Pelear hoy el combate del Señor
con el ejército de los ángeles buenos
Nunca ha sido tan necesaria como hoy la devoción a los santos Ángeles para pedir con insistencia su protección, cuando agoniza lo que resta de la civilización cristiana y los actos de satanismo, velados o declarados, ganan derecho de ciudadanía.
Con este artículo -que sigue las líneas generales de la enseñanza católica sobre el asunto sin entrar en las legítimas diferencias que existen sobre algunos puntos de la angeología- queremos contribuir a difundir esta devoción.
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Cortonese: Catedral de Orvieto, Italia |
Al crear Dios tanta variedad de seres corporales, quiso crear también seres inmateriales, espirituales, incorpóreos, invisibles e incorruptibles como los ángeles. Sus perfecciones representan plenamente la bondad y la omnipotencia del Señor que los creó de la nada.
Según la opinión de varios doctores de la Iglesia, los ángeles fueron creados al inicio de la creación del universo. Son incorruptibles e inmortales, pues como no tienen cuerpo, no están sujetos a la muerte, al frío y al calor, al hambre y a la sed, al cansancio o las enfermedades, ni a ninguna de las miserias a las que está sometido el cuerpo humano. Están dotados de una movilidad sin parangón en la tierra, pues tienen la rapidez del pensamiento. Tienen, desde su creación, un conocimiento perfecto y consumado de todas las cosas que pueden conocer naturalmente. Además su voluntad es constante y eficaz, y quieren tan cabalmente lo que eligen que nunca se apartan de lo escogido.
Ministerio de regir y conservar el mundo
El número de los ángeles excede el de las cosas corporales y materiales, pues Dios, en su perfección y con su poder infinito, creó seres tanto más numerosos cuanto más perfectos.
Los ángeles son los principales ministros de la Divina Providencia para regir y conservar al mundo. Dirigen el movimiento del mundo sideral y con su concertada acción e influencia rigen la vida, variedad, distinción y belleza que hay en las criaturas corporales. Presiden los países, estados, provincias y ciudades, son los conservadores de todas las especies visibles, distribuidores de los dones y ejecutores de la voluntad de Dios.
Cada hombre desde el primero hasta el último, tuvo, tiene y tendrá, como nos enseña la Santa Madre Iglesia, un ángel de la guarda. La única excepción fue Nuestro Señor Jesucristo en su naturaleza humana porque, como también es Dios, no tuvo necesidad de ángel de la guarda.
Todos los hombres sin excepción, sean buenos o malos, fieles o infieles, tienen un ángel custodio y en consecuencia éstos son millones.
Maravilla mayor es que cada ángel difiere de los otros siendo único en su especie, como un inmenso campo cuajado de numerosísimas flores donde no hay dos de una misma especie.
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En las Sagradas Escrituras la presencia de los ángeles es citada con frecuencia.
Demonios expulsados de Arezzo- Giotto di Bondone, (sec. XIII-XIV). Basílica Superior de Asis. |
Papel de los ángeles según su jerarquía
Consideremos los tres primeros coros angélicos; los Serafines, ángeles del primer coro (del griego “séraf” abrasar, quemar, consumir) exceden a los demás por el fervor de su caridad. Los Querubines (del hebreo “cherub” que San Jerónimo y San Agustín interpretan como “plenitud de sabiduría y ciencia”) sobrepasan a los inferiores en la plenitud de su ciencia. Los Tronos, el tercer coro, llamados algunas veces sedes de Dios, sedes del Todopoderoso, exceden a los inferiores en la visión de Dios, o con más precisión en la comprensión de la razón de las obras divinas.
