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Jesús cae por tercera vez

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Estáis, Señor mío, más cansado,
más débil, más llagado, más exangüe
que nunca. ¿Qué Os espera? ¿Llegasteis
al término? No, precisamente lo peor está por
suceder. El crimen más atroz aún está
por ser cometido. Los dolores mayores aún están
por ser sufridos. Estáis por tierra por tercera vez
y, sin embargo, todo esto que quedó atrás no
es sino un prefacio. Y he aquí que Os veo nuevamente
moviendo ese Cuerpo que es todo él una llaga. Lo que
parecía imposible se opera y una vez más Os
ponéis de pie lentamente, aunque cada movimiento sea
para Vos un dolor más. Estáis, Señor,
de pie, una vez más... con vuestra Cruz. Supisteis
encontrar nuevas fuerzas, nuevas energías y continuáis.
Tres caídas, tres lecciones iguales de perseverancia,
cada una más pungente y más expresiva que la
otra.
¿Por qué tanta insistencia? Porque es insistente
nuestra cobardía. Nos resolvemos a tomar nuestra cruz,
pero la cobardía vuelve siempre a la carga. Y para
que ella quedase sin pretextos en nuestra flaqueza, quisisteis
Vos mismo repetir tres veces la lección.
Sí, nuestra flaqueza no puede servirnos de pretexto.
La gracia, que Dios nunca niega, puede lo que las fuerzas
meramente naturales no podrían.
Dios quiere ser servido hasta el último aliento, hasta
la extenuación de la última energía y
multiplica nuestra capacidad de sufrir y de actuar, para que
nuestra dedicación llegue a los extremos de lo imprevisible,
de lo inverosímil, de lo milagroso. La medida de amar
a Dios consiste en amarlo sin medida, dice San Francisco de
Sales. La medida de luchar por Dios consiste en luchar sin
medida, diríamos nosotros.
Yo, sin embargo, ¡cómo me canso de prisa! En
mis obras de apostolado, el menor sacrificio me detiene, el
menor esfuerzo me causa horror, la menor lucha me pone en
fuga. Me gusta el apostolado, sí. Un apostolado enteramente
conforme con mis preferencias y fantasías, al que me
entrego cuando quiero, como quiero y porque quiero. Y después
juzgo haber dado a Dios una inmensa limosna.
Pero Dios no se contenta con esto. Para la Iglesia, Él
quiere toda mi vida, quiere organización, quiere sagacidad,
quiere intrepidez, quiere la inocencia de la paloma, mas también
la astucia de la serpiente; la dulzura de la oveja, mas la
cólera irresistible y avasalladora del león.
Si fuera necesario sacrificar carrera, amistades, vínculos
familiares, vanidades mezquinas, hábitos inveterados,
para servir a Nuestro Señor, debo hacerlo. Pues este
paso de la Pasión me enseña que a Dios debemos
darle todo, absolutamente todo y después de haberle
dado todo, aún debemos dar nuestra propia vida.
Padre Nuestro, Ave María, Gloria
V. Ten piedad de nosotros, Señor.
R. Ten piedad de nosotros.
V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia
de Dios, descansen en paz.
R. Amén.
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