y Avemarías se remonta a la más remota antigüedad cristiana. Pero la oración meditada del Rosario, tal como la conocemos, se debe a Santo Domingo. Fue el Rosario su principal arma en la lucha contra los herejes albigenses del sur de Francia, en el siglo XIII.

Pasada esa esplendorosa época de Fe, poco a poco comenzó a disminuir la influencia de esa devoción.

Dos siglos más tarde, conforme a varias tradiciones, Nuestra Señora se apareció al célebre doctor y famoso predicador de la Orden dominicana Beato Alano de la Roche, del convento de Dinan en Bretaña.y lanzándole al cuello un Rosario de perlas le dijo:
"Hijo mío, conoces perfectamente la antigua devoción de mi Rosario, predicada y difundida por tu Patriarca y mi siervo Domingo y por los religiosos, sus hijos espirituales y tus hermanos. Pues ese ejercicio nos es extremadamente agradable, a mi Hijo y a mí, y es santamente utilísimo a los fieles.

"Cuando mi siervo Domingo comenzó a predicar mi Rosario en Italia, Francia, España y en otras regiones, fue tal la reforma del mundo, que parecían haberse transformado los hombres terrenos en espíritus angélicos o que los Ángeles hubieran descendido del Cielo a habitar la tierra. Los herejes se convertían maravillosamente a millares y los católicos ansiaban ardentí-simamente el martirio en defensa de la Fe.

"Gracias a esa devoción, se renovaron las limosnas, se fundaron hospitales y se edificaron templos. La santidad de los fieles, el desprecio del mundo, la autoridad del Pontífice, la justicia de los Príncipes, la paz de los pueblos y la honestidad de las familias, todo entonces florecía prodigiosamente. Nadie, pues, era considerado ver dadero cristiano, si no tuviese y recitase mi Rosario. Incluso los obreros, nunca ponían mano a sus ocupaciones antes de ofrecer en mi honor ese tributo y a Dios ese sacrificio. Tal era la gran reputación del santo Rosario que para mi no había ni hay culto más agradable después del augusto Sacrificio de la Misa.

"Ahora bien, yo deseo inmensamente la salvación y el bien de todos los fieles y pueden todos obtener fácilmente esa gracia por medio de esta devoción tan agradable a mí y a mi divino Hijo. Quiero, pues, que ella se restaure nuevamente en la Iglesia, para consolación de gran número de almas. Serás tú quien ahora predicará mi Rosario, exhortando a todos los fieles a recitarlo devotamente". (Prefacio al “Método de Rezar el Rosario” de San Luis María Grignion de Montfort, Editorial Santa María, Río de Janeiro, 1953, pp. 79 ss.)

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