Los ángeles de los tres coros siguientes tienen mayor relación con la conducción general del universo. Se llaman Dominaciones, los que distribuyen sus funciones y ministerios a los ángeles inferiores. Virtudes se llaman los que ejecutan las directrices respecto del gobierno universal del mundo y de la Iglesia y para esto realizan prodigios y milagros extraordinarios. Potestades se llaman quienes mantienen a las criaturas en el orden deseado por la Providencia e impiden eficazmente que sea perturbado por los esfuerzos de los demonios o cualquier otra causa maligna. Por último los tres coros angélicos inferiores intervienen en la conducta particular de los Estados y las personas, presiden los países, provincias y diócesis. Los Principados tienen una intendencia más extensa y universal. Los enviados por Dios para ejecutar tareas de gran importancia y llevar mensajes de consideración se llaman Arcángeles y por último, los que tienen como misión guardar a cada hombre en particular para desviarlo del mal y encaminarlo al bien, defenderlo contra sus enemigos visibles e invisibles y conducirlo a la salvación se llaman Ángeles, “por la apropiación que se les hizo del nombre común a todos los espíritus celestes”.1
“Hubo en el Cielo una gran batalla”
¿Cómo fue la caída de los ángeles malos? El conocido teólogo y autor francés Mons. Henri Delassus explica: “Desde su creación Dios llamó a la innumerable multitud de ángeles a contraer con Él una alianza de amistad tal que, si permanecían fieles, gozarían de la vista de su Ser, lo contemplarían cara a cara, penetrarían en su vida íntima y participarían de ella.. Su bondad los llenó de amor, ellos debían corresponder a esa anticipación”. 2
Santo Tomás dice que todos los ángeles, sin excepción, bajo la moción de Dios, hicieron al principio un primer acto bueno, que los dirigió hacia Dios como autor de la naturaleza. Les faltaba un segundo acto de amor más perfecto, el acto de caridad, el acto de amor sobrenatural. La gracia los invitaba, los llevaba a volverse a Dios en cuanto es objeto de beatitud. 3 No todos los ángeles correspondieron. Mientras San Miguel y el gran número que lo seguía acudieron con entusiasmo y gratitud al llamado divino, Lucifer y sus seguidores se negaron a inclinarse ante la magnificencia divina.
Sea como fuera, San Juan dice en el Apocalipsis: “Hubo en el cielo una gran batalla: Miguel y sus ángeles peleaban contra el dragón, y el dragón y sus ángeles peleaban contra él, y no pudieron triunfar ni fue hallado su lugar en el cielo. Fue arrojado el dragón grande, la antigua serpiente llamada diablo y Satanás que extravía a toda la redondez de la tierra, y fue precipitado en la tierra y sus ángeles fueron con él precipitados” (Ap. 12, 7-9)
“Dominadores de este mundo de tinieblas”
Como dice San Pablo “no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus inmundos esparcidos por los aires” (Ef. 6, 12).
Que la acción del demonio es hoy más eficaz que en otros tiempos lo demuestra el grado de maldad a que llegó el mundo contemporáneo. El P. Aureliano Martínez O.P., comentando a Santo Tomás, dice que “el demonio tiene doctrinas perversas, a las cuales el Apóstol llama: espíritu del error y enseñanzas del demonio” (1 Tim. 4, 1) con las cuales el dios de este mundo, ciega la inteligencia de los hombres para que no brille en ellos la luz del Evangelio (2 Cor. 4, 4), doctrinas que propala mediante falsos apóstoles y operarios engañadores que se disfrazan de apóstoles de Cristo (2 Cor. 11, 13-14) tentando a los fieles de incontinencia (1 Cor. 7, 5) y de ira (Ef. 4, 27) 4.
En cambio, Santo Tomás enseña que los ángeles buenos, aunque por naturaleza pertenezcan a una jerarquía inferior a la de algunos demonios, (por ejemplo en relación a Satanás) siempre tienen dominio sobre él y los demás ángeles caídos. Pues gozan de la perfección de la amistad con Dios, de la que están privados los demonios y esta perfección es superior a la mera excelencia natural, la única que permanece en los demonios. 5
De igual modo sucede con el hombre que por la gracia santificante está ligado al orden sobrenatural. Lo sobrenatural establece entre los seres una jerarquía de orden superior y así el hombre en estado de gracia puede sustraerse al imperio del demonio; y para que pierda esa prerrogativa que la gracia le da el demonio se esfuerza en arrastrarlo al pecado, como dice San Juan “Todo el que comete pecado es esclavo del pecado” (Jn 8, 34) y por consiguiente del demonio.
