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“El Código Da Vinci” es una novela de ficción anticatólica escrita por Dan Brown, con más de 30 millones de ejemplares vendidos en 30 idiomas y que próximamente se estrenará en película filmada por Columbia Pictures. “Cruzada” refuta los principales errores de la obra y demuestra que constituye
un impío ataque a la Fe

En una hábil narración sobre un hombre y una mujer que huyen de enemigos peligrosos, el autor de “El Código Da Vinci” expone una tesis que une la más sacrílega teología a un enfoque grotesco y erróneo de la Historia, inspirado en un sistema de creencias gnóstico 1, que pretende socavar la Fe y la credibilidad de la Iglesia Católica.

Para probarlo basta considerar que uno de los protagonistas de la obra –jefe intelectual e historiador de una Corte en la novela– afirma que el Nuevo Testamento fue una compilación de hombres del siglo IV para afirmar su poder político.

Además de constituir una maliciosa invención, tal aseveración pretende ignorar que la Iglesia Católica fue fundada por Nuestro Señor Jesucristo, el Verbo de Dios, y que es el Cuerpo Místico de Cristo, una Iglesia divinamente inspirada, universal, existente en el tiempo y en el espacio, no algo efímero y subjetivo. Como también que los Evangelios y la predicación de los Apóstoles reciben su autoridad del mismo Cristo.

“El Código Da Vinci” alude a textos antiguos descubiertos en Nag Hammadi (Egipto ,1945) como si fueran los evangelios supuestamente ocultados por la Iglesia primitiva, cuando en realidad se trata de documentos que repiten las primeras herejías gnósticas ya refutadas por los Padres de la Iglesia

Un fraude impío pretendidamente “científico”
Semejante invención no nos debe extrañar, pese a que Dan Brown declare en una nota que “todas las descripciones de arte, arquitectura, documentos y rituales secretos en esta novela son fidedignas”.

Ello es completamente falso. Los errores, las fantasías, las tergiversaciones y los simples chismes abundan a lo largo de todo el texto. La pretendida erudición es fraudulenta pues en la bibliografía utilizada escasean los libros serios de historia o arte, pero brillan en cambio las paraciencias, esoterismos y pseudohistorias conspirativas... de nulo valor científico.

La narrativa pretende fundamentar las más absurdas patrañas sobre Jesucristo y el origen de los Evangelios. Y a fin de dar aires de verosimilitud a la absurda tesis de que Jesús se habría casado con Santa María Magdalena, Brown se ve forzado a declarar que ¡la Iglesia trabajó durante 2000 años para suprimir esta verdad!

En realidad, lo que ocurre es que, fiel a los principios gnósticos, el autor del libro rechaza la idea de verdad, lo cual nos lleva a pensar en la pregunta cínicamente hecha por Pilatos “¿Qué es la verdad?” cuando tenia a la Verdad frente a él...

El análisis detallado de la increíble trama no añade nada a la idea principal de la historia que consiste en la búsqueda del Santo Grial, pero atención, no se trata del Cáliz de la Última Cena sino ¡del cuerpo de Santa María Magdalena quien, según la perniciosa imaginación del autor, habría concebido de Nuestro Señor Jesucristo!

Al difundir los textos antiguos descubiertos en Egipto a través de su libro Los Evangelios Gnósticos, la escritora norteamericana Elaine Pagels tuvo un relevante papel en la creación del clima favorable a la religión de la Nueva Era

“Evangelios Secretos” y “gnosticismo”
Todos los personajes, muchos de ellos adherentes al gnosticismo de la Nueva Era, están involucrados en esa búsqueda. Uno de los católicos “leales”, una bestia particularmente homicida, presentado como miembro del Opus Dei, es acusado de tratar de impedir que los héroes saquen a la luz el secreto: que el Grial son los hijos de Jesús y María Magdalena y que el primer dios de los “cristianos” gnósticos era femenino.

Se trata de una doctrina, entiéndase bien, de carácter anticristiano, opuesta a la Revelación de Jesucristo, y no una forma alternativa de cristianismo como algunos pretenden.

Uno de los protagonistas, a quien el autor reviste con las más excelsas cualidades y lo figura como perteneciente a la nobleza inglesa e historiador de la Corte, ataca salvajemente las verdades de Fe, valiéndose, sin embargo, de un descubrimiento auténtico.

El gnosticismo moderno obtuvo muchas ventajas cuando se encontraron cincuenta y dos textos antiguos enterrados en una vasija de arcilla, cerca de la ciudad egipcia de Nag Hammadi en 1945. Cuando las traducciones fueron divulgadas, los gnósticos sostuvieron rápidamente que las escrituras misteriosas eran, en realidad, los evangelios verdaderos ocultados por los que ellos denominaban líderes dominantes y opresores de la primitiva Iglesia.

