
V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Llegó por el fin el ápice de todos los dolores.
Es un ápice tan alto, que se envuelve en las nubes
del misterio. Los padecimientos físicos alcanzaron
su extremo. Los sufrimientos morales alcanzaron su auge. Otro
sufrimiento debería ser la cumbre de tan inexpresable
dolor: “Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me abandonasteis?” De un cierto modo
misterioso, el propio Verbo Encarnado fue afligido por la
tortura espiritual del abandono en que el alma no tiene consolaciones
de Dios. Y tal fue ese tormento, que Él, de quien los
evangelistas no registraron ni una sola palabra de dolor,
profirió aquel grito lacerante: “Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Sí, ¿por qué? ¿Por qué,
si Él era la propia inocencia? Abandono terrible seguido
de la muerte y de la perturbación de toda la naturaleza.
El sol se veló. El cielo perdió su esplendor.
La tierra se estremeció. El velo del templo se rasgó.
La desolación cubrió todo el universo.
¿Por qué? Para redimir al hombre. Para destruir
el pecado. Para abrir las puertas del Cielo. El ápice
del sufrimiento fue el ápice de la victoria. Estaba
muerta la muerte. La tierra purificada era como un gran campo
devastado para que sobre ella se edificase la Iglesia.
Todo esto fue, pues, para salvar. Salvar a los hombres.
Salvar a este hombre que soy yo. Mi salvación costó
todo este precio. Y yo no regatearé más sacrificio
alguno para asegurar salvación tan preciosa. Por el
Agua y por la Sangre que vertieron de vuestro divino Costado,
por los dolores de María Santísima, Jesús,
dadme fuerzas para desapegarme de las personas, de las cosas
que me pueden apartar de Vos.
Mueran hoy, clavados en la Cruz, todas las amistades, todos
los afectos, todas las ambiciones, todos los deleites que
de Vos me separaban.
Padre Nuestro, Ave María, Gloria
V. Ten piedad de nosotros, Señor.
R. Ten piedad de nosotros.
V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia
de Dios, descansen en paz.
R. Amén.
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