El demonio trata de infiltrarse en la propia Iglesia
Mons. Delassus teje respecto de la acción diabólica consideraciones que merecen destacarse: “Lucifer puede prometerse un imperio sobre la tierra semejante al que conserva en los infiernos sobre quienes lo han seguido en la apostasía. Domina a todos los hijos del orgullo. […] Satán se hizo erigir templos y altares en todos los lugares de la tierra y consiguió un culto tan impío como supersticioso. […] es necesario reconquistar el reino que constituyó, es el magnum praelio del cielo que proseguirá sobre la tierra en las mismas condiciones”
“La Iglesia frecuentemente parecerá exangüe –prosigue Mons. Delassus– y siempre de su muerte aparente sacará una vida nueva. El duelo ha de darse primero entre cada alma y su tentador.[…] para reconquistar su imperio Satanás atacará el cuerpo social como ataca a las personas ´pondré enemistades entre tu descendencia y la de Ella´ […] [Satanás] dice que su triunfo estaría asegurado para siempre si consiguiese formar en el seno de la propia Iglesia una sociedad de hombres que permanecieran mezclados con los católicos, como la levadura se mezcla con la masa, para producir una fermentación secreta, que tardaría en desenvolverse varios siglos si fuera necesario, pero que llegaría infaliblemente a expulsar del cuerpo de la Iglesia el espíritu sobrenatural. […] espera alcanzar por ese envenenamiento lento, insensible e ignorado la disolución completa del Reino de Dios sobre la tierra”. 6
A esta conspiración el autor la llama Revolución. Muestra como obtuvo victorias con el protestantismo, el humanismo y el enciclopedismo y llega hasta los modernistas que eran los herejes recién infiltrados en la Iglesia de su tiempo.
En su obra maestra Revolución y Contra-Revolución, Plinio Corrêa de Oliveira afirma que “estamos en los lances supremos de una lucha, que llamaríamos a muerte si uno de los dos contendientes no fuera inmortal, entre la Iglesia y la Revolución. […] La primera, grande, eterna revolucionaria, inspiradora y autora suprema de esta revolución, como de las que la precedieron y la sucederán, es la serpiente, cuya cabeza fue aplastada por la Virgen Inmaculada”. 7
De ahí la urgente necesidad de recurrir a la Reina de los Ángeles en este momento tan caótico como el que vivimos.
Pidamos a San Miguel Arcángel que ruegue al Dios de la paz por nosotros, para que El “aplaste a Satanás bajo nuestros pies, a fin de que no pueda más mantener cautivos a los hombres y hacer mal a la Iglesia”. Y presente “al Altísimo nuestras oraciones a fin de que sin tardar el Señor nos haga misericordia” y “contenga al dragón, la antigua serpiente, que es el demonio y satanás, y lo lance encadenado al abismo para que no seduzca más a las naciones”. 8
Notas
1 - Cfr. Les Petits Bollandistes, Paris, 1882, tomo 11, pp.501-502
2 - Mons. Henri Delassus, La Conjuration Antichrétienne, Société Saint-Agustin - Desclée, De Brouwer et Cie, Lille, 1910, tomo III, p. 777.
3 - Cfr. Suma Teológica, París I, Q. 63, A, 5, apud Mons. Delassus, op. cit., p. 768.
4 - Cfr. “Tratado de los Ángeles”, Introducción, p. 511, apud Gustavo Antonio Solimeo y Luis Sergio Solimeo, “Anjos e demonios- A luta contra o poder das trevas”, Artpress, Sao Paulo, 1996, pp. 80-81.
5 - Cfr. Suma Teológica, I, q. 109, a, 4
6 - Mons. Delassus, op. cit., tomo III, pp. 780-803.
7 - Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución, S. Paulo, 4ta. edición en portugués, 1998, Parte I, cap. VI y Conclusión.
8 - Exorcismo contra Satanás y los ángeles apóstatas, Ritualem Romanunm, tit. XI c. 3
Otras obras consultadas:
Dictionnaire de Théologie Catholique, Letouzry et Ané, Éditeurs, Paris, 1903, tomo 1º, entrada «ángel », columnas 1189 y ss.
P. Pedro de Ribadaneira, Flos Sanctorum, apus Dr. D. Eduardo Ma Vilarrasa, la Leyenda de Oro, L. González y Compañía –Ed, Barcelona, 1897, 3º tomo, pp. 635 y ss.
Gabriel C. Galache, Los Ángeles, Ediciones Loyola, San Pablo, 1994.
Joâo da Silva Passos, La Verdad sobre los ángeles, Ediciones Ave María, San Pablo, 1995.
P. Paul O’Sullivan, O.P. All about the Angels, TAN Books and Publishers, Inc., R ockford, USA, 1990.
María Pía Giudici, Oe Anjos existem!, Ediciones Loyola, San Pablo, 1995.
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