Ahora bien, sólo cuatro de ellos llevan el nombre de “evangelios” y de ninguna forma contienen la riqueza e historicidad de sus cuatro homólogos en el Nuevo Testamento. Muchos Padres de la Iglesia, San Ireneo (125-203 d. C.) entre ellos, escribieron volúmenes refutando los errores allí contenidos, frecuentes en los escritos de los gnósticos de su tiempo.

Los textos hallados en Nag Hammadi están basados en las primeras herejías o bien son traducciones coptas de ellas. El texto más antiguo no data sino de alrededor del año 150 d.C. cuando la Iglesia ya estaba organizada y en pleno crecimiento. Así, el ruido hecho alrededor de estos pretendidos evangelios ocultos representa tan solo el
esfuerzo de quienes se empeñan en subvertir la verdadera Fe.

De todas maneras, no era su valor intrínseco lo que hizo valioso el hallazgo sino la forma en la que fue explotado por numerosos medios de comunicación anticatólicos de tendencia gnóstica. La publicación de los textos de Nag Hammandi tuvo como resultado una aceptación entusiasta de otros textos antiguos, especialmente uno llamado Evangelio de María Magdalena, de carácter apócrifo, es decir, no inspirado por Dios.

La escritora norteamericana Elaine Pagels, ganadora del Premio Nacional al Libro de la Universidad de Princeton, fue una gran difusora de esos documentos que comenta en su obra Los Evangelios gnósticos. Tuvo un relevante papel en la creación del clima favorable a la religión de la Nueva Era. En su búsqueda por unificar el Cristianismo con el budismo, ella no ve a Cristo como el Señor de la Historia, sino como un guía espiritual afín a un feminismo radical.

Ahora bien, como enseña la Iglesia, el Verbo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, asumió un cuerpo humano, conservando su naturaleza divina, y vino a la tierra a enseñarnos lo que debemos creer. En la Cruz selló su infinito amor por nosotros y nos abrió las puertas del Cielo.
Los gnósticos rechazan al Redentor. Creen que la salvación proviene de un conocimiento secreto que uno finalmente descubre dentro de sí mismo: es la “chispa divina” que se libera en todos nosotros.

Para ellos, Dios, el Creador del cielo y de la tierra es el mal, y el buen dios, el dios de la luz, está lejos, en la distancia, en algún lugar, teniendo poco que ver con nuestra vida diaria. Ya que en esta concepción gnóstica el pecado habría sido abolido o nunca existido, la única razón de la venida de Cristo habría sido liberar a las fuerzas de la luz.

La integridad, historicidad y autoría de los Evangelios demuestran que son documentos auténticos y que es imposible poner en duda los hechos allí narrados, como lo hace el libro “El Código Da Vinci”, sin rechazar al mismo tiempo toda ciencia histórica (Spinello Aretino - Los Cuatro Evangelistas -1387- Fresco S. Miniato al Monte, Florencia)

La autenticidad de los Evangelios
La tradición cristiana ha sido atacada reiteradamente al crearse confusión sobre la autoría de los cuatro Evangelios. Sin embargo, numerosos escritos anteriores al Credo de Nicea (compuesto antes del 323), como los de San Ireneo de Lyon, Tertuliano de Cartago y Orígenes de Alejandría, no sólo mencionan a los cuatro Evangelios, sino también brindan información suplementaria que aclara nuestro conocimiento sobre el propósito y las circunstancias de su redacción.

El Apóstol San Mateo escribió su Evangelio hacia el año 42. Lo hizo en hebreo para demostrar a los judíos que Jesús de Nazareth era realmente el Mesías anunciado por los profetas. El de San Marcos, discípulo de San Pedro, fue compuesto cinco o seis años más tarde, a petición de los cristianos de Roma deseosos de tener por escrito las enseñanzas del Apóstol. San Lucas, sacó los elementos para escribir su Evangelio en griego, entre los años 53 y 60, de las predicaciones de San Pablo, de los otros apóstoles y las que recogiera de los labios de misma Virgen María, a fin de presentar al Hombre-Dios como al Salvador del género humano. A fines del siglo I, San Juan escribió su Evangelio en Éfeso, en griego, a ruego de los obispos de Asia, para combatir las primeras herejías gnósticas sobre la divinidad de Cristo.

La difusión e integridad de los Evangelios puede ser probada comparando las citas del Nuevo Testamento de Irineo, Tertuliano y Clemente de Alejandría (150-215). Irineo cita al Nuevo Testamento 1.819 veces, Clemente 2.406 y Tertuliano nada menos que en 7.259 oportunidades. Una comparación entre estos textos y el Nuevo Testamento como existe hoy en día demuestra que las interpretaciones son esencialmente las mismas. Dada la existencia de 4.000 manuscritos o fragmentos muy antiguos, podemos afirmar que hay más evidencias manuscritas de los Evangelios que de cualquier otro clásico antiguo Griego o Latino y mucho más cercanas a los originales de sus autores.

La Divinidad de Cristo
La integridad, historicidad y autoría de los Evangelios demuestran que son documentos auténticos y que es imposible poner en duda los hechos allí narrados sin rechazar al mismo tiempo toda ciencia histórica.

Puede ser refutada entonces con toda seguridad una de las invenciones más monstruosas de “El Código Da Vinci” en el sentido de que “hasta ESE momento en la historia [año 323] Jesús era visto por Sus seguidores como un profeta mortal... un poderoso y gran hombre, pero no obstante, un HOMBRE. Un mortal.” (Destaques del original).
En su ingenio, el autor introduce en la novela al Emperador Constantino y al Concilio de Nicea (ambos profundamente distorsionados) para dar peso histórico a su afirmación, pero ahora nos limitaremos a comentar el tema de la divinidad de Cristo.

Basta tener claras las verdades más elementales de la Fe para dejar al descubierto las patrañas inventadas por Dan Brown para negar la divinidad de Cristo.

San Juan destruye ese error en la primera frase de su Evangelio: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios” (San Juan, 1-1). Así, San Juan declara enfáticamente que el Verbo Encarnado, Jesucristo, preexiste eternamente y es una persona divina, distinta pero consubstancial al Padre.

Jesucristo es Dios. Durante cuatro mil años, antes de nacer, es esperado, deseado, adorado por todos los pueblos de la tierra como el Hijo de Dios; su nacimiento es anunciado con milagros que manifiestan su divinidad; El mismo se afirmó como Dios ante sus apóstoles, delante del pueblo y, con toda solemnidad, ante los magistrados del tribunal de Caifás: “Tú lo has dicho” , responde Jesús a la pregunta del sumo sacerdote que lo conjura a decir si es el “Cristo, Hijo de Dios” (Mat. 26, 63-64). Acto seguido, el Sanedrín lo condenó a muerte. Es decir, Cristo aceptó voluntariamente la muerte por la verdad de Su divinidad.

“El Código Da Vinci” se hace eco de las más absurdas y blasfemas invenciones sobre Santa María Magdalena. Hermana de Marta y Lázaro, pública pecadora perdonada por Nuestro Señor, asistió, más muerta que viva, a la Pasión del Señor y fue encargada por el mismo Cristo de llevar a los discípulos la nueva de su Resurrección (Fra Angelico - Noli Me Tangere - 1440-41- Fresco, Convento di San Marco, Florencia)

¿Renace el clima de las primeras persecuciones?
Una observación histórica presente en la novela, sin embargo, es verdadera: hay básicamente dos fuerzas en el mundo, el bien y el mal, la verdad y la falsedad. Desde el Sermón de la Montaña hasta en la Última Cena, Nuestro Señor puso énfasis en el conflicto eterno e irreconciliable entre el espíritu del mundo y el espíritu de Dios, de lo que resultaría una feroz persecución a su Santa Iglesia.

De hecho, la Iglesia sufrió varios siglos de persecución, herejías y dos olas de invasiones bárbaras. Instaurada la Cristiandad, durante la Edad Media “la filosofía del Evangelio gobernaba a los Estados (...) [la] energía propia de la sabiduría de Cristo y su divina virtud, habían compenetrado las leyes, las instituciones y las costumbres de los pueblos, impregnando todas las capas sociales y todas las manifestaciones de la vida de las naciones”. Es entonces cuando “la Religión fundada por Jesucristo, firmemente colocada en el sitial de dignidad que le correspondía, florecía en todas partes, gracias al favor de los príncipes y la legítima protección de los magistrados.” (León XIII, Encíclica Inmortale Dei, Encíclicas Pontificias, tomo I, pág. 329, Editorial Guadalupe, 1963, Buenos Aires).

En determinado momento, la civilización tomó el rumbo opuesto y fue sacudida por tres grandes convulsiones, una de carácter cultural y después otras en el campo religioso, político y socio-económico. Hoy parecería que renace el clima de las primeras persecuciones, una furia anticatólica cuyo espíritu queda al descubierto en la perversa obra “El Código Da Vinci”.


Notas:
1 El “gnosticismo” constituye una grave amenaza para la Iglesia desde los primeros siglos del cristianismo. El nombre proviene del hecho de que los miembros de este movimiento afirmaban tener conocimientos especiales y ocultos, superiores a los de los creyentes ordinarios.

En el centro de la doctrina gnóstica está el “dualismo” en el que identificaban el mal con la materia, la carne o las pasiones, y el bien con una sustancia poemática o espíritu. La figura de Cristo era para los gnósticos un mito más en su visión del mundo.

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